Estás en una bitácora personal dedicada específicamente al tema del duelo por la pérdida de un ser querido.
Para ver nuestros escritos generales sobre duelo, pincha en los rótulos bajo la foto de cabecera. También puedes seguir los artículos semanales en la bitácora. Instrucciones más explícitas en BIENVENIDO.Según he visto a través de los años, uno de los principales obstáculos para curar el dolor es el enojo. El enfado por haber sido abandonado. Frecuentemente escucho exclamaciones similares a esta: “¿cómo pudo mi esposo dejarme aquí sola, si él sabe que lo necesito tanto?” El enojo de recriminarnos a nosotros mismos: “si solamente lo hubiese llevado al doctor un poco antes, aun estaría vivo”. El enojo de culpar a nuestros seres amados: “¿Por qué no te cuidaste mejor? ¿Por qué tenías que fumar? ¿Por qué no fuiste al doctor? ¡Tenías que ser tan terco y mira lo que ha sucedido!” Y la rabia de que nuestro ser amado nos deje, simplemente demasiado pronto, demasiado pronto para que aprendiéramos a decir adiós.
Con frecuencia he escuchado a la gente decirme: “Estuve con mi esposa toda la noche. Nunca me alejé de su lado. Quería que supiera que cuando muriera, no estaría sola. Pero el cansancio me venció y me fui a casa a descansar. Entonces llamaron del hospital. No tuve oportunidad de decide adiós” ¿Alguna vez te detuviste a pensar que aun cuando buscaste estar junto a tu esposa, ella quería evitarte el dolor de verla morir? Le dijiste adiós a través de tu amorosa presencia, y ella te dijo: “estoy en paz ahora”.
El enojo adquiere muchas formas y se expresa de muchas maneras. Pero a menos que examinemos nuestros sentimientos y enfrentemos esa ira, habrá poco lugar para la fuerza, el coraje y el amor que necesitamos para decir adiós.
¿Cómo podemos hacer esto?
Primero, encontrar amigos compasivos y miembros de nuestra familia que están dispuestos a escuchar, no a dar consejo. Personas que no traten de hablarte a la fuerza de lo que les sucedió a ellos sino gente que sea capaz de darte lo que necesitas: un oído al que le importe lo que escucha. Y también te invito, si es necesario, a acudir a un grupo de apoyo. Busca ayuda. Con frecuencia nuestro dolor es tan abrumador que sentimos que estamos solos en nuestra pena. Nunca estamos solos.
Segundo, liberar tu enojo y detener la culpa. Deja de culparte a ti mismo por lo que podrías o deberías haber hecho. Deja de culpar a tu ser amado por lo que él o ella pudieron haber hecho. Y deja de culpar a Dios. Todos tenemos esqueletos en nuestros closet, cosas que hemos hecho de las que nos sentimos culpables. Pero si sentimos que Dios nos está castigando por nuestras malas acciones, entonces todo lo que nos queda son sentimientos airados contra un Dios cruel y castigador. Ese no es el Dios en el que yo creo, ni el Dios que puede ayudarnos con su amor y compasión cuando más lo necesitamos.
En una ocasión, después de los servicios religiosos, una mujer se me acercó. Dijo que mis palabras la habían ayudado mucho. Meses antes, los médicos le diagnosticaron cáncer y tuvo que operarse. En su dolor, había culpado a Dios. Después, mencionó que gradualmente se había dado cuenta de que Dios no tenía nada que ver con su enfermedad y que si abría su corazón, Dios podría ayudarla a través de su recuperación. Se dio cuenta de que este no era el momento de rechazar a Dios, sino de abrazar a Dios.
Debemos dejar que el dolor se presente. El dolor es parte de la psicología del ser humano y es necesario dejar salir nuestras emociones. Llorar hasta reír, cantar lo malo y lo bueno hasta encontrar la ternura de lo bueno. No obstante, nuestro dolor estará siempre con nosotros.
Hay dos actitudes o actividades que podemos adoptar para ayudarnos a través de nuestro propio dolor.
La primera es estar ahí para alguien más. El dolor es un gran maestro cuando nos envía de regreso a servir y bendecir a los vivos. Aprendemos cuándo asesorar y reconfortar a aquellos que, como nosotros, están quebrados en su presencia, y cuándo una palabra los hará asegurarse contra la pena. Aprendemos cuándo guardar en silencio nuestro amor y preocupación. Al entregarnos a otros en el momento de su necesidad, también nosotros encontraremos alivio.
La segunda actitud es permitirnos vivir libres, sin culpa, sin arrepentimiento y sin tratar de remendar el pasado. Fue Kierkegard quien escribió: “la vida solamente puede entenderse mirando hacia atrás”. Y agregó: “pero debe vivirse hacia delante”. El enseñó una verdad esencial. La vida puede y debe caminarse hacia adelante. La vida no puede vivirse hacia atrás, porque esa no es la vida.
Sí, hay momentos difíciles y pensamientos difíciles. “¿Por qué me piden que baile? Cuando mi esposo estaba vivo, él adoraba bailar y ahora ya no está conmigo”. O bien: “¿cómo puedo irme de viaje? Cuando mi esposa estaba viva nunca logramos viajar, ¿cómo puedo hacerlo ahora?”.
¿Cómo? ¿Por qué? La respuesta es: porque la vida está hecha para vivirla. Vivirse completamente. Libremente. Y con todo el vigor que podamos soportar.
Nadie está realmente solo. Aquellos que ya no viven aún resuenan dentro de nuestros pensamientos y palabras. Y lo que hicieron es, en buena parte, en lo que nos hemos convertido. Proveemos mejor hogar a nuestros muertos cuando vivimos nuestra vida de manera más completa, aun a la sombra de nuestra perdida. Podemos crecer con ellos, cuando los dejamos ir. Tarde o temprano, las buenas personas, en todas partes, deberán enfrentar la angustia de separarse de un ser amado. No hay excepciones.
Sabemos que los astrónomos pueden predecir cuál sera la posición de cada planeta en el cielo en cualquier momento específico del futuro, pero nuestros asuntos humanos no son predecibles. Nunca podemos estar seguros de lo que cualquier día nos aguarda. Sin embargo, hay una cosa que sí sabemos: tenemos opciones. Cuando la pena golpea, tenemos la opción de hacernos mejores o más amargos
Depende de cada uno de nosotros. Podemos culpar a nuestra suerte y disminuirnos como personas. O utilizar el tiempo para crecer en la compasión y tener aprecio por todo lo que la vida ofrece. Tenemos la capacidad, como escribieron los salmistas, de “pasar a través del valle de lágrimas y convertirlo en una fuente que proporciona vida”.
Puede que nuestros seres amados nos hayan dejado demasiado pronto, pero sus recuerdos y su amor están siempre con nosotros. Abramos nuestros corazones a todo lo bueno que había en su vida y permitamos que su bondad nos bendiga y nos sostenga.
Somewhere over the rainbow
Way up high,
There’s a land that I heard of
Once in a lullaby.
Somewhere over the rainbow
Skies are blue,
And the dreams that you dare to dream
Really do come true.
Someday I’ll wish upon a star
And wake up where the clouds are far
Behind me.
