Estás en una bitácora personal dedicada específicamente al tema del duelo por la pérdida de un ser querido.
Para ver nuestros escritos generales sobre duelo, pincha en los rótulos bajo la foto de cabecera. También puedes seguir los artículos semanales en la bitácora. Instrucciones más explícitas en BIENVENIDO.
Así empieza el camino de las lágrimas. Así, conectándonos con lo doloroso. Porque así es como se entra en este sendero, con este peso, con esta carga. Y también con esta creencia irremediable: la supuesta conciencia de que no lo voy a soportar.
Porque todos pensamos al comenzar este tramo que es insoportable. No es culpa nuestra; hemos sido entrenados por los más influyentes de nuestros educadores para creer que no soportaremos el dolor, que nadie puede superar la muerte de un ser querido, que podríamos morir si la persona amada nos deja, que la tristeza es nefasta y destructiva, que no somos capaces de aguantar ni siquiera un momento de sufrimiento extremo de una pérdida importante. Y nosotros vivimos así, condicionando nuestra vida con estos pensamientos, que como la mayoría de las creencias aprendidas son una compañía peligrosa y actúan como grandes enemigos que nos empujasen a veces a costo mayores que los que supuestamente evitan.
En el caso de las pérdidas, por ej, pueden extraviarnos de la ruta hacia nuestra liberación definitiva de lo que ya no está. Hay una historia verídica, que sucedió en África.
Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo. De repente un derrumbe los dejó aislados del afuera sellando la salida. En silencio cada uno miró a los demás. Con su experiencia se dieron cuenta de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaba unas tres horas de aire, cuanto mucho tres horas y media.
Mucha gente de afuera sabían que estaban allí atrapados, pero un derrumbe como ese significaba horadar otra vez la mina, podrían hacerlo antes de que se termine el aire? Los mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron hacer el menor esfuerzo físico, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron en silencio en el piso….era difícil calcular el tiempo que pasaba… casualmente uno tenía reloj. Hacía él iban todas las preguntas ¿cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora? El tiempo se estiraba, cada minuto parecía una hora y la desesperación agravaba más la tensión.
El jefe se dio cuenta que si seguían así, la ansiedad los haría respirar más rápidamente y esto los podía matar. Ordenó al que tenía el reloj que sólo él controlara el paso del tiempo y avisara cada media hora. Cumpliendo la orden, a la primera media hora dijo “ha pasado media hora”. Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.. El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba.
Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morir sufriendo. Así que la próxima vez que les informó la media hora habían pasado 45 minutos. No había manera de notar la diferencia. Apoyado en el éxito del engaño de la tercera información la dio casi una hora después… así siguió el del reloj, cada hora completa les informaba que había pasado media hora.
La cuadrilla apuraba la tarea de rescate, sabían en qué cámara estaban atrapados y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas. Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos.
Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia…el que tenía el reloj.
Esta es la fuerza que tienen las creencias en nuestras vidas. Esto es lo que nuestros condicionamientos pueden llegar a hacer de nosotros. Cada vez que construyamos una certeza de que un hecho irremediablemente siniestro va a pasar, no sabiendo cómo (o sabiéndolo) nos ocuparemos de producir, de buscar, de disparar (o como mínimo de no impedir) que algo de lo terrible y previsto nos pase realmente. De paso y como en el cuento, el mecanismo funciona también al revés: Cuando creemos y confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
Claro que si la cuadrilla hubiera tardado doce horas, no habría habido pensamiento que salvara a los mineros. NO digo que la actitud positiva por sí misma sea capaz de conjurar la fatalidad o de evitar tragedias. Digo que las creencias autodestructivas indudablemente condicionan la manera en la cual enfrento las dificultades. El cuento de los mineros debería obligarnos a pensar en estos condicionamientos. Y empiezo desde aquí porque uno de los falsos mitos culturales que aprendimos con nuestra educación es que no estamos preparados para el dolor ni para la pérdida.
Jorge Bucay El camino de las lágrimas

Una de las preguntas que con más frecuencia escuchan los instructores de la sabiduría oriental es “¿Qué enseñáis, acerca del más allá de la muerte?”
Al ocultista experimentado siempre le parece extraña esta pregunta, pues le produce el mismo efecto que si preguntaran a cualquiera: “¿Qué enseñáis acerca de la acera de enfrente de la calle?”
Desde luego que mayúscula fuera la extrañeza de quien escuchara semejante pregunta, pues para saber lo que hay en la acera de enfrente de la calle le bastará al interrogador verlo con sus propios ojos.
El instructor oriental ya no se admira de la multitud de pruebas del resultado de las meramente teóricas y dogmáticas enseñanzas de la mayoría de instructores y predicadores del mundo occidental, que son “como ciego que guía a otro ciego”, pues carecen de medios para comprobar sus afirmaciones y se reducen a transmitir lo que ciegamente recibieron de otros, quienes a su vez allegaron del mismo modo su instrucción.
Por el contrario, en Oriente hay muchísimos individuos de muy evolucionadas facultades psíquicas y espirituales para quienes los fenómenos de la otra vida son tan familiares como los de la terrena, y el mundo de ultratumba es para ellos tan real y efectivo como el ordinario ambiente del mundo físico.
Para los ocultistas avanzados no es el más allá un mar inexplorable sino tan perfectamente conocido en sus corrientes, profundidades, islas y generales características como para el experto marino occidental pueda serlo el Atlántico.
Además, a todo oriental instruido se le enseñó desde niño que los fenómenos del otro mundo no han de ser materia de creencia por fe, sino que pueden conocerlos efectivamente cuantos quieran emplear tiempo y estudio en cultivar las superiores facultades latentes en todo ser humano.
Sin embargo, por la misma razón, el avanzado ocultista oriental se ve perplejo, por no decir desalentado, cuando ha de comunicar sus conocimientos sobre el asunto a los estudiantes occidentales cuya mente repugna por instinto aceptar la verdad según la aceptan los estudiantes orientales.Como quiera que el occidental no ha realizado por positiva experiencia ciertos fenómenos psíquicos y espirituales en que se fundan las enseñanzas sobre este punto, exige “pruebas concluyentes” de dichos fenómenos antes de pasar adelante.
Por otra parte, para conocer estos fenómenos es indispensable experimentarlos personalmente, y así no valen argumentos ni razones para convencer de una verdad que ha de servir de fundamento a las enseñanzas.
En consecuencia, el estudiante occidental, o bien acepta por fe las afirmaciones del instructor o las disputa por conjeturas y especulaciones; y como en Occidente se cuentan por millares las conjeturas y especulaciones de esta índole, el estudiante puede muy bien excusarse de no aceptar ninguna de ellas, porque, según suele argüir: “tan buena es una hipótesis como otra”.
Al exponer los fenómenos del más allá, debo advertir desde luego al estudiante que no se le podrá proporcionar ninguna prueba material si no tiene actualizadas sus facultades psíquicas y espirituales, porque sin ellas la prueba demandada sería semejante a la que un ciego exigiera de la existencia de los colores o un sordo de la del sonido.
La naturaleza de las cosas impide dar prueba material en dicho caso. ¿Qué método cabría emplear para explicar la sensación gustativa del azúcar a quien jamás hubiese probado un dulce?
