Estoy bien

No he muerto.
Solo me fui antes
y no quiero que me recuerden
con lágrimas ,
como aquel que no tiene esperanza.

No he muerto;
aunque mi cuerpo no esté,
siempre mi presencia se hará sentir.

Seré el silencio de nuestro hogar que tanto compartimos,
seré la brisa que besará sus rostros,
seré un recuerdo dulce que asista a su memoria,
seré una pagina bonita de su historia.

Perdón a todos,
tomé únicamente uno de los trenes anteriores
y se me olvidó decirles…
No estoy muerto, solo me fui antes.

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Llorar ayuda

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Si un doliente no llora, no se presenta un fenómeno natural de “desahogo”, de “soltar” el dolor, es decir que el llanto, en un punto alto de sensación de dolor, libera la carga emocional y trae como consecuencia el descanso; por eso, el llanto no se debe mirar como un problema, es mas bien un mecanismo que potencializa la evolución de un proceso que no es lineal sino cíclico.

Si no hay llanto u otros mecanismos distensionantes, el doliente no descansa y su dolor se transforma en mal genio, estrés, miedo, rabia, angustia, etc… Y contrario a lo que se quiere, la tristeza se convierte en común denominador de su vida.

Cuando la familia entiende la existencia de este fenómeno, puede pasar por encima de las creencias culturales y religiosas que anulan la importancia del llanto en la evolución de un doliente, y pueden centrarse mas en ofrecer consuelo o actos de amor, frente a lo típico: “demostrar fortaleza”.

Ricardo Guevara
Psicólogo.

Problemas de pareja tras un duelo complicado: ¿es posible estar prevenido?

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Hace ya nueve años que no está nuestro hijo y desde entonces hemos conocido a muchos padres dolientes como nosotros. En este largo tiempo hemos participado en varias quedadas porque queríamos conocer personalmente a los que en internet sólo son nombres pero tienen detrás historias como las nuestras, a muchos amigos del alma, que lo eran y lo siguen siendo aun sin habernos visto.

Interesante tema ese de las quedadas, tal vez dé para un artículo más adelante, cuando me alcance el tiempo, pero no es mi objetivo ahora, así que intentaré centrar cuanto antes el que me hace escribir hoy.

En la última de esas reuniones, formada por una veintena de madres y padres, fuimos poniendo en común qué nos había pasado, qué nos había ayudado y qué nos gustaría transmitir a otras personas en duelo. No voy a entrar en las circunstancias de cada quien, terribles, emocionalmente impactantes, que nos dejaron el alma devastada de dolor y solidaridad. Quiero dejar constancia de una frase que alguien dijo, que en aquel momento se diluyó entre tantas, pero que luego me ha hecho reflexionar seriamente:

“A mí me habría ayudado mucho que alguien más experimentado me hubiera prevenido sobre las grandes posibilidades de que el matrimonio de unos padres que han perdido a un hijo se rompa. Tal vez de haberlo sabido habría podido salvarlo”.

Lo cierto es que conozco demasiados casos en que ha sido así. Afortunadamente no me ha sucedido a mí, pero puedo comprender que el nivel de estrés soportado, que las fases de angustia, rabia y depresión propias del duelo son una prueba de fuego para una pareja. Y que pueden abrir fisuras que parecían poco importantes hasta convetirlas en grandes grietas que arruinen la relación.

Por otro lado, si los dolientes se recriminan mutuamente por esa muerte, si el maldito sentido de culpa puede ser usado como arma arrojadiza, ¿quién puede soportar semejante tortura añadida al dolor de la pérdida?

Finalmente, también se me ocurre que las diferentes actitudes en el duelo pueden provocar fricciones insoportables, especialmente si se enfrentan dos modos incompatibles. Porque, por ejemplo, querer hablar continuamente del fallecimiento, de las circunstancias y del ser querido añorado ayuda a unos, pero angustia a otros que necesitan dejar de remover esas memorias tristes como forma de sobreponerse.

En fin, he teorizado sobre el asunto sin excesivo conocimiento real, perdón por el atrevimiento. Tal vez alguno de vosotros quiera aportar nuevos datos, casuística o matices. Lo he hecho siguiendo aquella petición ya dicha, esperando que pueda ser de alguna ayuda.

¿Tenemos ganas de morirnos?

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A mi modesto entender, tener ganas de morirse es muy común y es algo que todas las personas sienten a menudo a lo largo de su vida como recurso rápido  para solventar los estados de frustración, de dolor o de alta penosidad física y/o mental.

Normalmente es una idea subconsciente, de entre muchas que baraja nuestro cerebro intentando solucionar la situación, y que enseguida apartamos a un lado en condiciones normales, porque entra en contradicción con el instinto de supervivencia.

Pero es tan común que tenemos varias frases hechas al respecto “me quiero morir”, “es para morirse”, “si me sucediera algo así me moriría”.

En estados mentales alterados, y no solo por enfermedades emocionales como la depresión, sino en fases críticas de enfermedad, de pérdida o de duelo, en crisis personales… en todas esas situaciones en las que pasamos una pequeña neurosis, aunque sea transitoria, de ideas obsesivas, podemos valorar un poco más en serio la posibilidad de morir. Muchas veces habría que enunciar la idea de otra manera: nos gustaría dejar de vivir, que el mundo se parase y nos dejara bajarnos, hibernar un tiempo, hacer un paréntesis de unos días, semanas o meses. Hay frases hechas para esta situación, lo que demuestra otra vez que es bastante usual.