Where troubles melt like lemon drops
Away above the chimney tops
That’s where you’ll find me.
Somewhere over the rainbow
Bluebirds fly.
Birds fly over the rainbow.
Why then, oh why can’t I?
If happy little bluebirds fly
Beyond the rainbow
Why, oh why can’t I?
En español:
En algún lugar sobre el arcoiris
muy, muy alto…
hay una tierra de la que recuerdo haber oído hablar
en una canción de cuna.
En algún lugar sobre el arcoiris,
los cielos son muy azules
y los sueños que te no te atreves a pensar
se hacen realidad.
Algún día pediré un deseo a una estrella
y despertaré arriba, muy lejos de las nubes
dejándolas atrás,
donde los problemas se disuelven
como gotas de limón en el agua.
Lejos, muy por encima de las chimeneas,
ahí es donde me encontrarás.
En algún lugar sobre el arcoiris
vuelan pájaros celestes.
Los pájaros vuelan por encima del arcoiris,
entonces, ¿por qué yo no podría?
Si los pájaros vuelan alegremente
más allá del arcoiris…
¿por qué no voy a poder yo?
Este es un vídeo de Youtube para oírla. Tiene subtítulos a la vez en los dos idiomas.
Es un pensamiento que cruza la mente de todos. No importa si estamos hablando acerca de la muerte de alguien de 20 ó 70 años, o de alguien de 5 ó 50 años. Para aquellos que aman siempre es demasiado pronto.
Demasiado pronto para dejar ir. Demasiado pronto para decir adiós. Demasiado pronto para decir “esta vida ha terminado, y no hay más”. Tales sentimientos solamente señalan lo preciosa que es la vida y la necesidad del espíritu humano para amar y ser amado. Porque lo que se ama fuertemente, no se deja ir fácilmente.
Pero debemos soltarlo. Sin aceptación no podemos seguir adelante. Nos encontraremos siendo empujados por los dolorosos pensamientos de culpa y pesar, más que animados por pensamientos gentiles y recuerdos agradecidos de una vida bien vivida.
Sin embargo, con frecuencia me he encontrado con individuos -y no solamente individuos que han experimentado una “pérdida repentina”, sino con gente que, en teoría, ha tenido “tiempo para prepararse” -para quienes la muerte de sus seres queridos resulta tan abrumadora que es todo en lo que pueden pensar y todo lo que pueden sentir. Es casi como si se permitieran a ellos mismos dejar de sentir, y solo así pudieran aceptar la muerte de su ser amado.
Y eso no deben hacerlo. Ante su dolor, podríamos preguntarles para estar seguros: “¿ha muerto tu padre?”. Su respuesta seria “sí”, en un tono silencioso y apagado. Pero sus corazones no los dejarán aceptar la muerte sin finalidad. Habiéndose ido demasiado pronto como para aceptarlo, se encuentran a sí mismos negando la muerte de aquel a quien aman.
En la superficie podemos decir: “Está bien. Cada uno atraviesa el dolor a su propio modo. A algunos les toma una semana o unos cuantos meses. A mí tal vez me tome un par de años”. La Biblia enseña sabiamente que hay un tiempo para todo. Hay un tiempo para sufrir y llorar, pero también hay un tiempo para levantarse nuevamente y vivir.
Todos necesitamos tiempo de duelo, aunque conocemos muy bien a individuos cuyos sentimientos de pesar les han obstaculizado vivir sus vidas. Si vemos mas allá del velo de las explicaciones a medias, encontraremos un grito pidiendo ayuda y entendimiento. “Quiero aceptar su muerte. Realmente lo deseo. Pero no puedo. Es demasiado doloroso. Deseo tanto compartir una plática más, otra cena en un restaurante, otra risa, un llanto profundo… Hay tanto que quedó sin hacer y decir… “.
Con frecuencia la gente busca reconfortarnos con el cliché de que “el tiempo cura todas las heridas”. La realidad es que el tiempo es neutral. No es el tiempo en si el que cura, sino lo que hacemos con nuestro tiempo.
El dolor es un maremoto que te sorprende, te aplasta con una fuerza inimaginable, te arrastra hacia la oscuridad, donde tropiezas y chocas contra superficies no identificables, solo para luego ser lanzado en una playa desconocida, lastimado, deshecho.
El dolor es no poder ser capaz de leer más de dos frases sin interrumpir. Es ir a una habitación con una intención que de repente desaparece.
EI dolor es sudor a las tres de la mañana que no para. Son domingos terribles y lunes que no son mejores. Te hace buscar un rostro en una multitud, a sabiendas que el rostro que
queremos, no se puede encontrar en esa multitud. El dolor es una absoluta soledad que destruye la mente más racional y lleva a lo fantasmagórico. Te hace levantarte de repente a la mitad de una junta y salir, sin decir una palabra.El dolor hace que lo que los demás piensan de ti sea irrelevante. Despoja de mascaras a la vida normal y fuerza a que salga de tu boca una verdad, antes que puedas detenerte. Aleja a los amigos, espanta a los llamados amigos y reescribe tu agenda por ti.
EI dolor te hace reír en la cara de la gente que se queja de banalidades. Le dice al mundo que eres intocable en el preciso momento en el que el tocar es el único contacto que podría alcanzarte.
El dolor no discrimina a nadie. Mata. Mutila. Y debilita. Son las cenizas de donde emerge el fénix y el valor del renacimiento. Devuelve la vida a los muertos vivientes.Enseña que no hay nada absolutamente cierto o falso. Asegura a los vivos que no sabemos nada cierto.
Humilla. Oculta. Denigra. ilumina. El dolor hará de ti una persona nueva, si no te mata en el proceso.
Este es un fragmento del libro Companion Through the Darkness: Inner Dialogues on Grief, escrito por Stephanie Ericsson poco después de que su marido muriera inesperadamente, cuando que ella estaba embarazada, esperando el primer hijo de ambos. La mayor parte del libro es una crónica dirigida a su esposo en la que relata su viaje a través del dolor.
Si te ha tocado vivirlo, si te ha tocado realizar el viaje, seguramente no solo te podrás identificar con la autora, también incluirás tus pensamientos del proceso que has vivido.
Sí, el dolor es todo esto y es también una profunda y absoluta soledad. Pero la ironía de esta soledad es que el dolor es universal y, por lo tanto, tarde o temprano, todos debemos realizar el viaje a través de la soledad del dolor. Y por ello es un proceso. Si logras llegar a tu meta, hará de ti una nueva persona.
Debemos aceptar que no podremos salir de esa oscuridad que sentimos dominar nuestra vida, no sin antes estar dispuestos a sumergirnos por completo en ella.
Eso exige que nosotros comencemos a caminar en la oscuridad, buscando la salida de ese túnel que nos parece infinito. Sabemos del peligro, lo sentimos en nuestra adrenalina. Pero no hay elección posible. Simbólicamente debemos entregarnos a la muerte para poder vivir.
Hay un texto del rabino Soloveitchik, que refuerza el pensamiento y el sentimiento de Ericsson. El lo escribió como una reflexión ante el dolor y la tristeza que vivió por la muerte de su esposa.