Por tanto, téngase muy en cuenta que las enseñanzas de este libro no se exponen como prueba de los fenómenos del otro mundo, sino tan sólo a manera de relato de un viajero que vuelve de un país extraño y cuenta las peripecias de su viaje y lo que allí ha visto.
Dijimos a los estudiantes de nuestras primeras lecciones: “Los instructores orientales no exigen de nadie que acepte ciegamente lo que se le enseña. Por el contrario, advierten al estudiante que sólo acepte por verdad lo que haya comprobado personalmente, pues ninguna verdad es verdadera hasta que uno la ha corroborado por su propia experiencia. Pero también se le advierte que para comprobar así una verdad ha de vigorizar las facultades indispensables para la comprobación.
“El instructor sólo quiere que el estudiante confíe en él como en quien le señala el camino, y así le dice: `Éste es el camino. Ve por él y encontrarás lo que te he enseñado. Tómalo, pésalo, mídelo, pruébalo y lo conocerás por ti mismo. Cuando llegues a cualquier punto del camino sabrás tanto como yo y quienquiera que haya pasado por aquel punto. No aceptes nada definitivamente hasta que por ti mismo lo hayas comprobado; mas si eres prudente aprovecharás los consejos y experiencias de quienes en el camino te precedieron.
Cada cual ha de aprender por experiencia, pero los ya experimentados pueden señalar el camino a los inexpertos. En cada etapa observarás que quienes ya están más adelante dejaron señales, hitos y marcas para instrucción de los que les seguían. El hombre prudente aprovecha estas señales. No te exijo fe ciega sino tan sólo confianza hasta que seas capaz de demostrar por ti mismo las verdades, que te expongo, como a mí me las expusieron mis instructores.
Los escépticos occidentales podrán objetar que no damos “pruebas científicas” de nuestras afirmaciones acerca de los fenómenos del más allá. Si por “pruebas científicas” se entienden las de la ciencia física, estamos de acuerdo en que no las aducimos; mas para los ocultistas avanzados el adjetivo “científico” tiene un significado mucho más amplio.
Quien espere pesar, medir y calcular las cosas espirituales con métrica. material fracasará sin remedio, pues nunca obtendrá la deseada prueba. Los aparatos físicos sólo sirven para objetos físicos, y el mundo espiritual tiene peculiares aparatos con que registrar sus fenómenos.
Por tanto, deseamos que comprenda bien este asunto quien comience a estudiar este libro, y sepa de antemano que no le ofreceremos ninguna prueba material, pues en parte alguna se hallarían semejantes pruebas.
Tampoco argumentará este libro, porque no hay base de argumentación entre los que ven el más allá y aquellos cuya visión se contrae al plano físico.
La Vida Después De La Muerte Yogi Ramacharaka

No te rebeles frente a la alegría ajena.
No pretendas que todos
se mueran con tus muertos;
que cada uno lleva su peso
con llorar los suyos.
Y es mejor para ti
que te contagien su alegría
y sus ganas de vivir,
y no se hundan contigo
en el pozo de tu pena.
No te mueras
con tus muertos;
¡llévalos vivos en tu amor
y vive con ellos
en tus recuerdos!
¡Sería triste y penoso
que tú te dejaras morir
y ellos
siguieran viviendo…!
Mientras esperas
que tus muertos regresen
como si no hubieran muerto,
les impides volver de otra manera,
a ocupar un lugar
en tu corazón y en tu recuerdo.
Es una ley de la vida:
no se goza el despertar de la aurora
sin pasar por la muerte del ocaso.

Tus muertos resucitarán “para ti”,
cuando hayas aceptado
que “murieron para ti”;
sólo los recuperas en su regreso,
cuando aceptaste su partida.
¡No es posible la alegría del reencuentro,
sin sufrir el dolor de la despedida!
No te mueras
con tus muertos;
¡llora la siembra de ayer
con la esperanza puesta
en cosecha de mañana!
Acepta que la muerte
de tus seres queridos
te despierta mucha rabia,
aunque sepas por qué
y aunque no quieras sentirla.
Tu resistencia ante la muerte
te hace rebelarte,
aunque no sepas del todo
contra quién hacerlo…
¿Contra Dios…?
¿Contra tus muertos… porque te
abandonaron?
¿Contra…?
No te mueras
con tus muertos;
¡déjalos dormir su tiempo
como duerme la oruga
en la crisálida,
esperando la primavera
para hacerse mariposa!
Dios no es menos Dios,
más justo o más injusto,
más bueno o más malo,
cuando naces que cuando mueres.
O crees en Él siempre,
o no crees nunca;
pero una cosa es creer en Él
y otra es creer en tus explicaciones.
¡Ante la muerte
se acaban tus explicaciones!
No te tortures
Sintiéndote culpable ante tus muertos.
¡Los muertos no cobran deudas!
¡Además, si hoy resucitaran,
volverías a ser con ellos como fuiste!
¿O no sabías con certeza
que un día iban a morir?
No te mueras
con tus muertos;
¡muéstrales más bien,
que como el árbol
podado en el invierno,
lejos de morirte,
retoñas vistiendo tu desnudez
devolviendo frutos por heridas!
Acepta la realidad y date cuenta,
de que tus muertos te plantean
un serio desafío:
el de tener una respuesta
para el sentido de tu vida.
Porque mientras no sabes
para qué murieron ellos,
tampoco sabes para qué vives tú.
¿O no piensas morir?

Tú y yo
sólo vemos una cara de la muerte,
la del otro lado se nos escapa.
Si desde el seno de tu madre
hubieras visto nacer un hermano,
creo que lo hubieras llorado
como muerto,
hasta nacer tú y reencontrarlo.
¿Qué sentirías si miraras la muerte
como otro nacimiento…?
No te mueras
con tus muertos;
¡déjalos que vayan
como esta semilla
que se lleva el viento,
no por capricho de llevarla,
sino para sembrarla
en algún lado,
aunque
tú no sepas dónde!
No te castigues,
encaprichada y resentidamente,
prohibiéndote gozar de la vida
porque perdiste un ser querido.
Tu tristeza te destruye a ti,
sin beneficiar a tus muertos.
Y, cuando ellos partieron,
no se llevaron contigo tu derecho
a gozar de la alegría de la vida.
Tus muertos tenían sus fallos;
no sigas culpándolos
por tantas cosas…
¡Los muertos no pagan deudas!
Perdónalos, si es necesario hacerlo,
dejándolos en paz a ellos
y liberándote tú
para vivir tu vida.

Hay tantas tradiciones sobre los días 1 y 2 de noviembre como países, como regiones, como localidades, como familias. Es costumbre por aquí acudir al cementerio y poner flores nuevas, y cuidar y limpiar las sepulturas. Es una celebración religiosa y a la vez un hábito social, una forma de rendir culto al menos una vez al año, a los que se fueron. Pero es el peor momento para los que estamos en duelo, uno de los días que huimos, porque el gentío nos aturulla y desconsuela.
Date permiso para hacer lo que te pida tu corazón. Muchos acuden porque es lo esperable, porque hace 365 días que no lo hacen, pero en tu caso ¿de veras ha pasado tanto tiempo? ¿necesitas pasar ese mal trago? ¿acaso está descuidado el lugar donde descansan los restos de tu ser querido?

