Estás en una bitácora personal dedicada específicamente al tema del duelo por la pérdida de un ser querido.
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Sueña conmigo
Me he despertado de pronto, con esta canción resonando en mi cabeza:
Hay que dejar las preocupaciones a un lado y soñar con ellos. Feliz lunes.
Saliendo del duelo

Creative Commons Image: 'Reflecting on the change of seasons -+NJ' http://www.flickr.com/photos/30201239@N00/3000730729
Ocho serán pronto los años pasados desde el asesinato de nuestro hijo. La mayoría de la gente que nos rodea evitó citar siquiera el tema cuando estábamos en pleno duelo, así que ahora se nos supone una recuperación completa. La sociedad no nos permite blanduras. Mucho menos aún el mundo laboral.
Han sido unos años difíciles, porque nuestro caso, como el de las otras 190 víctimas del atentado yijadista múltiple del 11 de marzo de 2004, ha estado en los medios mucho tiempo, de forma recurrente, como arma arrojadiza, con una teoría conspiranoide de por medio, trolls y facciones políticas enfrentadas al estilo hooligan más desagradable.
Pero, insisto, el tiempo no perdona. Sólo los que han pasado por algo parecido son capaces de preguntar cómo estamos. Los demás presuponen que todo ha de ir bien, que la muerte traumática de un hijo, de un joven de 20 años con toda la vida por delante, se supera en pocos meses, como se sale adelante de una enfermedad. Grave, sí, están dispuestos a aceptar que una de las fuertes. Pero poco más.
Nosotros, los tres, hemos ido recuperando poco a poco cotas de “normalidad“. Nos hemos “acostumbrado” a su ausencia y a vivir sin su compañía. Le seguimos echando muchísimo de menos, nos habría gustado compartir con él todo el tiempo que merecía haber tenido, pero asumimos que nunca va a volver.
Ya no lloramos de continuo, ni sufrimos vaivenes emocionales, ni ataques de pena, de rabia, de miedo… Parece, pues, que la fase crítica de duelo ha terminado.
Se puede. Queremos que todos los que sienten que no hay salida lo sepan: es posible, es deseable acabar los meses de dolor terrible, de acostumbramiento a la nueva situación, de búsqueda de razones para seguir viviendo.
Se sale cuando nos convertimos en un nuevo modelo de nosotros mismos. Lo imposible es volver a ser los de antes, eso que algunos amigos tarambanas no nos perdonan. El trabajo de meses de dolor y cambios esculpe un nuevo modelo. Y necesitamos también una fase de trabajos para admitir que somos diferentes.
Reivindicamos, sin embargo, el derecho a ponernos melancólicos alguna vez, a citar el nombre de nuestro hijo sin que aparezcan caras de circunstancias, a no sumarnos a las celebraciones con la inconsciencia de otros tiempos, a entender la vida de otra manera, a sentirnos más realistas, a guardar silencio, a no ser sometidos a interrogatorios innecesarios.
Releyendo a Isabel Allende
En esta noche mágica de Reyes os regalo mis frases escogidas de dos novelas en las que la autora escribe sobre la muerte de su hija. A mí me siguen emocionado.
PAULA
“Y entonces pensé que desde siglos inmemoriales las mujeres han perdido hijos, es el dolor más antiguo e inevitable de la humanidad. No soy la única, casi todas las madres pasan por esta prueba, se les rompe el corazón pero siguen viviendo porque deben proteger y amar a los que les quedan. Sólo un grupo de mujeres privilegiadas en épocas muy recientes y en países avanzados donde la salud está al alcance de quienes pueden pagarla, confía en que todos sus hijos llegarán a la edad adulta. La muerte siempre está acechando.” Pg 382
Si escribo algo, temo que suceda, si amo demasiado a alguien temo perderlo; sin embargo no puedo dejar de escribir ni de amar… Pg 405
“Mi vida está hecha de contrastes, he aprendido a ver los dos lados de la moneda. En los momentos de más éxito no pierdo de vista que otros de gran dolor me aguardan en el camino, y cuando estoy sumida en la desgracia espero el sol que saldrá más adelante. Pg 409
LA SUMA DE LOS DÍAS
En la segunda semana de diciembre de 1992, apenas cesó la lluvia, fuimos en familia a esparcir tus cenizas… pág. 19-20
“En una sesión el terapeuta el té verde trató de hipnotizarme. No lo logró, pero al menos me relajé y pude ver dentro de mi corazón un trozo enorme de granito negro. Supe entonces que mi tarea sería librarme de eso; tendría que picarlo en pedacitos, poco a poco.
(…)
Meditaba y me evadía a otras dimensiones. Te buscaba, hija. Pensaba en tu alma, atrapada en un cuerpo inmóvil durante aquel largo año de 1992. A veces sentía una gran garra en la garganta y apenas podía aspirar aire, o me agobiaba el peso de un saco de arena en el pecho y me sentía enterrada en un hoyo, pero pronto me acordaba de dirigir la respiración al sitio del dolor, con calma, como se supone que se debe hacer durante el parto, y de inmediato disminuía la angustia. Entonces visualizaba una escalera que me permitía salir del hoyo y salir a la claridad del día, al cielo abierto.
El miedo es inevitable, debo aceptarlo, pero no puedo permitir que me paralice. Una vez dije -o escribí en alguna parte- que después de tu muerte ya no tengo miedo a nada, pero eso no es verdad, Paula. Temo perder o ver sufrir a las personas que amo, temo el deterioro de la vejez, temo la creciente pobreza, violencia y corrupción en el mundo.
En estos años sin ti he aprendido a manejar la tristeza, a hacerla mi aliada. Poco a poco tu ausencia y otras pérdidas de mi vida se van convirtiendo en una dulce nostalgia.
Eso es lo que pretendo en mi tambaleante práctica espiritual: deshacerme de los sentimientos negativos que impiden caminar con soltura. Quiero transformar la rabia en energía creativa y la culpa en una burlona aceptación de mis faltas; quiero barrer hacia fuera la arrogancia y la vanidad. No me hago ilusiones, nunca alcanzaré el desprendimiento absoluto, la auténtica compasión o el estado de éxtasis de los iluminados, parece que no tengo huesos de santa, pero puedo aspirar a las migas: menos ataduras, algo de cariño hacia los demás, la alegría de una conciencia limpia. Pag. 120-121
Con Willie decidimos que era hora de tomar vacaciones. Estábamos cansados y yo no lograba sacudirme el duelo, aunque ya habían pasado más de dos años de tu muerte y casi un año desde la desaparición de Jennifer. Aún no sabía que la tristeza nunca se va del todo, se queda bajo la piel; sin ella no sería yo y no podría reconocerme en el espejo.