Con el paso de los años, un hombre acostumbra a llegar a su casa, después de un día de trabajo. Sube los pocos escalones frente a la puerta, como los ha subido siempre. Toca el timbre como de costumbre y espera escuchar, como siempre, los pasos suaves del otro lado de la puerta.
El espera, pero los pasos nunca se escuchan y nunca llegan. Pone su mano en el bolsillo, saca la Llave y abre la puerta. Parece ser la misma puerta y los mismos muebles. todo está limpio y en su lugar, como siempre. Sin embargo, algo ha cambiado.
Todo parece estar en el modo exacto como antes de que saliera de su casa. Todo esta igual, solo que no hay nadie esperándolo. Alrededor hay un espacio y un silencio, que a veces es peor que los llantos angustiosos del corazón.
Y repentinamente, el luto envuelve todo su ser. Y el llanto suplanta la risa y la soledad ocupa todo el espacio.
A leer sus palabras, no podemos dejar de transportarnos a nuestra experiencia personal. Evocamos, por medio de la memoria de nuestro corazón, cómo era todo antes de aquel momento en que partieron nuestros seres queridos. Recordamos cómo eran, qué era lo que más queríamos o admirábamos de ellos. Y volvemos a descubrir la última soledad: la del amante sin el amado, los hijos sin sus padres, el padre sin sus hijos. Reconocemos que estamos incompletos, porque una parte nuestra se ha ido y ha dado lugar a un dolor que nos asfixia.
Pero debemos encontrar la fuerza de declarar que a pesar de ese dolor, de la ausencia y del silencio, la vida debe seguir adelante. Que la vida continúa y puede ser buena, no porque los hayamos olvidado; justamente lo contrario. Porque hemos elegido recordar. Recordar sus cualidades y defectos, sus ideas e ideales, su amor.
Y se quedan con nosotros en vida, tal como nosotros nos quedamos con ellos en la muerte. Y entregados a la muerte buscamos recuperar la vida. Desde esa oscuridad que nos domina, comenzamos a entender que el tiempo solo, no cura.
Es la lealtad a la vida la que cura. Y cuando seamos presa de la desesperanza, de la oscura soledad, debemos recordar que el momento más oscuro de la noche, se da, exactamente, en el instante previo al amanecer.
En muchas culturas existe una leyenda similar. Una mujer perdió a un ser querido que era su alegría y la razón de su existencia. Desolada y llena de angustia, llega con el hombre sabio de su pueblo, gritándole: ¿por qué yo? ¿Por qué yo?
El sabio, buscando consolarla, le pidió que preparara un pastel; sin embargo, la harina para cocinarlo debía conseguirla solamente de aquellas casas del pueblo donde no hubiera existido tristeza o dolor. La mujer fue de casa en casa y, según sabemos, jamás logró preparar el pastel.
La pregunta “¿por qué Dios me hizo esto?”, deja de atormentarnos cuando descubrimos que no estamos solos, que también otras personas viven su dolor por la pérdida de un ser querido único e irremplazable. No somos viajeros solitarios en el valle de las sombras y por eso podemos ver a la muerte tal como es: no un acto malévolo de un Dios vengador, sino parte de un misterio incomprensible de la existencia humana en donde la luz y la oscuridad, la alegría y la tristeza, el nacimiento y la muerte están entretejidos y son inseparables.
LA VIDA ES UN VIAJE
Nacer es un comienzo,
y morir, un destino.
Y la vida es un viaje:
de la niñez a la madurez
y de la juventud a la vejez;
de la inocencia a la conciencia
y de la ignorancia al conocimiento;
de la tontería a la discreción
y entonces, tal vez, a la sabiduría;
de la debilidad a la fortaleza
o de la fortaleza a la debilidad.
Y así, otra vez;
de la salud a la enfermedad
y otra vez, rezamos por la salud;
de la ofensa al perdón,
de la soledad al amor,
de la alegría a la gratitud,
del dolor a la compasión.
Y la aflicción del entendimiento,
del temor a la fe;
de fracaso en fracaso
hasta que al volver la vista atrás
o ver hacia adelante,
nos damos cuenta de que la victoria no se encuentra
en las alturas a lo largo del camino,
sino al haber realizado el viaje, paso a paso,
como un sagrado peregrinaje.
Nacer es un comienzo,
y morir, un destino,
pero la vida es un viaje,
un sagrado peregrinaje
a una vida eterna.
Alvin Fine
Alguien que amas ha fallecido.
Tal vez esperabas su muerte y te habías preparado. O creías haberte preparado para enfrentarla.
Quizás su pérdida llegó súbitamente como una sorpresa inesperada.
Como sea que haya sucedido, ni tu vida es la misma ni tú eres la misma persona. Es posible que estés enfrentando un momento en el que cada DIA resulta una agonía.
Es probable que sientas que no importa lo que hagas, no puedes escapar a una angustia que parece controlar tu vida.
Cuando consigues quedarte dormido para no sentir la tristeza por un rato, descubres que la pena te sigue hasta tus sueños.
Entonces, cuando despiertas, te hiere una vez más: ¿Cuanto tiempo debes continuar viviendo así?
También te preguntas si tu vida mejorara algún día, si habrá motivos para albergar nuevas esperanzas o una razón para vivir. Y algunos días sientes que ya estas en tu limite de resistencia y quieres darte por vencido.
Por otro lado, es posible que esta muerte no sea lo peor que te haya sucedido. Puede que recuerdes otros momentos en la vida que fueron tan o mas difíciles. Sin embargo, es probable que sientas que esta experiencia por la que atraviesas es la más difícil. Es natural que te sorprendas por la cantidad de dolor que eres capaz de sentir.
No importa cuanto dure este periodo de duelo. Hay una gran probabilidad que parezca demasiado largo. Casi siempre es mas prolongado de lo que la gente espera, especialmente para aquellos a tu alrededor que no entienden cuánto se ha afectado tu vida. Están ansiosos de ver que tú vuelvas “a ser normal”. Quizás te animen a hacerlo mas rápido de lo que tú requieres. Y ellos pueden no estar preparados para el hecho de que tu “antiguo estado de normalidad” no sea tu “nuevo estado normal”. De hecho, también es probable que tu dolor se alargue más de lo que tú mismo deseas. Puede que te canses de estar siempre cansado. Puede que te sientas debilitado por’ el dolor e incomodidad perpetuos.
Sin embargo, tu desafío es permanecer con tu dolor el tiempo suficiente, ni una hora mas de lo que necesitas ni una hora menos de lo que tu perdida te exige. Por mas incomodo que para ti sea este momento, tu dolor tiene un propósito: te ayuda a sanar. De hecho, solamente sintiendo la pena será posible la recuperación.
La pena te irá ayudando en el proceso de dejar ir, que para nada significa olvidar. Significa alcanzar la madurez en un proceso doloroso que comienzas con la muerte de tu ser querido.
Debes ser conciente de que lo que aquí leas no puede llevarse tu dolor ni hacerlo desaparecer. Seguramente, aminorara un poco tu pena. Quizás podrás ver un rayo de luz hacia delante. Pero ciertamente, lo que aquí leerás intenta alentarte a que puedas enfrentar tu proceso. Porque solamente encarando el dolor como una travesía aceptaras lo que ha sucedido y, con el tiempo, llegaras a otro lugar en tu vida: al extremo más lejano de tu pena.