En general consiste en mantener un estilo de vida equilibrado. Se recomienda tomar en consideración:
Cuidados Físicos
- Comer regularmente ( ej: desayuno, almuerzo, cena)
- Dieta saludable
- Hacer ejercicio
- Consulte regularmente al médico por prevención
- Reciba asistencia médica regular cuando sea necesario
- Si se siente enfermo tómese el día libre
- Reciba masajes
- Baile, nade, camine, corra, practique algún deporte, cante o haga cualquier otro tipo de actividad física que le de placer
- Duerma lo suficiente
- Use ropas que le gusten
- Tómese unas vacaciones
- Haga un viaje de un día o tómese unas mini vacaciones
- Aléjese por un tiempo de los teléfonos
Ayuda Psicológica 
- Tome su tiempo para meditar
- Tenga su propia psicoterapia personal
- Escriba un diario
- Lea literatura que no se relacione con su trabajo
- Haga algo en lo que no sea un experto o que esté al mando
- Disminuya el estrés en su vida
- Tome en cuenta sus experiencias interiores – escuche cuáles son sus pensamientos, sus opiniones, creencias, actitudes y sentimientos
- Deje que los demás descubran diferentes aspectos de su personalidad
- Enfoque su inteligencia en un área desconocida, por ejemplo, vaya a un museo de arte, a una exposición histórica, a algún evento deportivo, a una subasta, a ver una obra de teatro
- Ponga en práctica recibir de otros
- Sea curioso
- Algunas veces diga que no a mayores responsabilidades
Cuidado Emocional 
- Pase tiempo con personas cuya compañía usted disfruta
- Manténgase en contacto con aquellas personas que son importantes en su vida
- Haga afirmaciones; elógiese
- Busque diferentes formas de aumentar su autoestima
- Relea sus libros favoritos, vuelva a ver sus películas preferidas
- Identifique actividades, objetos, relaciones y lugares que lo reconforten y búsquelos
- Permítase llorar
- Busque aquellas cosas que lo hagan reír
- Manifieste su indignación en acción social, cartas, donaciones, marchas, protestas
- Juegue con sus hijos
Autoayuda espiritual 
- Tómese su tiempo para reflexionar
- Disfrute de la naturaleza
- Encuentre alguna conexión o comunidad espiritual
- Mantenga su mente abierta a la inspiración
- Mantenga su optimismo y su esperanza
- Tome conciencia de aquellos aspectos no materiales de la vida
- Intente en algunas ocasiones no estar a cargo o ser el experto
- Permítase no saber sobre algo
- Identifique lo que es importante para usted y analice qué lugar ocupa en su vida
- Medite
- Ore
- Cante
- Pase tiempo con los niños
- Experimente sensaciones de asombro, sobrecogimiento
- Colabore en aquella causas en las que usted cree
- Lea literatura inspiradora
- Oiga música que le guste, le ayude o le devuelva la serenidad
Y todo esto sin olvidar que estas prácticas no sustituyen tratamientos: HAY QUE PEDIR AYUDA PSICOLÓGICA o psiquiátrica SI LOS SÍNTOMAS CONTINÚAN.

El trastorno de estrés postraumático se origina tras haber sufrido u observado un acontecimiento altamente traumático (atentado, violación, asalto, secuestro, accidente, etc.), en el que está en juego la vida de las personas.
Las imágenes de la situación traumática vuelven a reexperimentarse una y otra vez (flashback), en contra de la propia voluntad, a pesar del paso del tiempo, imaginándolo con todo lujo de detalles, acompañado de intensas reacciones de ansiedad (preocupación, miedo intenso, falta de control, alta activación fisiológica, evitación de situaciones relacionadas, etc.)
Todo ello genera un fuerte estrés, agotamiento, emociones intensas, y pensamientos irracionales que aumentan la intensidad de ese estrés, del agotamiento, de las emociones intensas …
El estrés postraumático se caracteriza porque se concede mucha importancia a estas imágenes y a la ansiedad que provocan. Se desarrollan muchos pensamientos relacionados con el acontecimiento traumático y con sus consecuencias.
Se concede mucha importancia también a estos pensamientos, que generan más ansiedad, más estrés, más inseguridad. El mundo se percibe como altamente peligroso. Se suele perder la sensación de control sobre la seguridad propia. Se recuerdan muchos detalles de la situación, o las sensaciones vividas en los momentos del suceso, con gran viveza, con gran intensidad, y con una alta frecuencia. Esas sensaciones visuales, auditivas, táctiles quedan profundamente grabadas en la memoria y poseen una alta relevancia entre cualquier otro recuerdo.
Las imágenes y las sensaciones pueden volverse intrusivas (acuden una y otra vez a la mente, produciendo malestar), especialmente si se pretende evitarlas. Cuando queremos evitar un pensamiento aumenta la frecuencia de ese pensamiento no deseado y se vuelve más estresante.
Tras el trauma (atentado, violación, asalto, secuestro, accidente, etc.) el pensamiento, el diálogo interno del individuo, no sólo provoca más ansiedad, sino que tiende a generar sentimientos de culpa, por aquello que se hizo, por lo que no se hizo, porque no se estuvo a las circunstancias, por haberse salvado, por… toda una serie de motivos poco realistas, bastante irracionales, y de excesiva autoexigencia. Se va tejiendo así una red cada vez más elaborada en la que están relacionados todos estos elementos que cambian en la misma dirección: provocar más estrés.
Bajo el estrés agudo inicial que se produce tras el trauma (en el primer mes), así como bajo el estrés postraumático posterior (después de transcurrido el primer mes), también son frecuentes los sentimientos de indefensión e impotencia, las reacciones de ira, los sentimientos de hostilidad, de rabia, y las imágenes de agresión contra el agente que ha generado el daño, o se considera que lo ha generado.
Este estado de estrés se caracteriza por un intenso estado emocional en el que predominan la ansiedad, la culpa, la ira, la rabia, la hostilidad, a veces la vergüenza, y con mucha frecuencia la tristeza e incluso la depresión (el trastorno de estrés postraumático tiene una alta comorbilidad con el trastorno depresivo, entre un 60-80% de personas presentan ambos desórdenes). Dicho estado emocional produce un fuerte malestar psicológico, alta activación fisiológica y problemas de conducta a la hora de readaptarse a las distintas facetas de la vida cotidiana.
Sin embargo, es frecuente que las personas que están experimentando estrés agudo, y después estrés postraumático, no puedan y no quieran expresar sus emociones. Algunas, tienen también dificultades para experimentar estas emociones, que dicen deberían estar experimentando como las personas de su alrededor.
Muchas personas desarrollan algunos de estos síntomas de estrés postraumático a pesar de no haber estado en la situación traumática. La probabilidad de que esto suceda depende de la valoración y grado de implicación que se hace del acontecimiento traumático. Si una persona concede la máxima valoración a lo sucedido y comienza a sentirse vulnerable porque se siente implicada (“podría haberme sucedido a mí”) tiene más probabilidad de desarrollar algunos síntomas del estrés postraumático.