Insisto en que son ideas corrientes para quitarles mayor trascendencia, porque que pase por nuestras cabezas no significa que estemos en peligro de suicidio; al menos no todavía.

Incluso cuando de forma morbosa empezamos a valorar qué sistema sería más eficaz en nuestro caso, hay un paso importante entre la idea y el hecho, sobre todo cuando de trata de adultos, que los separa. Pensar o divagar no es lo mismo que hacer. Pero puede ser peligroso en niños, jóvenes o personas muy inmaduras, porque pueden poner su vida en peligro sin ser del todo conscientes, creyendo todavía que están en el terreno de la especulación o de un mero teatro.

Los deseos de morir cuando un ser querido se ha ido responden al deseo de dejar de sufrir, paro también al de reunirnos con esa persona. Podrían ser la causa de muchos fallecimientos repentinos en viudos y viudas de edad avanzada, que apenas sobreviven unos meses a sus cónyuges a pesar de no mostrar síntomas que augurasen una muerte tan rápida.

Pero morirse no es tan fácil cuando se tienen menos años y cuando atentar conscientemente contra la propia vida no nos parece del todo aceptable. Los que sabemos por experiencia propia cuánto duele la muerte a los que se quedan  nos vemos entre dos amores, el de los que se fueron y el de los que nos acompañan. Y comprendemos que no querríamos causar más dolor, aun a costa de seguir sufriendo nosotros mismos. Por eso seguimos, aunque una parte de nuestras vidas se haya quedado con el que partió: luchando por amor hacia los que están y se merecen volver a una vida menos difícil.

Ser consciente de las emociones, delimitarlas, ponerles nombre, mirarlas de frente es fundamental para comprender si estas ganas de acabar nuestra vida (en el fondo, de dejar de penar) responden a un afán medianamente razonable de descanso vital o si se van volviendo obsesivas y necesitamos ayuda. Porque las ideas compulsivas de suicidio precisan vigilancia y tratamiento.

Poder hablar o escribir abiertamente sobre los deseos de morir me parece, además, muy curativo. Obviamente, tendrá que ser en el lugar adecuado y con las personas pertinentes. No es cuestión de ir asustando a los familiares más timoratos, ni de crear angustias en los hijos, por ejemplo.

Poder hablar sin remilgos, sin reticencias, sin censurarnos a nosotros mismos nos hará más conscientes de cómo estamos. Comparar con otros y comprender que sienten cosas muy parecidas nos evitará sentimientos de culpa y hasta nos animará a seguir avanzando. Por lo menos, a mí así me sirve.

Finalmente, llegando ya a mi situación particular, por todo lo escrito, está claro que yo también he sentido y he pensado acerca de morirme como forma de acabar con la pena y con una vida que me gusta menos que cuando vivía en la inconsciencia de antes. Ay, antes. También  es evidente que he desechado (y sigo desechando cuando el cansancio existencial se vuelve infinito) la idea de abandonar a los míos a un nuevo dolor. No sé si podré evitarles más sufrimientos, la vida es así de canalla,  pero sí que no serán causados por mi voluntad.

Siempre vivirás en mí

el mas hermoso recuerdo

Dejé de buscarte
cuando comprendí
que vivías dentro de mi alma…**♥♥**

Buenos días hijo, aquí estoy otro sábado de los nuestros, descalza y en pijama pero arropada por la atmósfera tibia de esta casa silenciosa en la que tu padre y tu hermano aún duermen.

Qué te puedo contar que tú ya no sepas, si cada día pienso en ti y te hablo quedo con el alma, y tú me contestas con dulzura, con infinita paciencia, y me abrazas con señales, y te ríes con guiños divertidos, y me ayudas con ideas ocurrentes, de esas tan tuyas.

Nada de lo que escribo aquí te es ajeno, Rodrigo, porque mantenemos un contacto continuado aunque sutil; amoroso como tú, fluido y sorprendentemente sencillo. Sé que me dedicas tus sonrisas cuando nos hablamos y no dejo de recordar la que tenías aquí, y te quiero.

No importa que los calendarios digan que hace mucho que te fuiste, siempre estás conmigo. Y no es que te tenga atado, no es que no sepamos los dos superar este abismo que nos separa, porque sigue ahí. Es que el cariño sigue fluyendo. Y seguirá hasta que volvamos a encontrarnos. Y el amor es el puente más poderoso entre tu mundo y el mío.

Volveré a mis quehaceres, ya lo sabes: las correcciones, la preparación de temas, las tareas domésticas, la costura… mil trabajos. Pero tú siempre estás en mí. Sin acritudes, sin dolor inútil, sin rabia ni venganza. No inmiscuyéndote en cada instante, con angustia, sino en momentos especiales. Como cuando estabas aquí, de manera más discreta pero siempre encantadoramente dulce.

Buenos días, hijo querido. Ahora vuelvo a la rutina. Que también tú tengas un buen sábado.

Rosa Montero: «Portarse bien» en el duelo

marie curie

«Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir. Y Thomas Lynch, ese curioso escritor norteamericano que lleva treinta años siendo director de una funeraria, explica en El enterrador: «Siempre estamos muriendo de fallas, anomalías, insuficiencias, disfunciones, paros, accidentes. Son crónicos o agudos. El lenguaje de los certificados de defunción —el de Milo dice fallo cardiopulmonar— es como el lenguaje de la debilidad. De la misma manera, se dirá que la señora Hornsby, en su pena, está derrumbada, destrozada o hecha pedazos, como si hubiera algo estructuralmente incorrecto en ella. Es como si la muerte y el dolor no formaran parte del Orden de las Cosas, como si el fallo de Milo y el llanto de su viuda fueran, o debieran ser, fuente de vergüenza.»