Poca gente sospechaba mi estado de ánimo, porque mantenía la actividad de siempre, pero llevaba un gemido en el alma. Le tomé gusto a la soledad, sólo quería estar con mi familia, me molestaba la gente, los amigos se redujeron a tres o cuatro. Estaba gastada. Pág 142-143
Incluso alcancé a consultar con el contador y un par de abogados, quienes me agobiaron con reglamentos, leyes y cifras.”¡Si pudiera llamar a Paula para pedirle consejo!”, exclamé en voz alta. En ese momento llegó el correo y entre la correspondencia había un sobre para mí, escrito con una letra tan parecida a la mía que lo abrí de inmediato. La carta contenía pocas líneas escritas con lápiz en papel de cuaderno:
”De ahora en adelante no trataré de resolver los problemas de los demás antes de que me pidan ayuda. No voy a echarme a la espalda responsabilidades que no me corresponden. No voy a sobreproteger a Nico y mis nietos”
Estaba firmado por mí y fechado siete meses antes. Entonces me acordé de que había ido a la escuela de los nietos para “el día de los abuelos” y la maestra había pedido a todos los presentes que escribieran una resolución o un deseo y lo pusieran en un sobre con su dirección, para que ella lo enviara por correo más adelante. No hay nada extraño en eso. Lo extraño es que llegara justamente en el momento en que yo clamaba por recibir tu consejo. Suceden demasiadas cosas inexplicables. Pág. 166
Los años transcurren sigilosos, de puntillas, burlándose en susurros, y de pronto nos asustan en el espejo, nos golpean a mansalva las rodillas o nos clavan una daga en la espalda. La vejez nos ataca día a día, pero parece que se pone en evidencia al cumplirse cada década. Existe una fotografía mía a los cuarenta y nueve años, presentando “El plan infinito” en España; es una mujer joven, las manos en la caderas, desafiante, con un chal rojo sobre los hombros, las unas pintadas y unos largos zarcillos (…)
Otra foto mía, un año más tarde, muestra a una mujer madura, el pelo corto, los ojos tristes, la ropa oscura, sin adornos. Me pesaba el cuerpo, me miraba en el espejo y no me reconocía.
Así será en el futuro, sólo que en vez de notarlo en cada década, será cada año bisiesto, como dice mi madre. Ella va veinte años más adelante que yo, abriéndome el camino, mostrándome cómo seré en cada etapa de mi vida.
Me repite que me cuide, que me quiera, que saboree las horas, porque se van muy rápido, que no deje de escribir, para mantener la mente activa, y que haga yoga para poder agacharme y ponerme yo sola los zapatos. Agrega que no me esmere en conservar una apariencia joven, porque los años se me notarán de todos modos, por mucho que trate de disimularlos, y no hay nada tan ridículo como una vieja con ínfulas de lolita. No hay trucos mágicos que eviten el deterioro, sólo se puede posponer un poco. Pág. 183-184
La abuela Hilda, que siempre fue una mujer pequeña y delgada, en las semana siguientes se convirtió en un duende minúsculo y rejón, tan liviano que la brisa de la ventana la hacía levitar. Sus últimas palabras fueron:
“Pásenme la cartera, porque Paula me vino a buscar y no quiero hacerla esperar”
Unos días más tarde regresé a California con un puñado de cenizas de la Abuela Hilda en una cajita, para esparcirla en tu bosque, porque ella quería estar en tu compañía. Pág 344
Los datos del blog en 2011
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.
Aqui está un extracto
El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 71.000 veces en 2011. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 3 días para que toda esa gente la visitase.
El trabajo de duelo como proceso de cura

Creative Commons Image: 'Cincinnati - Spring Grove Cemetery & Arboretum+"Cypress+Tree+Needles+in+Autumn"' http://www.flickr.com/photos/50965924@N00/4051347944
Todos, o casi todos, tenemos duelos sin realizar que se han ido acumulando con el paso del tiempo. Se relacionan tanto con la muerte de un ser querido como con una ruptura amorosa, la pérdida de un amigo, de la tierra natal, de una casa, un empleo o una empresa, la llegada de la jubilación o la renuncia a un ideal profesional (por ejemplo, llegar a ser pintor o médico).
También implican duelo la pérdida de una parte del cuerpo ante una enfermedad o como consecuencia de un accidente o, incluso, la desaparición de un animal doméstico.
En todos estos casos, acompañados de los consiguientes traumatismos, perdemos nuestra seguridad básica, las relaciones que mantenemos con el mundo cambian y se vuelven frágiles. “Rumiamos” las pérdidas de las cuales no hemos hecho el duelo, y eso nos impide vivir.
Cuanto más trabajemos este vasto tema, antes y mejor lograremos “salir” del duelo. Sin este trabajo, nunca dejamos de encontrar inaceptable lo que nos sucedió. Por lo tanto, es importante poder enfrentar nuestra pena y sobrellevar el dolor por las pérdidas que, no lo olvidemos, son inevitables en la vida de todos los seres humanos. Sería lamentable que como consecuencia de ellas nos enfermáramos o nos dejáramos morir, aunque al principio no nos faltan las ganas.
El primer entierro al que asistimos tuvo lugar, para una, a los dieciséis años: el de la hermanita de trece y, para la otra, a los veinticinco años, el de su segundo hijo, un bebé de seis meses. Ambas nos encontrábamos indefensas, “no preparadas” para la muerte y para el duelo. Agravaba los acontecimientos la edad de las dos criaturas fallecidas, ya que la muerte precoz, la de un niño, no entra en “el orden natural de las cosas”, es impensable, injusta, incomprensible.
No volveremos a cometer el error de no haber buscado ayuda, de dejarnos distraer “por nuestro bien”, de no haber sabido despedirnos ni decir suficientemente adiós… y de haber seguido “viviendo”, si puede decirse así, con un sufrimiento no expresado.