Pero es una travesía que debes realizar por ti mismo. Otros han realizado previamente el viaje que estas haciendo ahora y han vuelto a llevar vidas completas, ricas y comprometidas. Otros están haciendo un viaje como el tuyo y están aprendiendo al mismo tiempo que tú lo haces. Hay gente a tu alrededor que desea apoyarte y hacer lo que pueda por ti. Hay compañeros que te esperan a lo largo de todo el camino. Puede que todavía no hayas sentido su presencia, pero ahí están.
No todos los pensamientos plasmados en estos textos se podrán aplicar de igual manera a tu situación. Algunos lo harán mejor que otros. Toma las ideas, pensamientos y sugerencias con las que te identifiques. Deja lo demás para otras personas, para otra etapa o para otro momento de tu vida.
Sí, esta experiencia duele. Sí, puede que el camino te parezca largo. Sí, parece complicado y difícil. Pero no tienes que viajar completamente solo. No tienes que atravesar esto a ciegas. Puedes hacer hasta aquello que te ha despertado temor.
Puedes encontrar maneras de ayudarte a ti mismo, así como formas de aceptar ayuda. Después entenderás que esta experiencia puede ser tiempo de crecimiento. Gradualmente podrás regresar de nuevo a la vida. En otras palabras: puedes sanar, sentirte completo o completa y nuevamente ser tú mismo. Puedes y, al atravesar todo el proceso de duelo, lo serás.
Atravesar el dolor nos lleva al corazón mismo de la vida. Solamente nos duele perder aquello que hemos amado, y siendo transitoria la naturaleza de la vida, el amor y la perdida están íntimamente conectados. Todos experimentamos algún tipo de perdida en nuestra vida diaria, desde situaciones aparentemente superficiales hasta pérdidas mayores como la de un ser amado, una relación o un sueño.
MARCELO RITTNER Aprendiendo a decir adios
Sanar nuestra pena es una travesía, no un destino. El recorrido hacia nuestra curación nos solicita entretejer nuestras pérdidas en la tela de nuestra vida.
Cuentan que un hombre se encontraba perdido en el bosque durante muchos días y su provisión de agua y alimento estaba a punto de terminarse. Cada hora que pasaba se sentía más desesperado y temeroso. Se hallaba completamente agotado, pero no podía quedarse dormido. Lentamente, se dio cuenta de que había caminado en círculos y siempre regresaba al mismo lugar. Sabía que su fin se acercaba.
De repente, a lo lejos, noto como se acercaba la figura de otro errante maltrecho. Se llenó de dicha al pensar: “por fin un camino fuera de este oscuro y terrible bosque”. El hombre juntó las fuerzas que le quedaban y corrió hacia el extraño mientras gritaba: “¡hermano, no puedo decirte lo feliz que me hace encontrarte! ¿Cual es el camino para salir de aquí?”
El extraño le respondió: “amigo, lamento decepcionarte, pero también yo he estado perdido durante días por este bosque. No puedo salvarte, yo también estoy buscando el camino para salir de aquí”.
Desesperado, el primer hombre clamó: “entonces todo está perdido. Es el fin. No tiene caso continuar”, y cayó de rodillas llorando.
El extraño respondió con voz consoladora: “amigo, ¿por que pierdes la esperanza? Caminemos juntos. Yo te mostrare los senderos que he seguido y no me llevaron a ninguna parte, y tu me mostraras los senderos que tú has tomado y que no te llevaron a tu destino. Caminemos juntos y encontremos un sendero que nos conduzca a casa”.
Cuando alguien que amamos nos ha sido quitado, o cuando sentimos el pesar de la posibilidad de perder ese amor, frecuentemente nos encontramos solos y perdidos en un mundo oscuro y temible con cambios y transiciones radicales. Los viejos senderos del significado y de la estabilidad están bloqueados, y la tarea de abrir nuevos caminos hacia una vida satisfactoria parece casi imposible.
Cuando nuestra vida se ha basado en la fuerza de nuestras conexiones, ¿como es posible seguir adelante ante la perdida y la ruptura de estos vínculos?
No hay una respuesta sencilla para estas preguntas, y frecuentemente, el camino para salir del bosque no es fácil de ver. Un camino que, más temprano o mas tarde, todos debemos transitar.
Siempre jugué con la imagen de que cada uno de nosotros es como un rompecabezas al que, con el paso de los años, vamos agregando piezas. Piezas de nuestras experiencias, nuestras relaciones, nuestras imágenes y nuestros recuerdos. Cuando la muerte nos lastima, cuando toca nuestra vida, simbólicamente se convierte en una pieza que nos es arrancada de esa figura que hemos tratado de crear. Y sin embargo, cuando miras a lo lejos, la figura parece ser la misma; solamente cuando la observas de cerca, notarás la falta. Debemos continuar viviendo como si estuviéramos completos, sabiéndonos incompletos.
Estas líneas son para aquellos cuyo rompecabezas personal esta incompleto desde que la muerte los tocó. Si no recuerdas nada más, memoriza esto:
No estas solo, estamos juntos en el dolor y estamos juntos en la larga travesía de la oscuridad a la luz. Caminemos y juntos encontremos un sendero que nos conduzca a casa.
MARCELO RITTNER Aprendiendo a decir adios
Cuando llegue al final del camino y el Sol se haya puesto para mí,
no quiero ritos en una habitación llena de tristeza.
¿Por que orar por un alma que es libre al fin?
Échame de menos un poco, pero no por mucho tiempo,
y no cabizbajo,
recuerda el amor que una vez compartimos,
échame de menos, pero déjame ir.
Porque este es un viaje que todos debemos hacer,
y cada uno debe ir solo.
Todo es parte del plan del Maestro.
Me encuentro camino a casa.
Estoy bien. Estoy en paz.
Pero me preocupas tú.
Cuando estés sola y tu corazón se sienta invadido
por la tristeza o la melancolía,
acude a los amigos que conocemos, entierra tus pesares
haciendo buenas obras.
Y avanza por él camino de tu vida.
Échame de menos, pero déjame ir.
Al amanecer y al atardecer,
os recordamos.
Cuando sopla el viento y en el frío del invierno,
os recordamos.
Al abrirse las flores y en el renacimiento de la primavera,
os recordamos.
En lo azul del cielo y en lo cálido del verano,
os recordamos.
Con el rumor de las hojas y en la belleza del otoño,
os recordamos.
Al principio del año y cuando termina,
os recordamos.
Mientras vivamos, vosotros también viviréis;
ya que ahora sois una parte de nosotros,
al recordaros.
Cuando estamos fatigados y necesitamos fuerza,
os recordamos.
Cuando estamos perdidos y angustiados,
os recordarnos.
Cuando tenemos alegrías que deseamos compartir,
os recordamos.
Cuando debemos tomar decisiones difíciles,
os recordamos.
Cuando logramos algo que empezó con ellos
os recordamos.
Mientras vivamos, vosotros también viviréis;
ya que ahora sois una parte de nosotros,
al recordaros.