Y, en efecto, yo no quería sentirme avergonzada por mi dolor. Soy de ese tipo de personas que siempre intentan #HacerLoQueSeDebe, por eso saqué tantas matrículas de honor en el instituto. Así que procuré plegarme a lo que creía que la sociedad esperaba de mí tras la muerte de Pablo. En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.» Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa).

No es mi intención criticar a nadie al contar esto: ¡Yo también he actuado así, antes de saber! Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, seguramente. Con esto no quiero decir que los deudos tengan que pasarse dos años vestidos de luto, encerrados en sus casas y sollozando de la mañana a la noche, como antaño se hacía. Oh, no, el duelo y la vida no tienen nada que ver con eso. De hecho, la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.

Mañana del 11 de mayo de 1906 Pierre mío, me levanto después de haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de todo eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje.

Estas cosas decía Marie en su diario. El escalofrío de la impudicia. Probablemente Marie Curie se salvó de la aniquilación gracias a redactar estas páginas. Que son de una sinceridad, de un desgarro y de una desnudez impactantes. Es un diario íntimo; no estaba pensado para ser publicado. Pero, por otra parte, no lo destruyó. Lo conservó. Claro que era una carta personal dirigida a Pierre. Un último nexo de #Palabras. Una especie de postrer cordón umbilical con su muerto. No me extraña que Marie fuera incapaz de desprenderse de estas anotaciones desconsoladas.

De “La ridícula idea de no volver a verte” con permiso de la autora

Rosa Montero: “Hay muertes que se llevan un pedazo de tu vida y no lo vas a recuperar jamás”

“No te recuperas nunca, ese es el error: uno no se recupera, uno se reinventa”, escribe Rosa Montero. Habla del dolor de una muerte y sabe de qué esta hablando: habla del duelo por su marido, Pablo Lizcano, que murió de cáncer en 2009, cuando tenía 58 años.  Y también habla del duelo de Marie Curie –sí, Marie Curie– por su marido, Pierre Curie, que cayó delante de un coche de caballos a los 49.

Libro raro, entonces, este que está sacando Montero. No es una novela, no es un ensayo, va ilustrándose con fotitos que muestran las cosas que Montero señala, usa hashtags en el medio del texto, se trata de Marie Curie pero también de Rosa Montero y en el fondo –ese es su éxito– del dolor humano de la pérdida. Se trata, también de dos historias de amor. Pero la de los Curie quizás no sea sólo entre ellos; la historia de los Curie es un trío: Pierre, Marie y el radio, ese elemento azulado y brilloso que descubrieron y que les traería la felicidad, la gloria y la muerte.

De todas estas cosas trata La ridícula idea de no volver a verte. El libro nació de la propuesta de una editora: tomar el diario que Marie Curie escribió un año después de la partida de Pierre y  escribir un prólogo. O bueno, escribir algo, lo que saliera. Y si lo que salía era un libro, entonces el diario iría como apéndice. Así fue.

–¿Qué te pasó con el diario de Marie Curie?

–Varias cosas. Ella me manda el diario y el diario es tan desgarrado que se me llena la cabeza de ecos, se me llena de ecos, no sólo del propio duelo sino de ella, y de repente me topé con Marie Curie.

–¿Qué te atrajo del personaje?

–En mi edad y en mi situación te empiezas a hacer preguntas esenciales y existenciales, ¿no? Quién eres, por qué estamos aquí, por qué nos cuesta tanto encontrar nuestro lugar en el mundo, cómo podemos llegar a vivir mejor, cómo podemos relacionarnos con la ambición y con el mundo exterior. Y veo a esta mujer, que es un genio y que, salvando esa inmensa distancia entre nosotras, está cerca de mí.  Entonces esto servía para reflexionar sobre todo eso que además son dudas, peleas, inquietudes de todos, no sólo mías.

-¿De qué estás hablando?

-Lo que estoy diciendo es qué haces cuando se te muere alguien, por ejemplo. Cómo consigues pasar, sobrevivir, qué haces con un desamor, cómo consigues navegar entre tu ambición de desear algo y tu inseguridad de pensar que no llegas. Qué haces con el mandato paterno y materno: la pobre Marie Curie se pasó la segunda parte de su vida científica buscando aplicaciones prácticas para el radio, porque el padre le había dicho que lo que ella estudiaba no era útil. Media vida tratando de demostrarle al padre muerto que no tenía razón. Y también hablo de cosas como atarse la vida de pies y manos, ser demasiado responsable, demasiado autoexigente, demasiado autocrítica, demasiado tensa, demasiado angustiada.

¿Cómo consigues ir librándote de todo eso? Ir ganando ligereza… –¿Y escribir te sirvió?

–Sí, me ha servido tanto que me di cuenta de que entre los hashtags faltaba uno: #serenidad. Y sí, creo que me ha dado un poco de serenidad el libro.

–¿No pensabas escribir sobre tu duelo?

–No, jamás, porque soy súper pudorosa.

–¿Da vergüenza el dolor?

–Sí, no me ha gustado nunca sacarlo, mis novelas no tienen nada de autobiográfico, pero resulta que ahora, cuando surgió esto y me estalló el diario de Marie Curie en la cabeza, comprendí que podía escribir y llenarme toda la boca de palabras porque habían pasado tres años y porque ya no estaba hablando del duelo de una manera testimonial, me había acercado de una manera más universal.