Si una persona se repite con frecuencia cuestiones como “¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho para merecer esto?, o algunas otras cuestiones que generalmente no tienen una respuesta racional, que sirven para activar más dolor, más activación fisiológica, más ansiedad, más impotencia, etc … se estará aumentando la probabilidad de desarrollar este trastorno de ansiedad denominado trastorno de estrés postraumático.
Las víctimas necesitan apoyo social de las personas que les rodean, necesitan que vuelva a fluir la comunicación, que ventilen (hablen) sus pensamientos, imágenes, emociones … necesitan reelaborar todo ese material. En la medida en que se lleve a cabo bien o mal esta reelaboración, así será la gravedad de los síntomas después del trauma, los síntomas del estrés postraumático.
La intervención temprana en víctimas recientes o potenciales afectados por este trastorno (familiares, cuidadores de las víctimas, personas que observaron la escena, vecinos, etc.) es eficaz y previene la aparición de síntomas.
Esta intervención temprana consiste en:
(1) dar información sobre el proceso la reacción psicológica que suele seguir, los síntomas que se suelen experimentar, los pensamientos que se suelen desarrollar, etc.;
(2) entrenamiento en relajación y respiración;
(3) exposición en imaginación a los recuerdos del suceso traumático;
(4) exposición real (en vivo) a las situaciones que se evitan, que no supongan riesgo;
y (5) reestructuración cognitiva de los pensamientos irracionales que provocan sentimientos negativos.

El trastorno por estrés postraumático es un trastorno psicológico clasificado dentro del grupo de los trastornos de ansiedad, que sobreviene como consecuencia de la exposición a un evento traumático que involucra un daño físico.
Es una severa reacción emocional a un trauma psicológico extremo.
El factor estresante puede involucrar la muerte de alguien, alguna amenaza a la vida del paciente o de alguien más, un grave daño físico, o algún otro tipo de amenaza a la integridad física o psicológica, a un grado tal, que las defensas mentales de la persona no pueden asimilarlo.
En algunos casos, puede darse también debido a un profundo trauma psicológico o emocional y no necesariamente algún daño físico; aunque generalmente involucra ambos factores combinados.
Para hacer el diagnóstico de trastorno de estrés postraumático con base en los criterios de la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Texto Revisado, se requiere lo siguiente:
1. La persona ha estado expuesta a un acontecimiento traumático en el que se ha presentado lo siguiente:
- la persona ha experimentado, presenciado o le han explicado uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de los demás
- la persona ha respondido con temor, desesperanza u horror intensos. En los niños estas respuestas pueden expresarse mediante comportamientos desestructurados o agitados
2. El acontecimiento traumático es reexperimentado persistentemente a través de una o más de las siguientes formas:
- recuerdos del acontecimiento recurrentes e intrusos que provocan malestar y en los que se incluyen imágenes, pensamientos o percepciones. En los niños pequeños esto puede expresarse en juegos repetitivos donde aparecen temas o aspectos característicos del trauma
- sueños de carácter recurrente sobre el acontecimiento. En los niños puede haber sueños terroríficos de contenido irreconocible
- el individuo actúa o tiene la sensación de que el acontecimiento traumático está ocurriendo. Se incluyen la sensación de revivir la experiencia, ilusiones, alucinaciones y flashbacks. Los niños pequeños pueden reescenificar el acontecimiento traumático específico
- malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático
- respuestas fisiológicas al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático
3. Evitación persistente de estímulos asociados al trauma y embotamiento de la reactividad general del individuo, tal y como indican tres o más de los siguientes síntomas:
- esfuerzos para evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el suceso traumático
- esfuerzos para evitar actividades, lugares o personas que motivan recuerdos del trauma
- incapacidad para recordar un aspecto importante del trauma
- reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas
sensación de desapego o enajenación frente a los demás - restricción de la vida afectiva
- sensación de un futuro desolador, pesimismo
4. Síntomas persistentes de aumento de la activación, tal y como indican dos o más de los siguientes síntomas:
- insomnio de conciliación o de mantenimiento
- irritabilidad
- dificultades para concentrarse
- hipervigilancia
- sobresaltos
El tiempo mínimo de evolución de los síntomas de es un mes. Las alteraciones provocan malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.
El trastorno es agudo si los síntomas persisten menos de tres meses.
Su prolongación hará que se considere crónico.
En los casos en los cuales los síntomas se inician después de seis meses de padecido el evento traumático, se considerará de inicio demorado.
El tratamiento intenta:
- Disminuir los síntomas.
- Prevenir complicaciones crónicas.
- Rehabilitación social y ocupacional.
El tratamiento incluye diversas modalidades psicoterapéuticas individuales, entre las cuales podemos destacar la cognitivo- comportamental; también son de gran utilidad las terapias de grupo y de familia, y los grupos de autoayuda.
El manejo farmacológico dependerá de los síntomas predominantes. Entre los medicamentos utilizados se cuentan los antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del ánimo, entre otros. En algunas oportunidades pueden utilizarse los antipsicóticos atípicos.
Fuente: Wikipedia
Historia de un sueño
Perdona que entre sin llamar
no es esta la hora y menos
el lugar
tenia que contarte
que en el cielo no se está tan mal.
Mañana ni te acordarás
tan solo fue un sueño te repetirás
y en forma de respuesta pasará
una estrella fugaz.
Y cuando me marche estará,
mi vida en la tierra en paz
yo solo quería despedirme
darte un beso y verte una vez más
Promete que serás feliz
te ponías tan guapa al reír
y así solo así quiero recordarte
así como antes, así adelante,
así, vida mía mejor será así.
Ahora debes descansar
deja que te arrope como años atrás,
recuerdas cuando entonces
te cantaba antes de ir a acostar.
Tan solo me dejan venir
dentro de tus sueños para verte a ti
y es que aquella triste noche
no te di ni un adiós al partir.
Y cuando me marche estará
mi vida en la tierra en paz
yo solo quería despedirme
darte un beso y verte una vez más.
Promete que serás feliz
te ponías tan guapa al reír
y así solo así quiero recordarte
así como antes, así adelante,
así, vida mía ahora te toca a ti
solo a ti, seguir nuestro viaje
se está haciendo tarde
tendré que marcharme
en unos segundos vas a despertar.
Y así solo así quiero recordarte
así como antes, así adelante,
así, vida mía mejor sera así.
Hay una cosa cierta y es que, nos guste o no nos guste, nuestro cerebro es el único responsable de darnos paz y tranquilidad, o hundirnos en lo más profundo del pesar y, mucho cuidado, porqué se que todos estamos pasando lo nuestro pero, si se me permite un ejemplo personal, yo tuve que aguantar que este cerebro mío no me facilitara otra imagen de mi esposa que no fuera sufriendo.
Hiciera lo que hiciera, todo terminaba en un recuerdo de cuando ella hacía o pasaba por tal o cual rincón de la casa, y me venía abajo con una desesperación y desconsuelo terribles, hasta que un día me enfadé mucho conmigo mismo. Me dije que no había derecho, que bastante estaba sufriendo como para que, encima, cuando los recuerdos aparecieran en mi memoria, solo sirvieran para maltratarme aún más.