One Love, One Heart
Let’s get together and feel all right
Hear the children crying (One Love)
Hear the children crying (One Heart)
Sayin’ give thanks and praise to the Lord and I will feel all right
Sayin’ let’s get together and feel all right
Let them all pass all their dirty remarks (One Love)
There is one question I’d really like to ask (One Heart)
Is there a place for the hopeless sinner
Who has hurt all mankind just to save his own?
Believe me
One Love, One Heart
Let’s get together and feel all right
As it was in the beginning (One Love)
So shall it be in the end (One Heart)
Give thanks and praise to the Lord and I will feel all right
One more thing
Let’s get together to fight this Holy Armageddon (One Love)
So when the Man comes there will be no no doom (One Song)
Have pity on those whose chances grove thinner
There ain’t no hiding place from the Father of Creation
Sayin’ One Love, One Heart
Let’s get together and feel all right
I’m pleading to mankind (One Love)
Oh Lord (One Heart)
Give thanks and praise to the Lord and I will feel all right
Let’s get together and feel all right
Un amor, Un corazón.
Unámonos todos y nos sentiremos bien.
Oye a los niños llorar: Un amor.
Oye a los niños llorar: Un corazón.
Agradezcamos y alabemos al Señor y sentiré que todo está bien.
Unámonos todos y nos sentiremos bien.
Dejémosles pasar todos sus sucios comentarios. Un amor
Sólo hay una pregunta que realmente quiero hacer. Un corazón
¿Habrá sitio para un pecador sin esperanza…
que lastimó a toda la humanidad para salvarse?
Creedme.
Un amor. Un corazón.
Juntémonos todos y nos sentiremos bien
Como fue en el comienzo…Un amor.
Será al final…un corazón
Elevemos gracias y alabanzas al Señor y me sentiré bien.
Una cosa más.
Juntémonos para combatir este Sagrado Armagedón. Un amor
Así cuando llegue el hombre ya no habrá más perdición. Una canción
Ten piedad de aquellos que apenas tienen una oportunidad.
No hay lugar para ocultarse del Padre de la Creación.
Diciendo Un amor, un corazón
Unámonos todos y sintámonos bien.
Le pido a la humanidad…Un amor.
Oh, Señor…Un corazón.
Dando gracias y alabanzas a Dios sentiré que todo está en paz.
Unámonos todos y nos sentiremos bien.

TE QUEREMOOS
TE QUEREMOOS
TE AMAMOS
Sed felices tú, y tus hermanos del Allá, y los abuelos y todos.
Mandadnos esa paz que nosotros tanto necesitamos y vosotros ya disfrutáis.
No os habeis ido….porque os hemos amarrado a nuestro corazón.
No habeis desaparecido…porque en cada acto de AMOR de nuestras vidas estáis vosotros.
Que vuestras manos sigan desprendiendo esos rayos de luz que iluminen nuestro camino.
Que esas estrellas que alcanzáis nos sigan dando calor en la noche.
Queridos mios…mis tesoros incalculables….sed felices, tengo la certeza que al final del camino lo haremos juntos…
Todos juntos
FELIZ NOCHEBUENA y FELIZ NAVIDAD
Consejos para afrontar la navidad para familias en duelo
Se acercan las fiestas de Navidad y para la mayoría de las personas es motivo de reencuentros familiares, alegría y mucha diversión; pero para aquellas familias que han sufrido la muerte de un ser querido, se trata de tiempo muy difícil, de nostalgia, sufrimiento e incomprensión. La esencia de la Navidad se encuentra en la vida familiar, en el compartir de forma gestual el afecto que nos profesamos, y el gozo de poder estar juntos. Comemos los platos tradicionales, nos hacemos regalos, y organizamos actividades con los pequeños. Pero para aquellos en duelo todos estos momentos despiertan sentimientos de aflicción por la ausencia de la persona fallecida. Más que en ningún otro momento del año, la Navidad es una contradicción: él o ella no están, entonces ¿qué sentido tiene la celebración de estos días?
Si estás en duelo, es natural que te sientas triste, sobrepasado e incluso enfadado, y como no eres capaz de controlar tus emociones, entrarán en conflicto con lo que se espera que hagas estas fiestas. Los otros: hijos, hermanos, quizás tu pareja, tus amigos más íntimos, te piden que estés presente, que estés bien, que hagas lo de siempre, que tires adelante; pero tú estás roto por dentro, no tienes fuerza y desearías ya que estos días hubieran pasado. No puedes dejar de pensar en tu persona querida ausente. Te molestan las luces de las decoraciones, la música tradicional de las fiestas y el pensar en los regalos y las comidas. Mucho antes de que lleguen estas fechas ya empiezas a temerlas. Te preguntas cómo podrás resistirlo y cómo harás para que la tristeza no te embargue, arruinando las fiestas a los otros miembros de la familia. Magda lo explica así:
Mi pareja murió de forma repentina dos meses antes de Navidad. Recuerdo que durante el funeral desee cerrar los ojos y que pasaran dos años para que así cuando despertara mi dolor hubiera desparecido. Fueron dos meses terribles: un dolor insoportable y que parecía no tener fin. Nada podía consolarme, parecía que había caído en un agujero negro como un pozo.
No celebramos nada esos días, hicimos como si fuera un día normal. ¿Cómo podía yo celebrar algo? No entendía cómo toda la vida de los demás podía continuar como si nada y yo mientras me sentía rota por dentro. Estaba cabreada con la vida y con todo lo que significaba la Navidad. Además, la muerte era como un tabú: nadie me hablaba de él, era como si nada hubiera sucedido.
Lo más natural para muchas personas en duelo es , como Magda cuenta, pensar que la mejor opción es suprimir las Navidades. Hay muchas familias que toman esta decisión. Ante el dolor de lo que les espera prefieren cancelar la Navidad, no organizar nada que les recuerde estas fechas y o hacer algo distinto: un viaje por ejemplo, a un sitio lejano, un lugar que no les recuerde nada de lo sucedido, donde nadie les conozca, lejos de la casa, los amigos, los rituales. Nuria y su marido tomaron esa decisión las primeras Navidades:
Aquellas primeras Navidades para no sentir tanto dolor, tanta ausencia, tanto vacío nos pareció que lo mejor era pasarlas fuera, en otro país, otro clima que no nos recordara esas fechas; pero muy pronto nos dimos cuenta que no importaba dónde fuéramos el dolor y el vacío nos los llevábamos dentro y ni la belleza del lugar ni el clima benigno podían calmar lo que sentíamos.
La opción de intentar huir de los recuerdos y las obligaciones de la Navidad es natural y humana. Es posible que esto te haga
estas fechas más ligera, pero recuerda que la pena la llevas allí donde tu vayas y que la próxima Navidad vas a tener que afrontar la misma decisión con la diferencia de que habrá pasado un año, pero el dilema será siendo el mismo: ¿como organizar la primera Navidad sin él o ella?
Huir de la situación no la resuelve; el dolor emocional podemos posponerlo, pero nunca evitarlo, siempre acaba emergiendo y con el tiempo se crece.
Muchas familias que han ensayado esta opción manifiestan que el siguiente año es peor. Otras han acabado por no organizar nunca más una fiesta de Navidad: año tras año el dolor se ha ido acumulando y cada vez es más difícil romper lo que ya se ha convertido en un hábito de evitación.