–Contás que de repente, a partir de una imagen cualquiera, como la foto de una lugar al que fuiste con Pablo, te asalta el recuerdo. ¿Cómo lidiás con eso?

–No puedes lidiar, eso es como cuando te da una punzada de dolor en una pierna. No lidias, lo aguantas, lo llevas, lo vives. Pasas de esa punzada de dolor, que puede ser muy intensa, y sigues viviendo. Ya lo dice Marie Curie: “Me he levantado esta mañana, he visto a las niñas, he estado hasta contenta y minutos después estaba aullando de dolor”.

–Vos decís que uno no se recupera sino que se reinventa. ¿Hay una identidad de la viuda?

–Puede haber una identidad de viuda, que está muy estereotipada, es una viuda que yo no me siento, me siento alucinada, no puedo creer que sea una viuda.

–¿Cómo es ese estereotipo?

–Una mujer mayor, aparcada fuera de la vida. Aunque también hay otro estereotipo, el de la viuda alegre, en general es una mujer que se ha rendido. Y luego está la viudez verdadera, el duelo. De lo que hay que hablar es de la ausencia. Hay muertes que se llevan un pedazo de tu vida y ese pedazo no lo vas a recuperar jamás.

–¿Un pedazo de atrás o hacia delante?

–Un pedazo de tu ser. Al perder a esa persona que da testimonio de tu vida, que está en tu memoria formando parte de tu vida, es que has perdido parte de memoria, parte de tu pasado pero también parte de lo que tú eres, de tu futuro. Es como si hubieras perdido una mano, un pie y de eso no te recuperas. Te dicen “Ya te vas a recuperar”… ¡qué tontería!, no vuelves a ser esa persona jamás. Te puedes reinventar y al reinventarte te puedes hacer mejor, puede que tu nueva vida, que siempre va a llevar esa mutilación, sea incluso mejor que la anterior y más feliz.

–¿Y cómo está yendo tu reinvención?

–Bastante bien. Intento alcanzar la serenidad, el vivir el hoy y en plenitud.

–¿Te sale?

–De a ratos…

En Clarín

9 años sin Rodrigo

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Con los años he ido consiguiendo no rememorar siempre los días previos a tu marcha, en algo me tenía que servir la maldita difuminación  de los recuerdos. Con el tiempo, el efecto aniversario se focaliza, se vuelve intermitente, golpea y se esconde, en lugar de instalarse como un dolor crónico, lacerante e inmitigable.

Pienso en ti, Rodrigo, pero sobre todo en lo que pudo ser y no ha sido. Los momentos compartidos hermosos los guardo y acaricio como un avaro su tesoro, los tristes o desagradables los dejo ir tiñéndose de amarillo sepia… Y con ellos se van la culpa que siempre ronda agazapada, la pena negra inconsolable, la rabia o la consciencia de injusto desamparo.

Pienso en ti, hijo. Hasta cuando leo lo último que ha llegado a mis manos y que tiene un título que no termino de recordar (es lo malo de los lectores electrónicos, que como no ves la portada tantas veces como con los libros de papel, terminas no sabiendo cómo se llama lo que estás leyendo), un título que me habla de ti y de tu ausencia: la ridícula idea de no volver a verte, la absurda idea de no volver a verte, la extraña idea de no volver a verte, la tonta idea de no volver a verte; la imposible, impensable, abominable, rara, ajena… un baile de sinónimos hirientes y al final más de lo mismo:  la constatable y maldita realidad de no volver a verte.

Ayer tarde encargué las flores que acompañan siempre tu lápida en el aniversario. Los floristas recuerdan mis anteriores encargos. Yo los recuerdo también y compruebo que estoy más serena en mis palabras que otras veces, y que ya no tengo que tragar saliva para no llorar.

Nueve años sin ti, aunque acompañes nuestros pasos a tu modo, son demasiados, hijo. Mas aun así, te queremos, te recordamos, te añadimos a nuestro cómputo y seguimos siendo cuatro, decimos tu nombre amado y te llamamos cuando creemos que nos puedes iluminar en algo.

Dentro de dos días acudiremos a algunos de los actos que se siguen celebrando en vuestra memoria. No dejes de acompañarnos, hijo, porque removerán el dolor de esta larga ausencia vuestra, impuesta por el fanatismo, el afán de poder y la barbarie.

almohadon funerario

“La ridícula idea de no volver a verte”

rosa montero

- Tú última novela lleva un título muy especial.  En tu libro “La loca de la casa” nos hablas de cómo en ocasiones el título te busca, te sugiere y es el punto de partida de un libro.  ¿Ha sido el caso de esta obra? ¿Qué nos puedes contar de ella?

Claro, los títulos aparecen en tu cabeza, se imponen solo. En este caso, el título del libro es el título del segundo capítulo. Y habla de la imposibilidad de creer que no vas a volver a ver a un ser querido tras su muerte. Es algo que no te cabe e la cabeza: pero cómo, qué tontería, quien dice que no va a volver? Eso es una ridículez, una mentira…

En El primer marcapáginas

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Cuando Rosa Montero leyó el maravilloso diario que Marie Curie comenzó tras la muerte de su esposo, y que se incluye al final de este libro, sintió que la historia de esa mujer fascinante que se enfrentó a su época le llenaba la cabeza de ideas y emociones. La ridícula idea de no volver a verte nació de ese incendio de palabras, de ese vertiginoso torbellino.