Era como saber que había dos sacos, uno lleno de cosas infinitamente valiosas y agradables, y otro de mórbido, cruel y desgarrador, sin contar con un tercero que me explicaba mis fallos, errores, y aquello que nunca le dije o hice. ¿Por qué sólo recuerdos desagradables?
Muy a menudo tengo que forzarme a recordar que ella está bien, y esto me ayuda (no siempre) a recordarme que, si estoy pensando en ella, merece la pena pensar en “ella ahora”, por mucho que no la vea.
Si está bien, quiere decir que aquellas imágenes tan dolorosas me falsean el presente, y deseo vivirla por lo que es, y no por lo que en un momento de su vida fue. Puede parecer un juego de palabras, pero no es más que una forma de intentar reinterpretar un presente sin ella, pero con ella. Huir del concepto de “pérdida irreparable”, para entrar en una nueva dimensión en nuestra relación. Porque sigue viva, y no hablo exclusivamente de “en mi memoria”.
Después resulta que, cuando empiezas a obligarte a reaccionar de esa forma, no porque nadie lo diga ni lo aconseje, sino porque le empiezas a ver la lógica, empiezas a “tranquilizarte” un poco. Empiezas a aprender una nueva forma de relacionarte con tu ser querido que, en definitiva, es lo que más deseas en el mundo. Pero lo haces no por “locura”, aunque no entiendo cómo no terminamos todos locos, sino porque sabes que tiene una base cierta.
Quizás no los habremos visto, quizás tampoco oído, pero saber que ello es posible, te permite reconducir tus sentimientos, de forma mucho más agradable, llevadera y con sentido. Lo curioso del caso es que entonces es cuando ocurren “cosas”.
La lectura y el poder comentar acerca de estos temas es lo que llega a permitirnos entrar despacito, pero con pie firme, en otra manera de enfocar la “realidad” que nos rodea. Sientes que, a pesar del inmenso dolor, también empiezan a aparecer momentos de dulzura, que agradeces bárbaramente y comienzas a percibir la vida de forma distinta, más intensa y con otros valores distintos. Bien es cierto que nadie te quita los bajones terribles, pero sabes que tienes herramientas para volver a levantarte y seguir.
No se porqué nos ha tocado vivir este tipo de experiencias, pero es cierto que, al poco tiempo, nuestra visión de la muerte cambia totalmente, perdiéndole el temor y sintiendo que estamos solo de paso, una especie de preámbulo hacia algo mucho más elevado.
Nada tiene que ver con “comulgar con ruedas de molino” tras la búsqueda de consuelo, sino un acercamiento muy serio y profundo a una parte intrínseca del vivir, que nos abre unas perspectivas muy distintas a las que antes teníamos todos nosotros.
Yo diría que pertenecemos a un grupo muy determinado al que no se le puede convencer con palabras, ya que difícilmente aceptaremos otra cosa que hechos contrastados y vividos en primerísima persona, dado que no se trata de “llenar un vacío” con cualquier cosa que encontremos, sino hallar sentido a la pérdida más atroz e impactante que un ser humano pueda sufrir.
También merece la pena comentar que, si a través de esta búsqueda, llegamos a encontrar los resortes que nos permitan seguir una relación tan valiosa para nosotros, si hallamos respuestas claras, no solo en los libros, sino también en nuestros seres queridos, entonces quizás estemos entrando en unos niveles de comunicación y amor muy superiores a los que nunca jamás hubiéramos imaginado.

Dirán algunos con cierto sentimiento de frustración: Yo no recibo mensajes ni de forma directa ni indirecta. A lo que yo respondo: Tienes sueños, todo el mundo sueña.
Hay que distinguir también entre sueño y ensueño. En el sueño, ámbito preferido del psicoanálisis, son nuestras preocupaciones, nuestros deseos, nuestras esperanzas, nuestros achaques físicos o psíquicos los que vuelven en desorden. El ensueño, ámbito preferido del metafísico, es un contacto momentáneo con el Más allá. Si se trata del Más allá tenebroso, habrá que hablar de pesadilla. Pero si conservamos la fuerza de nuestra mente en el entorno celeste, los seres de luz aparecerán en nuestras noches.
El vocabulario es revelador: se dice soñar y tener un sueño. En cuanto a soñar, somos nosotros mismos los que soñamos con todo lo que arrastra nuestra mente: deseos inhibidos, temores, esperanzas, preocupaciones materiales. Por el contrario, el sueño es algo que se nos da desde el exterior, aporta elementos que no existen ni en nuestro consciente, ni en nuestro inconsciente. El sueño es una puerta abierta al otro mundo.
Todos los que perdieron a un ser querido y atribuyen una gran importancia a sus sueños, no saben hasta qué punto están en lo cierto. No se trata en este caso de fantasmagorías, sino de realidades trascendentales. Para los desaparecidos, estas visitaciones de la mañana son un medio de atestiguar su presencia, de dar noticias suyas, de mantener las relaciones, de trasmitir una corriente de amor.
Estos sueños no tienen nada de simbólico, son mensajes a secas que no necesitan ninguna interpretación. El testimonio que sigue es un ejemplo de esto:
Vi en sueños a mi hija. Estaba radiante, tenía sobre su rostro una especie de resplandor. Me dijo: “no hay por qué llorar: mira qué feliz soy. Ya no necesito mi corsé, hay que tirarlo … Ahora puedo hacer todo lo que quiero y que antes no podía hacer…
En la Tierra, como estaba enferma del corazón no podía integrarme en ninguna escuela. Me he integrado en la mejor. Os preparo la casa y vendré a buscaros, primero a unos y luego a otros.
Cuántas cosas en estas pocas líneas: belleza del cuerpo espiritual, desaparición de toda enfermedad, felicidad por haberse liberado de ella, preocupación por los que quedaron, promesa de acogerlos cuando les llegue la hora, libertad sin límites para el bien.
No sólo vienen ellos a nosotros, sino que también nosotros vamos hacia ellos desdoblándonos, en nuestro cuerpo espiritual, como lo explica Pierre a su madre en su carta del 7 de septiembre de 1918:
He aquí el significado de ese sueño: nuestros afectos continúan buscándose, llamándose, manifestándose a pesar del velo que los separa. La mayoría de las veces, tú vienes durante tu sueño a reunirte conmigo; al despertaros, no volvéis a recordar de esas reuniones que el sueño facilita: a veces, queda de ello una impresión indefinida y el deseo de la otra vida -esa que, hasta cuando vivíamos en la carne, aprendemos a conocer.
¿Por qué existen esas incursiones en otra esfera? ¿Cómo explicarlo?
Lo ignoramos.
Por mi parte, pienso que es para dar ánimos al hombre, exilado en la Tierra, para continuar su labor y sus esfuerzos; es el “permiso de salida”, por decirlo así, tan necesario al espíritu que está en una lucha completamente distinta, como a los que en la actualidad tienen dificultades y sufren en la Tierra. Si vuelve en seguida a echarse el velo, es porque el hombre, de nuevo exilado, en lugar de haber encontrado un fuerza en su viaje, sólo se acordaría de él para lamentar su condición terrena.