Quizás perteneces a una familia que ha escogido otro camino que es hacer lo de siempre, en un intento de seguir la vida como si nada hubiera pasado. Para algunas familias funciona el lema “hay que hacerse el fuerte y lo mejor para sobrellevar la situación es no hablar de ello”. No mencionáis nunca a la persona ausente, e intentáis borrar o apartar todo lo que pueda suscitar un recuerdo emotivo.
El dolor se esconde y controla y se instala la máscara de duelo, ese “hago ver que lo llevo bien” que todos se colocan en un intento de protección. Es posible que en algún momento estas defensas no funcionen y alguien se emocione y las lágrimas le humedezcan los ojos. Entonces otro miembro de la familia saltar a con un: “no te pongas así, por favor, hazlo por nosotros” y entonces hay que tragarse el nudo y retirarse quizás a llorar en la cocina, en algunas familias el baño es el último refugio dónde uno puede expresar sus sentimientos.
En estas familias el dolor debe vivirse en soledad. Todos los miembros de la familia se comprometen en un acuerdo no explicito, en negar o evitar todo lo que sea emocional.
Esta manera de afrontar la Navidad, solo empeora las cosas: los sentimientos encubiertos acaban saliendo de forma distorsionada. Las personas en duelo acaban no mencionando a sus seres queridos para no preocupar a los demás, y el resto tampoco habla para no preocupar a los dolientes. Todos sufren en silencio lo que acrecenta más y más los sentimientos de inadecuación y el aislamiento; todo ello acompañado de mucha tensión fruto de los esfuerzos para mantener esos muros de silencio. Esta tensión a menudo se traduce en situaciones de agotamiento, irritabilidad, y mucha ansiedad.
Pero hay otra posibilidad que puedes plantear: construir una nueva Navidad.
Nunca nada volverá a ser como antes pero tu y tu familia podéis empezar a afrontar la vida de una manera distinta. Podéis mantener lo que os ayude en este proceso, eliminar lo que no os ayuda y crear nuevas formas de vivir estas fiestas. ¿Cómo se hace esto? Te damos unas sugerencias fruto de nuestro trabajos con familias que como tú, han perdido a un ser querido.
Haz una reunión familiar antes de que lleguen las fechas. Convoca a toda la familia a una reunión abierta para hablar de las fiestas. Es importante que participen lo s mayores, los niños y adolescentes también, y los amigos significativos si los hay. La reunión debe hacerse con tres normas muy sencillas: nadie interrumpe cuando uno habla, hay permiso para expresar sentimientos y todos deben tener su tiempo, niños incluidos.
Hablad de vuestras emociones,vuestras necesidades e inquietudes, vuestros temores. Hablad de lo que cada uno necesita estos días, las distintas opciones y los deseos: ¿queréis hacer cosas como siempre? ¿Qué cosas deseáis? ¿Cuáles afrontáis con temor? El simple hecho de realizar este encuentro ya supondrá un gran cambio en la manera de comunicaros en la familia: estás diciendo que os necesitáis mutuamente, que habéis vivido una ex periencia muy traumática, pero queréis compartirla en familia y que la expresión de vuestros sentimientos estos días es esencial, os vais a dar permiso y no vais a dejar que se instalen entre vosotros muros de silencio.
Repasad lo rituales habituales de vuestra familia: el árbol de Navidad, el pesebre, las comidas, los regalos, los Reyes, la fiesta de fin de año. Dejad que cada uno exprese su sentir respecto a cada uno de ellos. Habrá algún miembro de la familia que manifestará su deseo de no hacer nada; otros, como los niños y adolescentes por ejemplo, expresaran su necesidad de celebrar a pesar de lo sucedido.
Escuchaos mutuamente y pactad lo que podéis o no hacer y compartir. Haced saber a la familia extensa lo que habéis decidido, explicarles que os habéis reunido y lo que necesitáis de ellos. Vuestros amigos y familia más lejanos respetarán vuestras decisiones y agradecerán saber cómo pueden ayudaros.
Mª Jesús participaba en el grupo de apoyo al duelo y después de oír las recomendaciones para las fiestas de Navidad cambió su perspectiva sobre cómo afrontar esas fechas:
Decidí empezar a moldear mi primera Navidad. Hablé con mis hijos, y decidimos hacer el pesebre como cada año habíamos hecho, pero esta vez con un nuevo elemento: la foto de su padre acompañada de las felicitaciones, poemas de Navidad que los niños habían escrito en el colegio y tres velas.
Me di cuenta de que me resultaría menos difícil si me dejaba llevar por la iniciativa de esos dos pequeños que en ese momento parecían tener mas fuerzas para tirar del carro.
Antes de empezar el día, con toda la familia alrededor de la
foto y las velas encendidas, nos dimos un tiempo cada uno para expresar nuestros pensamientos o sentimientos con palabras, o con algo de música o en silencio.
Los niños recitaron los poemas de Navidad y nos enseñaron dibujos que habían hecho para la ocasión. Una vez deshecho el nudo que teníamos todos, nos fue mucho mas fácil darnos los regalos y celebrar el día con los niños.
Buscad una manera simbólica de recordar a la persona fallecida a lo largo de las fiestas. Buscad una manera, o un espacio o un tiempo específico para rememorar. Haced que todo el mundo que lo desee participe de este espacio. Sed creativos: los niños os darán muchas ideas.
Marcad los momentos de recordar de forma clara, eso ayudará a que el resto del tiempo pueda vivirse con menos dolor. Quizás un tiempo adecuado puede ser antes de empezar la comida, o antes de abrir los regalos, o en algún momento ante el pesebre. Un simple momento de
pararse, recordar cuanto nos hubiera gustado que nuestra persona querida estuviera con nosotros y celebrar y honorar su vida y su muerte. Quizás compartir lo que le hacia tan especial. Y si alguien se desborda emocionalmente, simplemente darle la mano o ofrecerle un hombro afectuoso y no permitir ni que se aísle, ni que pare el llanto o la emoción que le embarga.
Nuria lo cuenta así:
Antes de empezar a comer, cuando estábamos todos sentados en la mesa, sugerí si podíamos cogernos de las manos, cerrar los ojos un instante y sentir que nuestra hija Susana formaba parte de la comida. Que aunque su silla estuviera vacía ella estaba con nosotros aunque de otra manera. Hubo mucha emoción y muchas lágrimas pero ¿qué otra cosa podía haber en esa primera Navidad? ¿Y qué mejor que compartirlo con aquellas personas que tanto la querían y a quien ella quería tanto?
Cuando fue la hora del brindis, brindamos también por ella,y no hay Navidad ni celebración donde no la recordemos y brindemos por ella y por la vida en mayúsculas que vivió tan plenamente a pesar de su brevedad.
Hablad de las cosas que haréis con los niños, tenedlos en cuenta. Incorporad a los pequeños en todos los rituales de recuerdo. No podéis pasar las fiestas haciendo ver que nada ha sucedido, que la persona ausente no ha existido nunca o está de viaje.