Al hilo de la extraordinaria trayectoria de Curie, Rosa Montero construye una narración a medio camino entre el recuerdo personal y la memoria de todos, entre el análisis de nuestra época y la evocación íntima.

Son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza.

Vivo, libérrimo y original, este libro inclasificable incluye fotos, remembranzas, amistades y anécdotas que transmiten el primitivo placer de escuchar buenas historias. Un texto auténtico, emocionante y cómplice que atrapa desde sus primeras páginas.

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El último libro de la escritora y periodista despliega una portentosa red narrativa a través de un texto brutal, entrañable, durísimo, hipnotizador, tierno, sincero. Una obra-confesión en la que Rosa Montero suelta lastre y huye de corsés de género para proponer una lectura que no es solo un ensayo que a ratos pasa a ser un largo artículo reflexivo o un apunte autonarrativo con evidentes desgarros biográficos.

El libro parte de una propuesta de la editorial Seix Barral para que la autora hiciera un prólogo al diario que Marie Curie escribió cuando murió su marido Pierre atropellado por un carro. El encargo no estaba exento de intención, ya que hace pocos años Rosa Montero perdió a su marido, el periodista Pablo Lizcano, de forma traumática a causa de un cáncer fulminante. Rosa Montero leyó el texto de Marie Curie y descubrió las coincidencias, las inquietudes y el desconsuelo que compartía con la científica. Una empatía que provocó esta confesión estremecedora donde aparece todo lo que deambulaba por su cerebro desde hacía tiempo, incluso mucho más allá del drama sobre la muerte de alguien querido.

El relato de Montero no se limita a ser una reflexión sobre el duelo, la muerte y la enfermedad, un ars moriendi para los asépticos tiempos de la modernidad. La escritora se adentra en una especie de biografía comentada de la propia Curie como heroína del libro, con fragmentos de su diario y de los libros que han abordado la figura de la dos veces Premio Nobel. También es un interesante recorrido por el complejo papel de la mujer en el mundo de la investigación científica y la sociedad actual. Pero Rosa Montero da más, se desnuda como creadora porque este libro se lee como un tratado sobre el ejercicio de la escritura. Montero invita al lector —quizás con un tuteo gratuito, pues la complicidad es instantánea sin necesidad de invocar la cercanía de la segunda persona— a entrar en su despacho, en su taller narrativo para contar cómo nace una novela, cómo se secan las ideas o qué extrañas coincidencias suceden en el proceso de escritura.

Rosa Montero demuestra la libertad con la que ha escrito esta confesión a medias entre la tragedia propia y la ajena. Entre los pliegues del drama y la epopeya de Marie Curie asoma la autora desgarrándose en el relato de intimidades o bien distanciándose para reflexionar en tono de ensayo. El resultado es un curioso artefacto narrativo en el que hay humor, drama, lecciones científicas, repaso a álbumes familiares, declaraciones confesionales, relato, anécdotas, literatura del yo.

En el texto se incluyen fotografías que recuerdan los libros tan personales de W.G. Sebald, imágenes que van trufando la narración de iconografías, guiños y divagaciones. Tan libre ha sido Rosa Montero que añade en el discurso hashtags que se repiten como fogonazos y que al final aparecen ordenados en un índice de capítulos. No se trata de ninguna impostura, de un recurso fácil al ingenuo disfraz de posmodernidad tan habitual en demasiada literatura contemporánea. Los hashtags se convierten en conceptos, en ideas u obsesiones que articulan el libro.

Una obra que confirma cómo la literatura consuela del espanto y subraya la importancia de la palabra, la necesidad de narrarnos para vivir. Y para sobrevivir a los horrores y también a los brevísimos y frágiles momentos de felicidad.

Revista Mercurio

El suicidio en adolescentes y 3

Obtenga ayuda

Si se entera de que su hijo piensa en el suicidio, obtenga ayuda inmediatamente. Su médico puede recomendarle un psicólogo o psiquiatra o el departamento de psiquiatría de su hospital local puede proporcionarle una lista de médicos en su zona. La asociación de salud mental local o la sociedad médica del condado también pueden darle recomendaciones. En un caso de emergencia, puede llamar al (800) SUICIDE.

Si su adolescente se encuentra en una situación de crisis, la sala de emergencias local puede realizar una evaluación psiquiátrica exhaustiva y recomendarle los recursos apropiados. Si no está seguro si debe traer a su hijo a la sala de emergencias, comuníquese con su médico o llame al (800) SUICIDE para solicitar ayuda.

Si concertó una cita con un profesional de salud mental, asegúrese de no faltar a la cita, aún si su adolescente dice que se siente mejor o que no quiere ir. Pensamientos de suicidio tienden a ir y venir; sin embargo, es importante que su adolescente obtenga ayuda para desarrollar las habilidades necesarias para disminuir la posibilidad de que pensamientos y comportamientos de suicidio surjan de nuevo si llegara a ocurrir una crisis.

Si su adolescente se negara a ir a la cita, hable de esto con el profesional de salud mental y considere asistir a la sesión y trabajar con el médico para asegurar que su adolescente tenga acceso a la ayuda que necesita. El médico también podría asesorarlo para desarrollar estrategias que motiven a su adolescente a que desee obtener ayuda.