Cuántas veces hemos tenido este sueño: él está aquí, nos sonríe; por fin vamos a poder abrazarlo, estrecharle contra nosotros. Salta nuestro corazón, todavía unos pasos…
Qué lástima, el sueño se desvanece, la decepción nos despierta, y sigue el largo insomnio con sus “por qué”… sus “si hubiéramos sabido”… y el sentimiento de estar privados de todo, a falta de tener lo esencial: la presencia de nuestro hijo.
Pero los padres de Stephane se dieron cuenta de que la presencia espiritual había sustituido a la presencia física, hicieron un gran recorrido:
Ahora sabemos que nuestro hijo está presente como antes, aunque de otra manera. El nos ayuda en el camino difícil de nuestra existencia terrena, invitándonos a llevar nuestro amor hacia horizontes más amplios, hacia cumbres más elevadas, a contribuir, de acuerdo con nuestra vocación y nuestros medios, al bien de la ciudad terrestre, a promover la paz y la fraternidad entre los hombres y a extender nuestra ayuda a nuestros hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más desgraciados. Hasta el día en que encontremos a nuestro hijo en la Luz.
Estos encuentros en las zonas límite, estas entrevistas en el umbral son tan intensamente deseadas por ellos como por nosotros.
Me gustaría verte, -exclama Roland- , haría lo imposible por aparecer en tus sueños. Duerme, entra en ese estado intermedio que es ya un comienzo de desmaterialización… Todo se te puede dar en tus sueños… incluso yo.
La promesa se cumplió y, a la mañana siguiente, Marcelle de Jouvenel dice:
Roland me ha enviado un sueño: nos encontrábamos en un plano donde yo volvía a encontrarlo, donde él vivía de verdad, donde todos mis sufrimientos se desvanecían. Primera tregua en mi dolor.
Siguió soñando con él durante meses. “Él me era dado de nuevo, me decía ella, pero al instante me era retirado. Todas las mañanas tenía que volver a pasar por su muerte.”
Cuando ella nos dejó, el 20 de mayo de 1971, yo me encontraba en la misma situación. En mi turno de soñar con ella constantemente, en mi turno de verme obligado a recordar su muerte, todo volvía a comenzar como antaño en su salón de la calle de Rivoli.
Yo estaba sentado ante ella, cerca de la ventana, delante de la puerta de Roland. Ella llevaba un vestido corto azul marino con cuello blanco, un chal de color rojo subido sobre sus espaldas y lucía un peinado impecable como las damas de su generación. Aquel día se encontraba nerviosa y preocupada:
– Pero ¿qué es eso que dicen todos de que yo estoy muerta? ¿Tengo yo cara de muerta?
– ¡En absoluto! Tiene un aspecto estupendo.
- Es lógico, pues estoy curada por completo. Jamás me he sentido tan bien.
– Cuente conmigo para restablecer la verdad, para decirles que usted ha vuelto…
He olvidado cómo continuaba el diálogo. Cuando desperté, necesité cierto tiempo para volver a la realidad.
Una cosa me horrorizaba: el salón del sueño era blanco y amarillo, mientras que el de la realidad era rojo y amarillo. Hablé de ello a Marthe Brialix, que fue su secretaria y su confidente; me dio esta respuesta: Usted sólo ha conocido el salón rojo y amarillo, pero antes era en efecto blanco y amarillo.
Esta noticia me llenaba de alegría. Contaba por fin con el detalle precioso, el detalle desconocido que me permitía afirmar que no se trataba en modo alguno de una proyección de mis recuerdos. Había reconstruido el salón de un pasado que yo ignoraba y era en él donde había venido a encontrarla.
La última entrevista, cuyo escenario fue el salón que volvió a los colores blanco y amarillo, comenzó como las anteriores:
– Siguen diciendo que estoy muerta. ¡Cómo me molesta todo eso!
– Sin embargo, existe esa nota necrológica del “Figaro”, observé con timidez.
– Y eso ¿qué demuestra? ¡Como si fuera a creer todo lo que dicen los periódicos! Ya sabe que publican cualquier cosa.Esta vez estoy convencido de que ni el artículo del “Figaro”, ni el servicio fúnebre en Saint-Roch, ni la inhumación en el Père-Lachaise han existido jamás. ¿Cómo he podido creer semejantes pamplinas?
– Ahora estoy seguro de que usted vive.
– Vaya,¡ por fin!
– Me doy perfecta cuenta de que ha vuelto y de que todo va a seguir como antes. Espero que no nos haga la jugada de volverse a marchar sin avisar…
– ¡De eso ni hablar!
– Pero estoy pensando que van a ser sus herederos los que se van a sentir molestos. Van a tener que aparentar estar contentos y felicitarle por su vuelta, cuando saben que se van a ver obligados a devolverle todo. ¿Y qué cara pondrá el notario cuando se vea obligado a rehacer todo desde el principio? ¿Y las gestiones sobre el estado civil? La muerte administrativa es bastante más grave que la muerte física.Y aquí rompe a reír:
– En todo caso, ¡eso le va a proporcionar un buen tema de comedia!
Como se ve, nuestras entrevistas post mortem eran tan divertidas como nuestras entrevistas ante.
Poco tiempo después, vuelvo a encontrarla en sueños en las Tullerías, exactamente delante del monumento de Jules Ferry. El clima es muy suave aquel hermoso día de otoño. Ella lleva un sombrero-turbante enrollado con gracia a su cabeza, pero no abrigo. En esta ocasión sí sé que está muerta y que ella lo sabe. Encuentro completamente natural encontrarme cara a cara, entre la masa de parisienses, con una persona que no viven en este mundo.
– Buenos días, Jean, ¿cómo está?
– Es a usted a quien hay que hacer esa pregunta. Y bien, ¿qué tal por Allá arriba?No responde. Caminamos juntos; me decepciona su silencio. Termino por decir:
– Voy a tomar el tren en Saint-Lazare, ¿me acompaña?
– ¡Con mucho gusto!Y volvemos a subir las Tullerías hasta la Concordia. Hablamos de cosas de las que no recuerdo nada. Estoy obsesionado por la pregunta: ¿qué tal por Allá arriba? Me propongo planteársela de nuevo cuando lleguemos a la Madeleine. Pero una vez aquí, nada. Y en la glorieta de Havre-Caumartin, tampoco.
Llegamos a Saint-Lazare por el patio del Havre. Al tomar la escalera que lleva a la sala de los Pas Perdus, descubre ella a dos señoras a quienes yo no conozco; sólo sé que son madre e hija. Me deja de forma precipitada, va a su encuentro, las abraza y desaparece con ellas. Y yo me quedo furioso contra mí mismo por no haberme atrevido a formular por segunda vez mi pregunta: ¿qué tal por Allá arriba?Es entonces cuando escucho por telepatía: “Ya sabes de eso bastante”, y luego: “consigna de silencio”. No por eso estaba menos terriblemente decepcionado y frustrado: ¡Mira tú! ¡Para una vez que tenía en directo a alguien competente!
Jean Prieur La noche se hace luz
La muerte de los niños es antinatural, pero lo antinatural está también en la naturaleza, forma parte de ella.
Hay fallos en el motor de la naturaleza y hay que aceptarlos. El mundo físico, que tiene su autonomía, está lejos de ser perfecto; produce fenómenos anormales, errores y accidentes.