Cuando un niño afronta una situación de crisis en la vida, lo primero que hace es mirar a los ojos del adulto que le acompaña. Si ve miedo, entonces responderá con miedo. Pero si el niño tiene la fortuna de estar rodeado de adultos que sienten su dolor y lo expresan sin temor, entonces reaccionará de la misma manera, y estaremos educando a niños fuertes para la vida.
Lo que intranquiliza al niño no es nuestro miedo a la muerte, sino nuestro miedo a hablar de ella. Un niño no teme a la muerte si los adultos que le rodean no temen sus preguntas ni esconde sus sentimientos.
Entonces, cuando sean mayores preguntarán sobre estas primeras Navidades sin papá o mamá, o el hermanito, o el abuelo , y les podremos ex plicar las cosas que hicimos con ellos, y de cómo participaron en los rituales: les podremos dar la certeza de que hicieron algo en honor de la persona fallecida.
A muchos niños les gusta preparar dibujos simples, y emotivos escritos que después podemos leer al empezar o terminar la co mida, colgar en el árbol de Nvidad, o depositar en un rincón especial del belén.
Edward perdió a su madre y dos hermanos en un accidente de automóvil. Cuenta así su experiencia:
Esa primera Navidad después del accidente fue un infierno. Mi padre se encerró desesperado, dejó de hacer de padre. Lo eché de menos en el momento en que más lo necesitaba.
Estaba solo sin nadie a mi lado, nadie lloraba conmigo, tenia 11 años y dos hermanos pequeños. Intentábamos vivir como si nada hubiera pasado. Mis hermanos pequeños parecían no recordar mucho del pasado.
Papa y yo sobrevivíamos en silencio. Pero como niño eché de menos una presencia simbólica que me acompañara escuchara y sostuviera en esas fiestas.
Creo que todos, tengamos la edad que tengamos, necesitamos llorar, ser acogidos y despedirnos de alguna manera. Me hubiera gustado poder ir al funeral que fue unos días antes de Navidad pero no me dejaron.
He aprendido con mi duelo que los padres deben saber hablar con sus hijos de los seres queridos que fallecen, tenerlos en cuenta tengan la edad que tengan,recordar los momentos tristes y los alegres, y sobre todo, eso tan importante que es poder llorar juntos.
El mayor miedo d el hombre es expresar la propia vulnerabilidad. Nos da miedo hablar de todo lo que es incómodo y nos despierta sufrimiento. ¿Por qué nos produce tanto temor expresar dolor?
Hay factores culturales y también de educación que explican la dificultad en conectar y expresar sentimientos difíciles. Pero las lágrimas de emoción ante un a pérdida de un ser querido son la manifestación más natural de amor que lo seres humanos tenemos: una muestra de que hemos amado y de que echamos de menos ese amor, de que nos importa lo que nos ha sucedido y necesitamos expresarlo y ¿por qué paramos esta forma natural espontánea y humana de expresión?
Nos han enseñado que eso no está bien, que mostrar emociones es ser inadecuado y que el dolor hay que llevarlo en la intimidad como si fuera algo de lo qu e uno debe avergonzarse. Pero hoy sabemos que no expresar el dolor, lo que llamamos conductas de
evitación en el duelo, acarrea consecuencias graves de salud física y mental. Están descritos problemas psicosomáticos, insomnio, trastorno de ansiedad y depresión, problemas de salud, mayor incidencia de cáncer y enfermedades coronarias. De una manera metafórica, es posible que las lágrimas no expresadas intoxiquen nuestro cuerpo.
Por otro lado no están descritos efectos secundarios negativos asociados a la expresión del dolor, a permitir el llanto, si acaso un aligeramiento, más comprensión sobre lo sucedido, y mejores relaciones con los que nos rodean. Las lágrimas contienen hormonas del estrés y son la forma natural que tiene nuestro cuerpo de relajar la tensión y mejo rar la capacidad de procesar acontecimientos traumáticos de una manera más sana y con menos consecuencias para la salud.
Quizás deberíamos empezar a diferenciar que hablar de la muerte no es morirse. Podemos sentir miedo a la muerte, y dolor ante la pérdida de un ser querido significativo, eso es humano, pero lo que es inhumano es nuestra incapacidad para hablar de ello, nuestro miedo a compartir nuestras preocupaciones sobre el morir, o sobre lo que echamos de menos de los seres queridos que nos han dejado.
Si somos capaces de trasmitir que no tenemos temor a ese compartir de afectos, que no tememos hablar de nuestro miedo a la muerte con nuestros amigos hijos y conocidos, entonces estamos enseñando que el dolor es soportable si se puede compartir, que se puede vivir el duelo de otra manera muy distinta con más conciencia y confianza.
Es entonces cuando en el contacto cálido de la gente que nos escucha sin miedo, ni prisa, y que acoge nuestro dolor, podremos abrirnos a la posibilidad de encontrar una esperanza, un sentido al misterio de la experiencia tan extraordinaria que es la vida y que es la muerte.
Adolf, tras la muerte de su hijo Carles nos lo dice con estas palabras:
Es triste que tengamos que sufrir la pérdida de un ser querido para darnos cuenta de lo que es, lo que cuesta y lo que representa vivir la vida con plenitud, no “pasar” por ella sino “vivirla”.
Poder discernir las cosas que realmente tienen importancia de aquellas otras por las que nos preocupamos, nos enfadamos, discutimos y realmente no son importantes.
Aprender a disfrutar de los pequeños grandes detalles de la vida: la compañía de nuestros seres amados, una comida familiar, una cena con los amigos, leer un libro en una playa donde rompen las olas o simplemente dar un beso a tu pareja, a tu hijo o a tu madre… tantas cosas que por si mismas justifican el haber nacido.
Alba Payás Puigarnau. Psicoterapeuta.

Aun no puedo evitar llorar. Hace veinte meses que no te veo, que no te oigo, que no te abrazo. Y todavía a veces el mazazo de la certeza me golpea, me abruma, me deshace en lágrimas. No estás. No estás más. Y no vas a volver. Nuestra vida se ha truncado y nunca será igual.
¿Cuándo volveremos a estar los cuatro juntos? ¿Por qué hemos tenido que acompañarte a la tumba? Nada tan patético como llevar la urna de tus cenizas en brazos. Nada tan triste como sentir que el mundo se había vuelto loco, que son los hijos los que ven la muerte de sus padres, y no al revés. Abracé la urna verde pensando en el bebé que veinte años antes habías sido. Te recordé entrando en la iglesia, envuelto en las mantillas de cristianar de la familia. Otra vez lo hacíamos tú y yo, pero ¡qué diferente! Yo sabía que era el último abrazo, y te coloqué unas flores del pruno que hay en el jardín, que acababa de florecer. Para que en tu sueño tuvieras algo que te recordara nuestra casa.
Tenías toda la vida por delante… tantos años, proyectos, amores y amigos… en un instante… por la locura de unos, la prepotencia de otros, la desidia de algunos, la estupidez de aquellos, la maldad de esos…
Unos padres nunca deberían ver morir a un hijo. Es una idea tópica. Pero además se le une la tristeza de la afinidad perdida, del cariño, la confianza, el amor compartidos… Lloro por ello, pero, a la vez, qué paradoja, es lo que nadie me podrá quitar. Hasta donde fue, mereció la pena. Volvería a pasar por todo otra vez con tal de conocerte, de amarte, de ser tu madre de nuevo. No renuncio a un solo momento de los que compartí contigo. Espérame, hijo. Sal a buscarme cuando llegue mi hora, por favor.