Frente a la pérdida de lo que queremos, estemos o no acompañados, el dolor y el sufrimiento quizá sean los mismos, pero los superamos mejor cuando nos dejamos ayudar. Frecuentemente, estamos sumergidos en un “mar de lágrimas”. Pero sobre todo no tenemos que “tragarlas”, ni guardarlas dentro de nosotros mismos. Es necesario hacer todo un trabajo para limpiar la herida y empezar a cicatrizarla, el trabajo de duelo.
Con frecuencia escuchamos que no hay palabras para expresar el sufrimiento que acompaña a la pérdida y el malestar que perdura. La sociedad occidental, reconozcámoslo, no ayuda; nos pide dignidad en el dolor, que no nos quejemos,que enseguida nos comportemos nuevamente “como antes” y nos mostremos en buen estado. Sin embargo, sí hay palabras para hablar
del dolor. Pero es preciso que alguien las oiga,las escuche, también que podamos pronunciarlas sin que nos distraigan, nos cambien el rumbo de la conversación o nos interrumpan.*
Asimismo, sin que medien palabras, un gesto afectuoso puede acompañarnos. Nuestra sociedad, que sólo tiene ojos para la juventud, la belleza, la fortuna, el éxito, considera que la enfermedad, la vejez y la muerte son tabúes. Nos parece importante que, como dice Nadine Beauthéac, hagamos “evolucionar las cosas en ese campo, tan tabú, y que cada persona en duelo pueda vivir sin soledad ni incomprensión su gran sufrimiento y su lenta transformación personal”. **
Cada uno debe conocer de qué está compuesto su sufrimiento, oír que otros vivieron lo que uno está viviendo, comprender mejor los mecanismos del duelo, saber que es largo y que hace sufrir muchísimo, que se puede penar durante toda una vida por una muerte o una pérdida y que una vivencia de este tipo vuelve frágil la existencia. Pero también es conveniente saber que una vez hecho el duelo, podemos resurgir más fuertes.
Antes teníamos ritos reparadores de la separación y del duelo: los padres, amigos, vecinos acudían a velar al muerto y a decirle adiós. El ritual incluía ropa de luto, flores y coronas, rezos, adioses y el entierro. Había ocasiones de reunirse, en buena convivencia: una comida familiar, un simple almuerzo en la casa, en un restaurante o en un café cercano al cementerio. Se trataba de un momento importante que permitía recuperar las fuerzas, para no irse del lugar solo, embargado de tristeza. Se elogiaba al difunto, se visitaba a los deudos, se enviaban cartas de condolencia y de agradecimiento, se cumplían los tiempos del luto y tenía lugar una misa de aniversario. Se hablaba del que ya no estaba, se recordaban los buenos momentos pasados junto con esa persona. El hecho de compartir, de estar juntos, rodeados de la gente que nos quiere, puede aliviar la tensión del adiós y traer algún tipo de consuelo.
En su conjunto, estos ritos, que se encuentran en las sociedades primitivas y tradicionales, en la actualidad se practican cada vez menos.
Desde pequeños nos enseñaron que tenemos que dominarnos, ser reservados, sufrir en silencio y no demostrar nada. Lamentablemente, lo que así “entra”, “sale” a menudo de manera psicosomática. Trastornos físicos ocasionados por factores emocionales y afectivos: asma, eczemas, úlceras, cistitis, infecciones genitales o intestinales, mononucleosis, dolores de espalda, migrañas o enfermedades graves como el cáncer. A veces uno se enferma y también se muere de pena, porque no pudo expresar o porque no pudo aprender a volver a vivir “sin”.
Nos enseñan a ganar, pero no nos enseñan a perder. Sin embargo, la vida es una sucesión de cambios y de pérdidas. Todo está en un equilibrio precario; no obstante, la mayoría de la gente imagina que todo, absolutamente todo, va a durar: la felicidad, el amor, la salud, la juventud, la belleza. La sociedad prima y valora lo positivo, incluso en tiempo, pero no da lo mismo para las fases de duelo. Por ejemplo, en Francia, el empleador otorga al empleado dos días de licencia por la muerte de un hijo o un cónyuge, un día por la muerte del padre o de la madre y ningún día por un hermano o hermana. En cambio, el código laboral otorga un día por el casamiento de un hijo, tres días por un nacimiento o una adopción, cuatro días por casamiento en primeras o en segundas nupcias.
Por lo tanto, existe una falta de reconocimiento del estado de shock que produce la muerte y del trabajo que hay que realizar para amoldarse a la nueva situación y aprender a vivir de una manera diferente, adaptándose a la ausencia.
* Cuando no nos dejan hablar, la expresión de los sentimientos se detiene bruscamente y se reprime. Así, nos taladra durante mucho tiempo, como toda tarea interrumpida o sin finalizar, y seguirá en la memoria de los cuerpos y de las mentes. Esto es lo que pasa con los duelos no elaborados.
** Nadine Beauthéac, Le Deuil. Comment y faire face? Comment le surmonter?, París, Seuil, 2002.
ANNE SCHÜTZENBERGER – EVELYN JEUFROY Salir del duelo
“Salir del duelo”
“Todos, o casi todos, tenemos duelos sin realizar que se han ido acumulando con el paso del tiempo. Se relacionan tanto con la muerte de un ser querido como con una ruptura amorosa, la pérdida de un amigo, de la tierra natal, de una casa, un empleo o una empresa, la llegada de la jubilación o la renuncia a un ideal profesional”. Esto nos enseñan en el libro “Salir del duelo”de Anne Ancelin Schützenberger y Evelyne Bissone Jeufroy. Podemos aprender sobre los duelos y la aceptación, uno de los últimos pasos para llegar a la serenidad.
“Aunque la sociedad nos apure y nos empuje a terminar rápido con el duelo, cada uno lo hace a su modo, vive su vida y sus sentimientos a un ritmo propio”.
“El duelo requiere un trabajo particular y doloroso, penoso y largo, pero que, cuando se termina, permite no sólo “sobrevivir con lo inaceptable sin aceptar’, sino vivir”
“Hay que empezar por aceptarse tal como uno es (y no tal como se quiere que sea). Y para aceptarse, del mismo modo que sucede con los dolores y las injusticias pasadas, hay que hacer el duelo de nuestros sufrimientos y de todas nuestras pérdidas, dejar de rumiar las injusticias de la vida, del destino y de “los enemigos, los malos” o de cualquier otro perseguidor. Dejar de decir, como los niños: “No es justo” o “Exijo algo a cambio” o “Quiero que me pidan perdón”. Los sufrimientos ocasionados por las pérdidas y los duelos suelen ser experiencias iniciáticas que, como toda prueba, nos enseñan a evolucionar”.