No todo es lo mejor posible en el mejor de los mundos. Nos encontramos con la mezcla del trigo y la cizaña, con la amalgama del bien y del mal. La muerte prematura se encuentra con frecuencia entre ellos.
Guardaos de buscar causas morales a las catástrofes físicas y de encontrar esas causas, como está de moda hoy en día, en una falta cometida en una vida anterior. Cada vida tiene su propia carga.
Cuidaos de culpabilizar a los demás o a vosotros mismos. No os digáis: “¿Qué he podido hacer para merecer esto? Y él ¿qué ha hecho para sufrir ese castigo?”
¡Pues no! ni él es castigado, ni tú tampoco. No suméis la culpa al infortunio.
- Di, mamá, ¿por qué mueren también los niños? -preguntaba en 1919 ó 1920 un niño a quien ya preocupaban las cuestiones metafísicas.
Este chiquillo, sumamente ingenuo y puro, creía que los niños se hacían en el Cielo y descendían en directo a la cuna deslizándose por un rayo de sol. Por eso llamaba Ángel a su hermano recién nacido.
El padre, católico, y la madre, protestante, era unos seres que lo sabían todo y eran maravillosos. Jeanne, la joven criada era parlanchina, dulce y alegre. Todo era lo mejor posible en el mejor de los mundos.
Sin embargo, este Paraíso situado en la calle de la Convention, de París, estaba amenazado por las Potencias de las Tinieblas con nombres terroríficos: los alemanes y los bolcheviques. Su padre hablaba furioso de ellos mientras echaba pestes contra el periódico, en este caso Le Matin, enmarcado entre hilos telegráficos.
¿Quiénes eran los buenos? ¿quiénes los malos? ¿Cómo distinguirlos? El niño, que no era tonto, había resuelto el problema. Había señales visibles para las personas observadoras. Por ejemplo, si una locomotora echaba humo negro, era un tren bolchevique. Si el humo era blanco, el tren era francés y por tanto bueno; así de sencillo.
Había otro enemigo que amenazaba este mundo feliz, donde el Cielo se interfería de continuo con la Tierra. Este enemigo se llamaba la Muerte.
A pesar de su ingenuidad, sabía que la muerte es una realidad. Su tía, por la línea materna, había perdido a una hija de catorce años y estaba loca de dolor.
Loca a secas, murmuraban los retorcidos de la familia. Figuraos si estará, que acude todas las semanas a casa de un Señor que se pone a escribir lo que (supuestamente) le dicta Lily.
Pero, en realidad, ¿dónde estaba Lily? ¿en una escuela (a juzgar por los dictados)? ¿en el cementerio de Montbéliard? ¿en el Cielo? Los padres unas veces se referían a un sitio y otras a otro. De ello dedujo el niño que el Cielo se encontraba en Montbéliard y que se iba a él por la estación del Este.
Tía Margarita iba todos los días a la tumba de Lily. Le acompañaba su perro, que se tumbaba en la piedra y gemía con dulzura. Los pobres perros, amigos fieles, no están al tanto de la realidad; se imaginan que los “muertos” están en las tumbas.
Cuando la mamá de Lily estaba ocupada, él se iba sólo hasta el cementerio para cumplir aquel rito de amor desesperado.
-Di, mamá, ¿por qué mueren también los niños?
-¡Oh, Dios mío, ya está otra vez con sus preguntas!
-Las personas mayores es normal -repetía con cruel inocencia-. Por otra parte, también es injusta la muerte de las personas mayores, ya que hay algunas que mueren a los cuarenta años, otras a los cincuenta y otras a los sesenta. Tendría que estar regulado todo esto. Por ejemplo, que todos muriesen a los setenta y cinco años.¡Setenta y cinco años! Este pillín de cinco años, para el que todo cuarentón era ya un viejo, era generoso en cuanto a la altura del listón.
Su madre y Jeanne, que hacían las camas, se sintieron horrorizadas con estos temas. Le explicaron cómo la gente se muere de miedo, cuando ve que se acerca el desenlace fatal. El chiquillo admitió su razonamiento y renunció a la edad tope, pero continuó con la pregunta que había desencadenado todo el lío:
-Di, mamá, ¿por qué mueren también los niños?
Nadie: ni la madre, ni el padre, ni la criada; ni el médico, ni el pastor, quienes, por otra parte, están por encima de la vida y de la muerte, pudieron responderle.
Jean Prieur La noche se hace luz

La muerte de los jóvenes es para nosotros un escándalo todavía más intolerable que la muerte a secas. No llegamos a comprender su salida, aun creyendo que se accede por ella a planos de vida superior.
El fin prematuro de un ser de cualquiera de los reinos es tan sorprendente, resulta tan contrario al orden de las cosas, que procuramos no coger la rama del melocotonero en flor, por muy bonita que sea, por mucho que nos guste, por respeto a los frutos que vendrán. Hasta los cazadores más duros perdonan a los pequeños animales.
Recuerdo la tumba de un niño, que vi en el cementerio de Vevey. Sobre la pequeña losa estaban grabados un nombre y dos fechas del mismo decenio, dos fechas terriblemente cercanas… y debajo, estas únicas palabras:
¿Por qué?
¡Oh, sí! ¿por qué? Con seguridad que no soy quién para dar la respuesta, pero sí diré una cosa: existen estrellas de ritmo rápido y estrellas de ritmo lento… Tenemos un símbolo en astronomía. Bueno, más que un símbolo, puesto que el mundo visible es la alegoría del mundo invisible.
El planeta Mercurio completa en 88 días su vuelta sideral, Saturno en 29 años y 167 días. Y sin embargo, cada uno de los dos completó su año, los dos recorrieron el tiempo que les había sido asignado, los dos recibieron su lote de días.
A través de este símil, se logra una imagen bastante aproximada sobre la relatividad de nuestra duración personal.
El que parte pronto, demasiado pronto, por vivir según el ritmo de Mercurio, no nota la diferencia cuando llega al Más allá. Pero el que sigue en nuestro plano, por vivir según el ritmo de Saturno, ese sí que verá durante mucho tiempo la diferencia.
Entre los que vivieron a un ritmo rápido y adivinaron su fin prematuro, recuerdo a Guy de Larigaudie, muerto a los 29 años, autor de Estrella de gran espacio (Editions du Seuil):
*Cuando en medio del mar, en el desierto o en una noche cargada de estrellas, se siente el corazón lleno de amor incompleto, resulta agradable pensar que encontraremos en el más allá algo más bello y más grande, algo a la medida de nuestra alma y que llenará este inmenso deseo de felicidad, que amasa nuestro sufrimiento y nuestra grandeza de hombres.
*Nuestro deseo de felicidad es demasiado grande como para que pueda nunca verse satisfecho fuera del más allá. Hasta corporalmente, somos aquí unos insatisfechos. Nos sentimos limitados por todas partes, cuando estamos hechos para lo infinito.
*Aunque a veces la he sentido, jamás he llegado a mascar en mí mismo la amargura de saber lo frágiles y efímeras que son todas las maravillas y las alegrías del mundo, puesto que jamás he visto en ellas otra cosa que el reflejo imperfecto de las maravillas y alegrías de un más allá del que jamás he dudado.