Recuerde que conflictos continuos entre un padre y su hijo pueden empeorar la situación para un adolescente que se siente aislado, no comprendido, que no vale nada o suicida. Consiga ayuda para dar a conocer los problemas de familia y resolverlos de manera constructiva. También informe al profesional de salud mental si existen antecedentes de depresión, abuso de alcohol o drogas, violencia en la familia u otros factores estresantes en el hogar, como un entorno de constante crítica.

Ayude a los adolescentes a hacer frente a pérdidas

¿Qué debe hacer si alguien quien conoce su adolescente, quizá un miembro de la familia, un amigo o un compañero, intentó o logró suicidarse? Primero, reconozca la gran cantidad de emociones de su hijo. Algunos adolescentes dicen que se sienten culpables, especialmente aquellos que sienten que pudieron haber interpretado mejor las acciones y palabras de su amigo.

Otros dicen que sienten enojo con la persona que logró o intentó suicidarse por haber sido tan egoísta. Y otros dicen que no sienten emociones fuertes o que no saben cómo expresar lo que sienten. Asegúre a su hijo que no hay manera correcta o incorrecta de cómo sentirse y que puede hablar de eso cuando se sienta listo para hacerlo.

Cuando alguien intenta suicidarse y sobrevive, ciertas personas podrían temer o sentirse incómodos de hablar con él acerca de eso. Dígale a su adolescente que resista este sentimiento; éste es un momento en que una persona definitivamente necesita sentirse unido a otras.

Ante el suicidio de un estudiante, muchas escuelas traen consejeros especiales para hablar con los estudiantes y ayudarlos a enfrentarlo. Si su adolescente enfrenta el suicidio de un amigo o compañero de la escuela, motívelo a usar estos recursos o a hablar con usted u otro adulto de confianza.

Si perdió un hijo al suicidio

Para los padres, la muerte de un hijo es la pérdida más dolorosa que uno se puede imaginar. Para los padres que perdieron un hijo al suicidio, el dolor y la pena pueden ser aún mayores. Aunque estos sentimientos tal vez nunca desaparecerán por completo, los sobrevivientes de un suicida pueden tomar medidas para iniciar el proceso de recuperación:

  • Mantenga el contacto con los demás. El suicidio puede ser una experiencia muy aislante para los miembros sobrevivientes de la familia ya que amigos a menudo no saben qué decir o cómo ayudar. Rodéese de personas positivas que den le su apoyo para hablar con ellas acerca de su hijo y sus sentimientos. Si los que lo rodean parecen incómodos al tratar de ayudarlo, inicie la conversación y solicite ayuda.
  • Recuerde que otros miembros de la familia también están sufriendo y que todos expresan dolor de su propia manera. Sus otros hijos, especialmente, pueden tratar de enfrentar su dolor por su cuenta para no molestarlo con preocupaciones adicionales. Estén presentes el uno para el otro entre todas las lágrimas, el enojo y los silencios y, de ser necesario, busquen ayuda y apoyo activamente juntos.
  • Esté consciente de los aniversarios, cumpleaños y días festivos podrían ser difíciles. Los días importantes y los días festivos a menudo despiertan los sentimientos de pérdida y de ansiedad. En esos días, haga lo que considere mejor para sus necesidades emocionales, ya sea rodearse de la familia y de amigos o pasar un día tranquilo para reflexionar.
  • Comprenda que es normal sentirse culpable y preguntar cómo pudo pasar esto, pero también es importante reconocer que es posible que nunca obtenga las respuestas que busca. La recuperación que se lleva a cabo con el tiempo resulta al alcanzar el punto de perdonar, tanto para su hijo como para usted.
  • Los grupos de asesoramiento y de apoyo pueden contribuir de manera significativa para ayudarlo a reconocer que no está solo. Algunos miembros de familia afligidos se unen a la red de prevención del suicidio, la cual ayuda a padres, adolescentes y escuelas a aprender cómo ayudar a prevenir tragedias en el futuro.

Revisado por: Michelle J. New, PhD
Fecha de revisión: enero de 2012

Kidshealth

El suicidio en adolescentes 2

Señales de advertencia

El suicidio en adolescentes con frecuencia ocurre después de un evento estresante en la vida, como problemas en la escuela, la rotura con un novio o novia, la muerte de un ser querido, un divorcio o un fuerte conflicto familiar.

Los adolescentes que piensan en suicidarse podrían:

  • mencionar el suicidio o la muerte en general
  • insinuar que ya no estarán más
  • mencionar los sentimientos de desesperanza o de culpa
  • retraerse de amigos o de la familia
  • escribir canciones, poemas o cartas sobre la muerte, la separación y pérdida
  • empezar a regalar objetos valiosos a hermanos o amigos
  • perder el deseo de participar en cosas o actividades predilectas
  • tener dificultades para concentrarse o pensar con claridad
  • mostrar cambios en hábitos de alimentación o de dormir
  • participar en comportamientos riesgosos
  • perder interés en la escuela o en los deportes

¿Qué pueden hacer los padres?

Muchos adolescentes quienes logran o intentan suicidarse dan algún tipo de advertencia a seres queridos de antemano. Por lo tanto, es importante que los padres conozcan las señales de advertencia de manera que los adolescentes con tendencias al suicidio puedan obtener la ayuda que necesitan.

Algunos adultos piensan que los jóvenes que dicen que se van a lastimar o a matar “lo dicen sólo para llamar la atención”. Es importante darse cuenta que si se ignoran a los adolescentes que llaman la atención, podría aumentar la posibilidad de que sí se lastimen (o peor).