“Para salir del duelo es necesario y vital, encontrar nuevos recursos, desprenderse, perdonar, aceptar la pérdida. Existen ciertas técnicas, que pasan todas por la misma ruta: auto gratificarse, estar bien rodeada, reconstruir las reservas de “vitaminas emocionales”.
Las etapas que que hay que experimentar para llegar a la Serenidad.
La pérdida: Si no se toma consciencia de la pérdida, el trabajo de duelo no puede comenzar.
La negación: esta etapa es más rechazada cuando la muerte es súbita o inesperada (« no es posible, no a mí, no ahora »)
La cólera: va de la inculpación al odio (“es injusto, no hay derecho”)
El miedo: miedo por sí mismo o por los otros, momentánea o una angustia general. El mundo aparece como una fuente de peligros difíciles de superar. (« ¿Qué me va a ocurrir? ¿Cómo voy a hacer? »)
La tristeza: etapa decisiva y difícil para enfrentar la realidad en la cual se toma conciencia que lo hecho es definitivo.
El ascenso: se sale de la encrucijada y la esperanza renace
La aceptación: « es difícil, irremediable, pero voy a seguir viviendo lo mejor posible ». En la ruta de la aceptación, es quién vive el duelo que toma el primer plano y ya no más el objeto del duelo.
El perdón: perdonarse, renunciar a la ilusión de omnipotencia, no dejarse avasallar por la culpa. Luego puede haber lugar al perdón de los causantes de la pérdida.
Búsqueda de sentido: Beneficios subyacentes o el « regalo escondido »: “gracias al duelo he podido…” Se trata de reconocer que el duelo o la pérdida permitieron hacer algo imposible de encarar en la vieja situación, como desarrollar un talento, aprender cosas nuevas.
La serenidad: acceso a un nuevo vínculo. La persona hace las paces con ese momento doloroso y puede evocarlo sin exceso de emoción. Vive en el aquí y ahora y aquello que le ocurre es más importante que lo pasado. Si un nuevo proyecto se delinea, la persona puede adherir.
El duelo y sus “recetas”
Evelyne Bissone Jeufroy, coautora del libro “Salir del duelo”
“El duelo es un proceso que hacemos todos frente a cualquier pérdida significativa que al mismo tiempo se siente una pérdida de seguridad. No es necesariamente la muerte, puede ser cualquier pérdida: de un trabajo, exilio ya sea elegido o no, casa, amor, salud, situación económica, juventud, los hijos que se van, así como tantas otras pérdidas inevitables por las cuales nuestra educación en sociedad no nos ha preparado porque nos enseñan a ganar pero no a perder”.
“Las etapas del duelo, ya sea para enfrentar la muerte o una pérdida, son las mismas. Son únicas porque dependen de la fuerza del vínculo puesto que el trabajo del duelo empieza con la ruptura de ese vínculo significativo y es en realidad la pérdida de un objeto de amor. De lo que las personas no se dan cuenta (y es por eso que es un proceso que hay que elaborar y no tapar) es que significa muchas pérdidas, no solamente el objeto de amor, sino también parte de uno mismo y de la seguridad. Todas esas pérdidas lo transforman en un proceso doloroso”.
“Alguien me preguntó si gracias a las “recetas” de este libro si uno podía hacerlo sin dolor y les digo: definitivamente no. Hay que entrar en el dolor para salir de éste. Lo que no hay que hacer es taparlo, porque de este modo dura eternamente. Hasta puede durar toda la vida.
“Este libro también refleja mi propia experiencia, porque cuando falleció mi hija yo no hice el duelo y enfermé de las más variadas enfermedades que ningún medico se podía explicar. Creo que con este libro puse un punto final a mi propio proceso de duelo. Es interesante notar que el proceso de duelo para una pérdida significativa no se hace de una vez. Es lo que Freud llama el trabajo de “preelaboración” como en una sinfonía un motivo es retomado y reelaborado en distintos niveles hasta su expresión final”.
“Creo que la receta más importante es ofrecerse 4 placeres por día como mínimo, todos los días. La receta es 1 a 3 años, después uno normalmente ha tomado la costumbre y ya lo hace, porque eso regenera, da energía y rehace al ser humano porque en el trabajo del duelo hay una gran cantidad de pérdida de energía, un gran cansancio interno”.
“El proceso del duelo no resuelto es como una cicatriz que supura. Si el sentimiento es de serenidad, paz interior, entonces el proceso del duelo está terminado. La cicatriz sigue existiendo, es evidente que lo que nos ocurrió nunca se borrará, pero está limpia y uno puede ocuparse de otra cosa porque uno ya no está absorto por el dolor o preocupación”.
Muchas veces es a partir de la tristeza como se puede salir del duelo y en otras ocurre que el entorno es el que no nos deja ser tristes. En mi concepción hay que estar tristes todo el tiempo que uno quiere porque de la tristeza va a brotar la salida del duelo, la etapa de la aceptación”.
“La vergüenza social es la que tapa e impide el duelo, y justamente lo que uno necesita es escucha, sostén y poder volcar sus emociones. Venimos de una cultura donde había que callarse, ser digno y no mostrar sus emociones”.
“Alice Miller postula que es un empobrecimiento y no una riqueza. Porque todos los psicólogos saben que la expresión de los sentimientos y las emociones son indispensables para crecer y desarrollarse. El cuerpo sufre cuando tiene que reprimir tanto, incluso el dolor”.
“La vergüenza es social, viene de los padres y de la sociedad. Hay una pérdida particular que a nadie le gusta hablar que es sobre el aborto. Muchas mujeres no hay hecho el duelo de abortos espontáneos o provocados. Si uno no toma en cuenta esta pérdida, pueden entrar en graves depresiones ya sea posteriormente o muchos años luego de ocurrido el aborto”.