*He caminado por el mundo como por un jardín rodeado de murallas. El parque de la vieja casa de Perigord, donde di mis primeros pasos, se amplió a toda la Tierra y jugué en el mapamundi el juego hermoso de mi vida. Pero los muros del jardín fueron retrocediendo y me sentí siempre encerrado.
*Pero llegará un día en que pueda entonar mi canto de amor y de alegría. Saltarán por los aires todas las barreras. Y disfrutaré del INFINITO.
*Por supuesto, me gustaría más morir sabiéndolo a ciencia cierta. Me gustaría coger toda mi vida entre mis manos y tener tiempo para elevarla a Dios y entregársela como mi modesta ofrenda de hombre. Pero sería también estupendo si, en lugar de abrirse poco a poco hacia la LUZ, se abriera la puerta con un empujón violento.
El 11 de mayo de 1940, en los primeros días de la batalla de Francia, de un empujón violento se abrió la puerta a esa luz, a ese infinito, a ese ilimitado, a ese gran espacio que Guy había presentido y amado. El Cielo ganaba una estrella y nosotros perdíamos un escritor y un pensador.
Jean Prieur La noche se hace luz

Sé muy bien lo que tienen que sufrir aquellos que han perdido a un ser querido, por las inconveniencias de las personas de su entorno.
Si lloras, les molesta y se impacientan.
Si no lloras, les sorprende que no hagas teatro.
Si hablas del desaparecido, les aburres.
Si no hablas, te acusan de indiferencia e insensibilidad.
Si vives encerrado, te dicen que hay que salir.
Si tratas de distraerte, de ir a un espectáculo o de viajar, te arriesgas a oír lo mismo que escuchó una amiga mía: Bueno, ¡qué pronto te has repuesto!
Y tienes suerte si no te dicen: No eres el primero, o la primera, a quien sucede una desgracia.
Si lees libros sobre el Más allá, te susurrarán: Ten cuidado, que estás cayendo en el espiritismo y en el ocultismo! Como si el documentarse sobre la vida futura tuviera algo que ver con la nigromancia. “Ojo, que estás mostrando un gusto morboso por lo anormal, lo insólito y lo extraño!” Como si ese fenómeno universal y absolutamente cierto de lo que se llama la muerte tuviera algo de anormal, de insólito y de extraño. Es de destacar que estas tres palabras son aplicadas sin excepción a todas las emisiones de radio y televisión, a todas las colecciones de obras, a todas las secciones que tratan de estas cuestiones.
Y hete aquí arrastrado en ese vals de los cuidados. Cuidado, que te evades de lo real! Cuidado, que te estás dejando llevar por el desánimo! Cuidado, que te estás alienando!
Y luego, el chaparrón de los buenos consejos:
Céntrate más en el resto de tus hijos. Como si el cariño al que partió disminuyese en algo el amor a los que quedan. Si no tienes hijos, te los buscarán: negritos, chinitos.
El muerto ya no te necesita; ¡ayuda al Tercer Mundo! Pero es, precisamente, el que partió quien necesita de ti, de tus pensamientos, de tus oraciones, de tu amor. En cuanto al Tercer Mundo espiritual, es justo ocuparse de ese tercer mundo que se extiende entre la Tierra y el Cielo, de esa zona intermedia en la que tantos se encuentran sin nada, de rezar por ellos, de acompañarles con pensamientos de amor.
Seguro que os encontraréis en este terreno con anécdotas desagradables; algunos de vuestros amigos cambiarán en toda la extensión de la palabra: cambiarán de tema si habláis del difunto, cambiarán de acera si os ven de lejos, retrasarán sus visitas como si el duelo fuera una enfermedad contagiosa. Se apartarán de vosotros por propia iniciativa, y eso será lo mejor.
Hay una frase de la que no se librarán las personas que están de luto: ¡Dejad que los muertos entierren a sus muertos!
La pasan por sus narices como una pancarta en una manifestación, y ese slogan resulta mucho más popular por encontrarse en el Evangelio: Dejad que los muertos entierren a sus muertos.
Dejad que los muertos entierren a sus muertos: ¡a cuántos padres doloridos se les ha espetado esta “consolación” estéril, impertinente e incluso insultante! Personalmente, conozco una veintena larga… y estoy seguro de que la mayoría de vosotros lo habrá oído.
Los que pronuncian tales palabras ¿qué pretenden decir con ellas? Cantidad de ideas no demasiado nobles que podrían resumirse así: Ovidaos de los que se fueron, no perdáis vuestro tiempo en lamentaros, no pretendáis saber en qué se han convertido, buscad vuestra felicidad personal, dedicaos a vuestros negocios si los tenéis, estudiad, el campo del conocimiento es muy amplio; y dejad de agobiarnos con vuestro dolor; hasta el dolor silencioso nos molesta.¡Demostrad valentía, qué caramba!” (esto, en caso de decir algo).
Si nos atreviéramos a decir la verdad a los moribundos, habría que repetir estas palabras de San Gregorio de Niza:
Tu cuerpo, amigo mío, te será presentado, restaurado con un belleza superior y más atractivo. Tu envoltura corporal, cuando quede destruida por la muerte, será tejida de nuevo a partir de sus propios elementos, pero con una textura más fina y sutil.
En el curso de su admirable trabajo entre jóvenes en estado terminal, Elisabeth Kübler-Ross, autora de Los niños y la muerte, no duda en hablarles del cuerpo espiritual. Estas ideas, nuevas para ellos, son muy bien recibidas y las asimilan al momento. Les tranquilizan y les permiten pasar al otro lado sin temor y sin angustia.
He aquí lo que declaró, hace algún tiempo, ante los micrófonos del Südwestfunk que cubre Bade-Wurtemberg, Lorena y Alsacia:
Sí, es frecuente que los niños tengan miedo a la muerte al pensar en el ataúd que se entierra, en los gusanos que carcomen, etc.
Yo les hablo del símbolo de la mariposa. Les digo que su cuerpo es el capullo; lo mismo que la mariposa deja su capullo, así dejan ellos su cuerpo deteriorado; pero lo mismo también que las mariposas, conservan sus facultades de percepción.
Comprenden que cuentan con otro cuerpo que no está sometido ni al tiempo, ni al espacio, y dejan de tener miedo.
Eso deben saberlo los padres. Es frecuente que éstos se sientan desesperados porque su hijo les habló de volver a casa y, al poco tiempo, les telefonean del hospital anunciándoles su muerte.
El niño lo sabía. Lo dijo con toda intención, sabiendo muy bien que luego podría encontrarse entre ellos con otro cuerpo.
Los niños admiten, por tanto, sin dificultad la existencia de ese cuerpo invisible que echa por tierra todas las ideas de los adultos. Hay veces incluso que acceden a la idea de una forma natural. Tal es el caso, por ejemplo, de Anne-Cecile, una niñita de cinco años que le dice a su madre alucinada:
¿Sabes? en el cementerio no hay nadie. Todos los “muertos” se marcharon hacia Jesús con un cuerpo transparente.”
Jean Prieur La muerte se hace luz