Llamar la atención por medio de visitas a la sala de emergencias, consultas médicas y tratamiento en institutos por lo general no es algo que deseen los adolescentes, a menos de que sufran de una depresión seria y piensen en el suicidio o que deseen estar muertos. Es importante considerar las señales de advertencia como serias, no como formas de “llamar la atención” que se pueden ignorar.

Observe y escuche

Observe bien a un adolescente retraído y con depresión. Comprender la depresión en adolescentes es muy importante ya que puede parecer diferente a las creencias comunes acerca de la depresión. Por ejemplo, puede presentarse como tener problemas con amigos, con las calificaciones, el dormir o estar de mal humor o irritable en vez de llorar o de sufrir de tristeza crónica.

Es importante tratar de mantener abierta la comunicación y expresar su preocupación, su apoyo y su amor. Si su adolescente le confía, demuéstrele que toma en serio esas preocupaciones. Una pelea con un amigo puede no parecerle importante en un contexto más amplio, pero para un adolescente puede ser intenso y abrumador. Es importante no minimizar o descontar lo que su adolescente está enfrentando, ya que esto podría aumentar su sentimiento de desesperanza.

Si su adolescente no se siente cómodo hablando con usted, sugiérale una persona más neutral como otro pariente, un miembro del clero, un entrenador, un consejero en la escuela o el médico de su adolescente.

Haga preguntas

Algunos padres prefieren no preguntar a los adolescentes si han pensado suicidarse o lastimarse. Algunos temen que al preguntar, sembrarán la idea del suicidio en los pensamientos de sus adolescentes.

Siempre es buena idea preguntar, aunque sea difícil. Algunas veces ayuda explicar por qué pregunta. Por ejemplo, podría decir: “He notado que mencionas demasiado tus deseos de estar muerto. ¿Has pensado intentar matarte”?

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El suicidio en adolescentes 1

La tragedia de la muerte de un joven debido a desesperanza o frustración abrumadoras resulta devastadora para la familia, los amigos y la comunidad. Padres, hermanos, compañeros, entrenadores y vecinos podrían quedarse con la duda si pudieran haber hecho algo para impedir que ese joven decidiera suicidarse.

Aprender más acerca de los factores que podrían llevar un adolescente al suicidio podría ayudar a prevenir más tragedias. Aunque no siempre se puede impedir, siempre es buena idea informarse y tomar medidas para ayudar a un adolescente con problemas.

Acerca del suicidio de adolescentes

Los motivos detrás del suicidio o intento de suicidio en un adolescente pueden ser complejos. Aunque el suicidio es relativamente raro entre niños, la cantidad de suicidios e intentos de suicidio aumenta significativamente durante la adolescencia.

El suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 24 años de edad, de acuerdo con Centers for Disease Control and Prevention (CDC), después de accidentes y homicidio. Se cree además que por lo menos 25 intentos se hacen por cada suicidio de un adolescente.

El riesgo de suicidio aumenta drásticamente cuando niños y adolescentes tienen acceso a armas en casa y casi el 60% de todos los suicidios en los Estados Unidos se logran con una pistola. Por eso cualquier pistola en su hogar debe estar descargada, bajo llave y fuera del alcance de los niños y de los adolescentes.

Sobredosis con medicamentos de venta libre, de receta médica y sin receta también es un método muy común, tanto para el intento de un suicidio como para lograr suicidarse. Es importante supervisar cuidadosamente todos los medicamentos en el hogar. También tome en cuenta que adolescentes intercambiarán diferentes medicamentos de receta médica en la escuela y los llevarán (o almacenarán) en sus casilleros o en la mochila.

Las cantidades de suicidios varían entre niños y niñas. Las niñas piensan en e intentan suicidarse dos veces más que los niños y tienden en intentar suicidarse por medio de una sobredosis de drogas o cortándose. En cambio, los niños fallecen por suicidio cuatro veces más que las niñas, tal vez porque tienden a usar métodos más letales, como armas, colgándose o saltando desde alturas.

¿Cuáles adolescentes están en riesgo de suicidarse?

Puede ser difícil recordar cómo se sentía ser adolescente, atrapado en esa área gris entre la niñez y la edad adulta. Por supuesto que es una época de increíbles posibilidades, pero también puede ser un periodo de estrés y preocupación. Se sienten presionados para adaptarse socialmente, tener un buen desempeño académico y actuar con responsabilidad.

La adolescencia también es una época de identidad sexual y relaciones sociales y existe la necesidad de independencia que a menudo está en conflicto con las reglas y expectativas que otras personas establecen.

Los jóvenes con problemas de salud mental, como ansiedad, depresión, trastorno bipolar o insomnio, corren riesgos más altos de pensar en el suicidio. Los adolescentes quienes pasan por cambios fuertes en la vida (el divorcio de sus padres, mudanzas, un padre que se va de casa por su servicio militar o por la separación de los padres, o cambios financieros) y aquellos quienes son víctimas de intimidación corren mayores riesgos de pensar en el suicidio.