Las autoras:
Evelyne Bissone Jeufroy es argentina, pero lleva gran parte de su vida estudiando y trabajando en Francia. Se formó en Psicología e Historia del Arte en Nueva York, y participó durante cinco años en los seminarios de la reconocida psicóloga infantil Françoise Dolto. También se desempeñó como psicóloga en el área de selección de personal en IBM de Francia. Este trabajo y el realizado con niños reveló sus habilidades para detectar y trabajar con personas que cargan “secretos de familia”. Interesada en esa temática, se convirtió en discípula y amiga de la especialista Anne Ancelin Schützenberger, al punto de que en la actualidad es la única autorizada a difundir su obra. Desde 2000 se dedica al coaching con el objetivo de acompañar a las personas que atraviesan dificultades puntuales en algún tramo de sus vidas.
Anne Ancelin Schützenberger nació en 1919 y tiene la nacionalidad francesa. Posee una licenciatura en Derecho y un doctorado en Psicología. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la Resistencia y en 1945 recibió el Prix de l’Aide Alié à la Résistance. Una beca Fullbright le permitió especializarse en los Estados Unidos en psicología social y dinámica de grupo. Trabajó con Margaret Mead y con Gregory Bateson en el grupo de Palo Alto. Su formación abarca desde el psicoanálisis hasta la terapia breve, la dinámica de grupo, el psicodrama y la comunicación no verbal. Es cofundadora de la Asociación Internacional de Psicoterapia de Grupo y desde 1967 es profesora emérita en la Universidad de Niza. Es autora de La voluntad de vivir y del best seller ¡Ay, mis ancestros! Allí describe su experiencia en terapia transgeneracional, la cual utiliza el genosociograma (representación del árbol genealógico comentado) para poner en evidencia las relaciones del sujeto con su entorno y sus vínculos con los demás haciendo hincapié en los lazos transgeneracionales. Reconocida como una de las más grandes psicodramatistas mundiales, a la fecha sigue siendo una mujer activa y comprometida con su trabajo, sus pacientes y sus discípulos.
Fuentes: El Psitio
Evelyne Bissone Jeufroy
Navidad

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Es Navidad y en casa hay una silla vacía.
Siempre estará vacía a los ojos ciegos de los otros, pero dulcemente ocupada para los amorosos ojos nuestros.
En nuestra casa hay varias sillas especiales de Navidad.
Las de los que ya no se sientan.
Las de los que ya no vivimos las fiestas como antes.
Las de los que llegarán, plenos de nueva vida, pero aún no lo han hecho.
Las de los que no entienden nada y molestan con sus actitudes, pero son familia al fin y al cabo.
Las de los que comparten en silencio amoroso y discreto.
Las de los niños inocentes y sabios que aprenden con nosotros a respetarlas todas.
…
Os deseamos suaves, serenas fiestas a todos.
Estar de duelo en Navidad (4)
DÍAS FESTIVOS Y RESPUESTA FAMILIAR
Con la celebración familiar del día festivo pueden presentarse dos situaciones opuestas en cuanto a la respuesta de los miembros de la familia; esta respuesta obedece tanto a las estructuras internas establecidas y mantenidas por las familias desde su existencia (conjunción de familias tanto propias como de origen) como al nivel global de estrés que cada uno esté soportando:
Si usted viene de una familia amorosa, abierta y expresiva, tratarán con la pérdida de la misma manera, amorosa, abierta y expresivamente.
Su expresión práctica suele ser como sigue: todos muestran sus mejores caras, algunas mejor que otras, pero lo que es más importante es que ellos han escogido utilizar su tiempo juntos.
En lugar de pretender que nada ha pasado, ellos, en algún momento, son conscientes de la persona perdida. Hablan de ella y de lo que decía no hace mucho tiempo, sonríen y lloran juntos.
Para ellos no se trata de olvidar la persona perdida, pues no pueden hacerlo. Liberándose ellos mismos de las emociones más dolorosas, harán lugar para los recuerdos más queridos que están dentro de ellos. Y empezando a hacerlo en estas fiestas, harán que su siguiente fiesta sea menos dolorosa.
Si, por el contrario, usted viene de una familia a la que no le gusta expresar sus sentimientos, lo que puede esperar es que se adhieran a la estrategia de negación para afrontar esta circunstancia de la pérdida actual, bastante más estresante. Debido a que el duelo lleva consigo emociones extremadamente intensas, sus reacciones probablemente serán más extremas de lo usual.
Por tanto, puede ser más duro pasar estos días de fiesta sintiéndose mal con las personas que le rodean así como tener que pasar, de ahí en adelante, otro día de fiesta en su compañía.
Su expresión práctica suele ser como sigue: todos están en la fiesta mostrando su mejor cara; pretenden que nada ha pasado ni cambiado. Para ellos es muy importante hacer esto debido a que no hacerlo sería muy doloroso.
Están tensos, discuten entre sí, se aíslan porque no aguantan esta situación de “mantener” todo en su interior, otros “ahogan” su dolor de diversas maneras. Finalmente, algunos se ocultan para poder llorar libremente. Así, se mezclan sentimientos de rabia contenida y tristeza y las personas terminan dolidas unas con otras, rabiosas, molestas y posiblemente no vuelvan a asistir a una fiesta familiar.
Estos son, de hecho, los dos extremos del especto. Las familias estarán entre ambos extremos. Aquí es donde la elección individual acerca de cómo enfrentar los días de fiesta es importante.
COSAS PARA HACER LOS DÍAS ESPECIALES
1. Celebre la Navidad en noviembre, por ejemplo, y pase el mes de diciembre tranquilo. O no la celebre.
2. No comunique su cumpleaños.
3. En fechas especiales (fecha del diagnóstico, de la cirugía, el accidente, etc.) quédese solo o con alguien que no conozca nada de usted, o con alguien que sí pero que no le agobia.