Hoy lloro sin parar, Rodrigo. Pienso en ti y en los abuelos, pues os habéis ido juntos, en tan poco tiempo… Me entristece ver cómo se adelgaza la familia, cómo se queda tu hermano solo…Y siento deseos de marchar, de no luchar más por esta vida miserable.
Luego veo a mi lado a tu padre, cariño. Hombro con hombro, me apoyo en él o se refugia en mí. Y comprendo cuánto os quiero, qué suerte he tenido a pesar de todo. Tú ya llegaste a la casita, pitufo azul, del parchís. Estás bien, protegido, feliz, esperándonos. Papá, tu hermano y yo vamos y venimos por el tablero. Arriba y abajo. Es cierto, aunque nos “coman” la ficha varias veces, terminaremos llegando hasta ti. Debemos tener paciencia.
Te quiero mucho, Rodrigo. Quisiera oír tus risas, tus canciones; notar tu alegría contagiosa; bailar a tu lado, sentir tu abrazo; escuchar las anécdotas de tu vida, los nombres de tus amigos, las aventuras del día a día…
Espero poder vivir contigo todo eso en tu no-espacio-tiempo. Por favor. Deseo compartir contigo las vivencias de Aquí y las de Allá. Para algo he descubierto que, finalmente, no estamos del todo incomunicados, no estamos tan lejos.
Ven a mis sueños, a las meditaciones, a las relajaciones de hemi-sync, a lo que leo y reflexiono. Gracias por enseñarnos tanto, Rodrigo. Seguimos caminando, desgastando nuestras botas de hierro, pensando en ti, deseando volverte a encontrar.
Hasta prontito, hijo. Te quiero mucho, mucho, muchísimo:
Mamá
Blog de Roltrigo, noviembre de 2005

Hola, Rodrigo, hijo querido:
Ha pasado otro mes sintiéndome aislada y muy triste. Un mes sin mi padre y otro más sin ti, cariño.
Te busco entre las sonrisas jóvenes, en los ojos enamorados, en el cielo de los amaneceres y atardeceres. Pero no estás allí.
Te busco entre las palabras de tu hermano, en el flequillo loco y la coronilla revuelta de papá, en mis mejillas redondeadas. Tampoco te encuentro.
Me faltan paz, calma, para meditar. Mil ideas embarullan mi mente. Pero pienso en ti. Nada me va a separar de ti, jamás. Ni la muerte, ni el tiempo, ni el olvido. Porque no existen. Porque son débiles frente al amor que te tengo, que puede con todos ellos.
Cuánto te quiero, hijo. Cuánto te añoro. Qué solos nos has dejado, qué vacío imposible de llenar.
Te supongo ocupado, ascendiendo en tu evolución. Sé que no puedes estar aquí conmigo, que tengo que seguir mi camino y que vendrás cuando sea necesario. Posiblemente me visites en sueños y yo no me entere. Medio recuerdo haberte sentido en uno de ellos. Perdona que sea tan poco consciente. Mándanos luz.
Tened compasión de nosotros, de nuestra soledad y tristeza. No os sintais atados a nuestras lágrimas, volad felices y libres. Pero enviadnos unos polvitos de estrellas de vez en cuando, que nos ayuden a seguir en este mundo sin vosotros.
Busca a mis padres y diles que los quiero, Rodrigo. Enseñadnos a bregar con la maldad, la inquina, la osadía de la ignorancia, la mala fe… Busca a todos los mayores y pídeles luz en este asunto desagradable que tantos disgustos le costó al abuelo. Por favor.
Rodrigo, Rodrigo, Rodrigo.
Hoy coloqué la ropa de tu armario: tus camisas favoritas me siguen haciendo llorar. Veo tus zapatos y me parece imposible que no estés, que hace año y medio que no pises esta casa, tu habitación, que no duermas en tu cama, que no protestes por las verduras, que no bailes claqué tan mal, que no nos cuentes tus cosas…
Quizá sea cierto, quizá tu marcha sea para ti un regalo, aunque a nosotros nos parezca el peor desastre. No te olvides de tu mamá, cariño. No puedo dejar de pensar en ti. Y tengo miedo porque no me contestas. ¡¿Estás bien?! es lo mismo que te escribí al móvil aquella maldita mañana. Un día y una noche tardamos en encontrar la respuesta.
¿Por qué, mi amor? ¿Por qué te has ido así? ¿Por qué se salen con la suya unos locos malvados y te arrebatan la vida? ¿Por qué nadie nos salva de este mundo miserable?
Aún tenías muchas cosas que hacer aquí.
Pensé que te vería madurar, que vería a tus hijos.
Me duele tu muerte como una inmensa herida.
Me habría cambiado por ti mil veces, sin dudarlo. Pero nadie me dio a elegir.
Rodrigo, hijo, ¿estás bien?
Siento parecer la madre pesada que lleva la cuenta del número de días que hace que no la llaman por teléfono. Desde tu lugar lejano, cuando puedas, mándame tu amor. Y haz que consiga sentirlo.
Hasta pronto, cariño. Todo mi amor:
Mamá.
Blog de Roltrigo, octubre de 2005
Ayer vinieron a casa dos de tus amigos: E y N.
Lo sé. E era tu mejor amigo de la Facultad. Con quien tenías confianza, al que le diste uno de tus dos peniques de la suerte. El otro lo llevabas encima el fatídico día en que te fuiste. La suerte no existe, cariño. Lo tengo guardadito, porque fue tuyo. Ojalá estuvieras tú, y esa moneda en el bolsillo de tu camisa, como solía.
Cortamos una capa marrón para N. Nos contaron montones de batallitas, como hacíais tu novia y tú. Y se veía traslucir una enorme bondad y cariño tras sus ojos. Papá me dijo luego que parecía como si a su lado estuvieras tú, riendo sus aventuras, regalándonos esas pocas horas de conversación.
Al principio se les veía un poco cortados, porque no nos hemos tratado mucho. Estoy segura de que les ha costado vencer su natural timidez. Seguro que vinieron por ti, por todo lo que te querían, porque de algún modo era una forma de honrarte y de quererenos, en tu nombre, aun sin decírnoslo.
Pero no hablamos de ti, sólo papá te citó una vez. Y ellos no dijeron nada. Luego el hielo se fue rompiendo. Eran alegría y energía como las tuyas. Ahora los recuerdo, os recuerdo a ti y a M, mi parejita feliz, y te añoro muchísimo, Rodrigo. Me parece lejano, casi mentira, que una vez estuviste con nosotros. ¡¡Este maldito cerebro humano que sólo sabe procesar el presente!!
Pero gracias por regalarnos a tus amigos y esa afición en común que nos sigue manteniendo en relación con ellos y contigo. Gracias por haber sido tan generoso. Gracias por haber vivido con nosotros. Gracias por comunicarte a través del cariño de todos, por consolarnos, por querernos.
Hasta pronto. Te quiere mucho:
Mamá
Blog de Roltrigo octubre 2005

