Los factores que aumentan el riesgo de suicidio entre adolescentes incluyen:

  • un trastorno psicológico, especialmente la depresión, trastorno bipolar y consumo de drogas y alcohol (de hecho, como el 95% de las personas que fallecen por suicidio tienen un trastorno psicológico al momento de morir)
  • sentimientos de angustia, irritabilidad o agitación
  • sentimientos de desesperanza y de complejo de inferioridad que con frecuencia se manifiestan con la depresión
  • un intento previo de suicidio
  • antecedentes de depresión o de suicidio en la familia
  • abuso emocional, físico o sexual
  • falta de un grupo de apoyo, malas relaciones con los padres o sus pares y sentimientos de aislamiento social
  • hacer frente a bisexualidad u homosexualidad en una familia o comunidad que no lo apoya o en un ambiente escolar hostil

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La primera asociación de familias de suicidas pide romper el tabú de estas muertes

“No hablar de ello, la mejor manera de que la gente se siga suicidando”, dice La psiquiatra Carmen Tejedor, una de las mayores especialistas en España en esta materia

Auspiciada por la Unidad de Psiquiatría del Hospital Sant Pau de Barcelona, trece familias de suicidas han creado Después del Suicidio-Asociación de Supervivientes (DSAS), la primera de este tipo en España que nace para ayudar a mitigar el dolor y “romper el tabú” que rodea este tipo de muertes.

La presidenta de la nueva asociación, Cecilia Borràs, que perdió a un hijo, ha explicado que DSAS se ha creado sin ayudas de la administración con el objetivo de facilitar “un lugar de encuentro donde poder hablar y ser un espacio de confianza y respeto para acompañar a los supervivientes del suicidio en su proceso de duelo”.

La psiquiatra Carmen Tejedor, una de las mayores especialistas en España sobre conductas suicidas, ha negado que hablar del suicidio genere efectos miméticos y ha resaltado que los suicidios son la primera causa de muerte externa en el colectivo de personas de entre 30 y 44 años, por encima de los accidentes de tráfico, en España, donde oficialmente se producen cada año 3.500 suicidios, aunque, según Tejedor, “realmente son el doble”.

El lema de la nueva asociación es: ¿De verdad vale la pena hablar de esto? Vale la pena, pues es la pura verdad, una frase del escritor ruso Máximo Gorki, adoptada por la nueva entidad, que reivindica: “Romper el silencio que envuelve a las muertes por suicidio” y ha creado un grupo para acompañar a las familias de suicidas y evitarles el sentimiento de culpabilidad que siempre se produce.

Los suicidios tienen una prevalencia en España de entre 7 y 8 casos por cada 100.000 habitantes y por cada suicidio consumado se producen una treintena de intentos, ha explicado la doctora Tejedor, que ha asegurado que el suicidio “no es una muerte libre” y que “no hablar de los suicidios es la mejor manera de que la gente se siga suicidando”.

Tejedor ha afirmado: “No he visto mayor dolor y sufrimiento que por la muerte de un suicidio, no hay muerte que cause más dolor” a familiares y allegados. “El que se suicida no es libre, es profundamente desgraciado, por eso es mejor hablar, pedir ayuda, no callar, pero esto es difícil en un contexto de censura de estas muertes, tras las cuales se produce un juicio paralelo, se buscan culpables o incluso se les niega un entierro en el camposanto, seguimos teniendo muchos prejuicios”, ha lamentado la especialista.

El director de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Sant Pau, Enric Álvarez, que hace cinco años creó el primer programa de prevención de las conductas suicidas, ha explicado que el 95% de los suicidas sufren trastornos psiquiátricos, sobre todo depresión o psicosis, y que un 30% de los que se quitan la vida no estaban en tratamiento psiquiátrico.

En este sentido, Álvarez ha defendido que “cuanto más tratamientos antidepresivos, menos suicidios hay”. ¿Que siente un suicida?. Álvarez ha revelado que a sus alumnos de psiquiatría les explica que la sensación de una persona que quiere matarse es como si durante 24 horas al día los 365 días del año estuvieses sufriendo intensamente porque la persona a la que más quieres le acaban de diagnosticar una enfermedad mortal.

“Son personas que no son capaces de engancharse a la vida, no pueden disfrutar de nada”, ha explicado el psiquiatra, que ha informado de que un 13% de la población catalana sufrirá una depresión a lo largo de su vida, y un 15% de ellos se suicidarán.

Se trata, según Álvarez, de una patología “muy frecuente, con una mortalidad alta” que alcanza al 10% de los que sufren trastornos de personalidad y al 10% de los que se les diagnostica psicosis. Carmen Tejedor ha negado que un problema económico o un desahucio puedan ser causa de un suicidio, “porque hay muchas personas que lo padecen y no se suicidan, siempre hay muchos otros condicionantes y en cualquier caso hay un trastorno psiquiátrico”.

Tejedor ha apoyado la constitución de la nueva asociación por la necesidad de brindar a la sociedad “información objetiva y apoyar a las víctimas de los suicidios, que son los supervivientes” y ha puesto el ejemplo de la información de los casos mujeres maltratadas o las víctimas de accidentes de tráfico para reducir víctimas.

“¿Verdad que informáis de los riesgos del colesterol para prevenir los infartos o los ictus?, pues también se debe informar de la prevención de los suicidios”, ha dicho Tejedor a los periodistas, tras reclamar que los médicos de cabecera reciban información específica para detectar precozmente los síntomas de depresión que puedan acabar en conductas suicidas.

El suicidio se puede evitar

El suicidio es la segunda causa de muerte en el mundo entre los 15 y los 30 años. El suicidio se puede prevenir, pero antes hemos de aprender sobre él, hablarlo y eliminar el estigma social que existe alrededor de los suicidas y sus familiares. Eduardo Punset descubre en esta emisión, de la mano de Thomas Joiner, psicólogo que vivió el suicidio de su padre, las características del comportamiento autodestructivo y las acciones para reducir su efecto en la sociedad.

Para ampliar:

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