4. Retire adornos alusivos a fiestas.
5. Prepare una comida especial, no usual.
6. Invite a la familia en su nombre.
7. Envíe postales y tarjetas aunque no espere ninguna respuesta.
8. Cante villancicos.
9. Adorne diferente su casa o vaya a otra casa esta vez.
10. Vaya a la iglesia/templo/sinagoga con alguien y no solo.
11. Permanezca activo y haga deporte de grupo.
12. Encuentre a alguien con quien pasar las fiestas.
13. Haga algo por usted mismo.
14. Recuerde a la persona fallecida y hable de él; también puede preparar un discurso.
15. Escriba una carta o léala.
16. Salga de la ciudad o haga un viaje.
17. Plante algo.
18. Cocine un pastel de cumpleaños.
19. Haga un albun de recuerdos.
20. Libere un globo.
21. Visite el cementerio y ponga flores.
22. Regálese algo que él o ella le habría querido regalar.
23. Encuentre a alguien con una necesidad específica y llénela.
24. Haga algo agradable por usted mismo.
25. Haga conmemoraciones.
26. Encienda una vela.
27. Cante canciones o escuche música.
Estar de duelo en Navidad (3)
Cuídese
Debido a que los aniversarios y otras fechas conmemorativas son muy agotadores física, emocional y psicológicamente, es importante que se alimente bien, descanse lo suficiente, evite usar el alcohol para olvidar las penas y tenga en cuenta los siguientes conceptos:
A. Aunque se supone que las personas deben estar felices y contentas en las fiestas, usted no se sentirá de esa forma ni mucho menos. Si usted no se siente feliz, acepte sus sentimientos y no luche contra ellos. Sea tolerante con su humor y sus emociones y permítase experimentarlos. Si trata de negar o bloquear sentimientos negativos, simplemente los forzará a profundizarse más en el interior de su mente. Eventualmente ellos encontrarán la forma de expresarse, quizá de una forma no muy saludable para usted. Si los siente sin juzgarles o suprimirles, se disiparán, reduciendo considerablemente el estrés que producen.
B. Dígase usted mismo: en el duelo nada está escrito en las piedras (“nada es definitivo, excepto la ausencia”). Cuando se acerquen los días festivos, tenga cuidado: su vida ha cambiado tremendamente, y eso puede significar cambiar la comida, el lugar y/o establecer nuevas costumbres.
C. Nuestra vida es lo que nuestros pensamientos hacen de ella, por ello, piense, hable y actúe positivamente. Empezar la época festiva diciéndose “esta es la peor época del año” establece una cruel y negativa visión que deprimirá su humor, sus actitudes y acciones.
D. Detenga todos los pensamientos negativos; así, tan pronto como ellos empiecen, reemplácelos por pensamientos edificantes y positivos: “en lugar de pensamientos de pérdida trataré de disfrutar de esta época”, “estas fiestas me van a dar la oportunidad de profundizar mis relaciones con otros y formar otras nuevas”, etc. Al usar sentencias afirmativas usted abre la puerta a unas fiestas de esperanza y placer en lugar de desesperación y dolor.
E. Examine sus expectativas. Nunca espere que las cosas sean igual que antes: nada es ni será igual. Evite afanarse por la perfección. Recuerde que sentirse mal en esta época es normal. No se juzgue duramente debido a que sus emociones pueden ser más volátiles durante esos días; reconozca su estrés y ansiedad como normales. Trate de estar en sintonía con sus sentimientos y responda acorde: si quiere llorar, llore; si siente la necesidad de estar solo unos minutos u horas, hágalo. Si en el pasado usted era el principal responsable de hacer del día de fiesta una rica experiencia familiar, no se sienta presionado de continuar con ese patrón; no trate de hacerlo todo usted mismo: pídale a otro familiar o amigos que le ayuden con las compras, la cocina, el cocinar, decorar y envolver regalos.
F. La pérdida de un ser querido afecta el patrón de sueño normal y los hábitos alimentarios. Así, sus niveles de energía disminuirán. Sea paciente consigo mismo y respete sus limitaciones naturales. Respete lo que su cuerpo y mente le están diciendo, y disminuya sus propias expectativas acerca de estar al máximo durante las fiestas.
G. Llore todo lo que pueda pero siga adelante con las fiestas. Las lagrimas y la tristeza son parte natural del duelo, así, no tienen porqué arruinar toda la fiesta para usted y/o para los otros. Si llora cuando lo desea, descargará tensión y estará en mejores condiciones para la fiesta. Concédase tiempo para recordar a su ser querido y tiempo para distraerse de los recuerdos (para hacer otras cosas). Durante el duelo hay tiempo para cada cosa, y esto es especialmente importante recordarlo durante las fiestas.
H. También puede elevar su estado de ánimo mediante la música: ella es la luz en la tenebrosa noche de la vida. La musicoterapia actúa en el dolor emocional y físico, reduce la tensión y transforma el humor.
I. Concéntrese en lo verdaderamente significativo de la fiesta. Las fiestas son un tiempo para estar juntos, dar gracias y compartir con la familia y los amigos, por los beneficios materiales y espirituales disfrutados durante todo el año. Enfóquese en profundizar sus lazos de amistad. Recuerde que las fiestas son mucho más que compras, decoración y comida. Dígale a otros lo que necesita. Si no tiene ánimos de ver a nadie, puede enviar postales.
J. Piense creativamente cuando vaya a planificar los festivos y considere diseñar nuevos rituales, uno que incluya, por ejemplo, recordar el pasado mientras reconoce que el presente ha cambiado. En lugar de hacer lo que siempre ha hecho, usted puede, por ejemplo, realizar el proyecto que siempre quería hacer pero que no había podido, o bien, puede adoptar una mascota; aún pequeños cambios pueden ayudarle mucho. Sea creativo y encuentre la mezcla y el equilibrio justo para usted. Concédase libertad para planear el festivo a su antojo. ¿No quiere ir a la fiesta de la oficina? Pues no vaya. Permítase un espacio y no se sienta obligado o culpable debido a que usted no está tan bien como hace años o como el año anterior. Lo más importante es que se de cuenta que los festivos no producen sentimientos mágicos o dan soluciones a sus problemas.
K. Permítase la opción de cambiar de punto de vista, incluso en el último momento. Recuerde que el duelo es un proceso y su estado de ánimo cambiará de día a día, incluso de hora a hora. No se preocupe por cancelar planes que ya había organizado antes, sea flexible y no rígido. Así, sea amable con usted mismo y no espere que los planes para el festivo sean perfectos.
L. Deje saber a otros qué le sienta bien y qué no. No importa que sea reiterativo. Si no se siente bien respecto a como va el día, dígaselo a alguien. La mayoría de las personas reconocen que los festivos son duros para aquellos en duelo. Encontrar una persona que comparta con usted sus sentimientos será de gran valor durante este tiempo tan estresante. A menudo, después del primer año, la gente espera que usted ya esté bien; aunque esto puede llegar a ser muy difícil, ciertamente podrán disfrutarse de nuevo los días de fiesta, si bien de diferente manera.
M. Diseñe y prepare un “botiquín” para utilizar en las reacciones de aniversario; este botiquín deberá contener abrazos, caricias, hombros para apoyar la cabeza, compañía, etc.
Permanezca en contacto
Debido a que el duelo es una experiencia tremendamente aislante, mantener los contactos con sus amigos y familiares, ya sea por carta, teléfono, internet o reuniones personales siempre será de utilidad, especialmente si esto parte desde los otros, es decir, si son los otros (familiares y amigos) quienes son los que perseveran en mantener el contacto a pesar de su resistencia a ello. Participe en los rituales y costumbres locales y comunitarios; los grupos de las iglesias, organizaciones cívicas y los grupos de ayuda mutua pueden darle apoyo adicional y unirle a otros que comparten valores e intereses.
Disfrute de las fiestas si puede
No tiene porqué sentirse mal al disfrutar las fiestas; está bien y es normal disfrutar ratos durante el duelo; recuerde que usted no firmó un contrato para ser un desgraciado el resto de su vida por el fallecimiento de su ser querido. Disfrutar de las fiestas no significa que es infiel con su ser querido o que le está traicionando: de la misma forma que usted se da permiso para afligirse durante estas fiestas, permítase disfrutarlas; además, lo que usted escoja hacer para el primer año no tiene porqué servir necesariamente para el siguiente.
No se deje involucrar en los mitos festivos
Si le molesta la decoración festiva y la música que acompaña esas fiestas a la hora de ir a comprar a un centro comercial, hágalo antes de que empiecen las fiestas (p.ej., haga las compras de navidad en noviembre) o compre por teléfono o catálogo. Recuérdese que los días festivos están llenos de expectativas no realistas por la intimidad, cercanía, relajación y disfrute de muchas personas, actitudes no ajustadas para el duelo. Trate de disfrutar lo que usted pueda. Acepte los momentos duros sabiendo que ellos pasarán. Cuando le hagan el comentario de “felices fiestas”, responda lo que para usted es más apropiado en ese justo momento (recuerde la “montaña rusa” del duelo); comentaros como “lo estoy intentando”, “mis mejores deseos para usted y su familia” son apropiados. Si usted está acostumbrado a tener cena de navidad en su casa, siempre puede cambiar de hora y lugar para esa fecha. Sirva la comida estilo buffet y en otra habitación diferente a la acostumbrada. En general, la anticipación añade más angustia que la que realmente acontece.
Estar de duelo en Navidad (2)
¿Qué cosas le ayudarán a sentirse mejor estos próximos días?
Los festivos generalmente animan a las personas a hacer otras cosas como ofrecer su ayuda a otros; si esto le satisface, hágalo. Si siente que esa labor es una carga, considere usar esta fecha para darse usted mismo apoyo y ayuda, por ejemplo, cómprese algo que siempre había deseado. Recuerde que dar es dar, no importa quien sea el recipiente. Algunas personas tratarán de apresurarle a través de su duelo; otros pueden insistir en animarle o decirle qué hay que hacer o no hacer y cómo debería o no debería sentirse. Tenga paciencia y exprese lo que siente.
Acuda a otro/s cuando esté dolorido
Sentimientos compartidos son sentimientos disminuidos. Si la tristeza amenaza ser excesivamente opresiva, comparta sus temores, preocupaciones, sentimientos, aprensiones y ansiedades con alguien de su confianza, especialmente cuando las fiestas se aproximen.
Confiar en otros eventualmente le ayudará a sentirse mejor y a ventilar y clarificar sus preocupaciones, además le hará sentirse cuidado y valorado a pesar de sus defectos. Dígales que serán momentos muy difíciles para ustedes y acepte su ayuda; usted apreciará el afecto y el apoyo extra durante estos días.
Considere disminuir la velocidad y el ritmo de las cosas y disfrute más de las personas. Siempre será importante contar con un buen sistema de apoyo alternativo fuera del de su familia con el que pueda usted discutir sus sentimientos. Si otros familiares no están abiertos a reconocer su pérdida, lo mejor es que no los fuerce. Más tarde o más temprano explotarán y probablemente usted sea el blanco. Si necesita descargar un poco su dolor, establezca una red de apoyo y llame a sus amigos. También puede buscar apoyo en grupos de padres disponibles y dispuestos a ayudarle; investigue en hospitales, iglesias, centros comunitarios, funerarias, guarderías, etc.
Pronuncie el nombre de la persona fallecida
Algunos familiares y amigos se dedicarán a una conspiración del silencio debido a que ellos creen que mencionar el nombre de la persona fallecida hará el duelo, y el propio día festivo, más triste. Para romper esta conspiración, simplemente mencione su nombre en las conversaciones que tenga con ellos; cuando hable acerca de su ser querido, los otros sabrán que quiere hablar de ella y recordar a aquella persona que era tan importante en su vida. Al citar el nombre de la persona fallecida, usted también le dará permiso a otras personas para hablar de ella.
Deje conocer sus límites
No permita que otros le presionen en actividades que usted sabe que son muy molestas para usted. Deje que sus límites sean conocidos por otros que pueden estar decididos a no dejarlo estar triste o solo. Si prefiere estar solo un rato más bien que estar en un evento social, exprese sus sentimientos y deseos. Si le gustaría que lo incluyeran en una actividad determinada, dígalo. Los demás serán más capaces de ayudarle si ellos saben qué es lo que usted necesita. Recuerde que con el anuncio de muerte y la creación del “estatus de deudo”, se goza del derecho temporal de suspender nuestro interés por los requerimientos normalmente forzosos de la conducta, la atención, la amabilidad, la deferencia y el respeto por el entorno. Muchas personas en duelo tienden a aislarse para no incomodar a otros con su dolor y tristeza. El amor y el apoyo de la familia y los amigos en cartas, llamadas por teléfono, visitas o invitaciones son gratificantes y enriquecedores. Es una luz en el oscuro escenario del duelo. El martirio no es necesariamente una parte del proceso del duelo. Recuerde que sus familiares y amigos no leen su mente (aunque no le disgustaría que así fuera), déjeles saber sus deseos y lo que usted necesita para “pasar” ese día de fiesta. Tiéndales la mano y ellos responderán con amor y gestos curativos. Use el apoyo que otros desean darle.
Exprese su fe
La pérdida de un ser querido generalmente nos deja con profundos cuestionamientos filosóficos y teológicos, situación que se magnifica con las fiestas. Busque una iglesia o templo, un consejero o guía espiritual, una oración, una reflexión o únase a otros en un acto común de oración (p.ej., grupo de oración); continuar orando, meditando, reflexionando y uniéndose a otros ayuda a muchas persona a aliviar el dolor. Recuerde que su lugar de oración no tiene porque seguir siendo el mismo. Si usted es partícipe o miembro activo de una comunidad religiosa o espiritual, solicite que se tenga en cuenta el nombre de su ser querido o se dedique una oración especial durante el servicio; ambas cosas pueden ser gratificantes. Esto también permite que otros conozcan su duelo y obtenga apoyo extra. Algunas personas temen llorar en público, especialmente durante la ceremonia religiosa; lo más apropiado será no detener las lagrimas. Sea generoso consigo mismo y no espere mucho de sí, es decir, de su fortaleza. La preocupación por si llorar o no solo añade una carga adicional. Recuerde que si llora, descargará angustia y se sentirá mejor. Esto no tiene porqué arruinar el día de sus familiares, además, les proporcionará la libertad para hacerlo también si así lo desean o sienten.
Ocúpese en cuanto pueda
Hay mucho de su vida que ahora se escapa de sus manos: la pérdida que usted ha experimentado y los inevitables cambios resultantes le robarán parte de su poder sobre las cosas, no obstante, todavía habrá algunas cosas, acciones y decisiones, que estarán bajo su autoridad. Empiece a tomar control de su vida en algunas cosas, aunque éstas sean pequeñas.
Una posibilidad para el primer año puede ser visitar a los familiares o amigos, o irse de vacaciones; organice y planee tales eventos. Esto le permite mantener su mente ocupada en algo fuera de la fecha importante y compartir el tiempo de una forma diferente y en un marco menos doloroso. Si cocinar y arreglar la casa le distraen o le son agradables, hágalas; en caso contrario, encargue la comida, contrate a alguien para que le arregle la casa o no haga nada este año. Si era usted quien solía preparar los arreglos festivos, permita que este año lo hagan sus hijos, nietos, amigos, vecinos o miembros de su comunidad o grupo religioso; si no desea árbol de navidad este año, puede conseguir uno de cerámica y/o un cuadro/poster de un árbol de navidad. Si ir de compras es muy angustiante, pídale a familiares o amigos que lo hagan por usted, o bien, hágalo por catálogo, televisión o internet. Visite una librería o biblioteca local y pregunte por libros de auto-ayuda. Ellos le informarán e inspirarán. Lea todos los días un poco.
Ayude a otros
Una forma efectiva de elevar su estado de ánimo es ayudar a otras personas: experimentamos curación al ayudar a otros pues hay algo de terapéutico en el hacer a otras personas un favor; esto se debe en parte a que ayudar a otros es una forma efectiva de desviar el foco de atención del propio dolor y establecer una perspectiva en nuestra vida. Las fiestas son una oportunidad única para utilizar nuestro tiempo como voluntarios debido a que las organizaciones de beneficencia experimentan mayores necesidades en estas épocas y por tanto requieren más manos útiles: hospitales, comedores populares, asilos, albergues, refugios, hogares, hospicios u otra organización cívica son lugares donde acudir.
Encuentre o diseñe su propia forma de recordar a su ser querido
Es verdad que nada puede hacer “regresar” a la persona que perdimos, no obstante, usted si puede mantener su recuerdo y su espíritu vivo cuando hace algo especial o creativo en su memoria , por ejmplo: plantar un árbol, apadrinar a un niño, hacer una donación con los regalos que ya no comprará, crear una beca en nombre de la persona perdida, encender una vela con o sin fotografía, ponerse algo de ropa que pertenecía a la persona perdida, echarse su perfume, etc… Estos actos le ayudarán a recordar a su ser querido cada vez que celebre un festivo.
Estar de duelo en Navidad (1)

Creative Commons Image: 'Vintage Christmas Postcard' http://www.flickr.com/photos/66974474@N00/314619795
La pérdida de un ser querido nos deja con la sensación de pérdida de control de nuestro mundo, nuestra realidad, nuestro sentido de la vida y aún de nuestra personalidad. Es importante que tenga presente que existen otras formas para que asuma el control de su propia vida. Comer y beber saludablemente es un buen comienzo. Mantenga un programa de ejercicios o empiece uno si no tenía costumbre. Trate de dormir adecuadamente y practique aquellas disciplinas que le proporcionan energía y le satisfacen.
Y reflexione:
¿Qué es lo que hoy necesita?
¿Cuáles son sus necesidades para esta época del año?
¿Necesita más noches de silencio y días tranquilos?
¿Necesita espacio vacío, espiritual y mental, con nada en el horizonte, tiempo para reflexionar y re-orientar mi vida?
¿Tiempo para que el cuerpo repose, tiempo para hibernar?
En general, este no será el momento más apropiado para hacer cambios drásticos, como empezar una nueva vida en otro vecindario o ciudad, celebrar el día festivo en un lugar lejano entre gente que no aprecia o no valora lo que le ha pasado. No obstante, algunos cambios pueden ser saludables e importantes de hacer. Cuando vayan pasando los días, deje saber como se va sintiendo con lo que está haciendo; pregúntese qué quiere hacer, cuánto es capaz de tolerar y qué tanto rechaza y no desea hacer.
Si las tradiciones de las fiestas le producen un dolor intolerable, recuerde que usted tiene el poder de modificar y confeccionar sus propias fiestas de forma que se vean cumplidas sus expectativas actuales. Coja lo que le guste y deje lo que no. Al hacerlo así, se sentirá menos abrumado y estresado, menos deprimido y más capaz de tener unas fiestas tranquilas. Cada uno de nosotros debe encontrar su propia zona de confort, zona que puede ser radicalmente diferente de año en año. Nuestra preocupación somos nosotros mismos y nuestra familia inmediata. Se trata de encontrar conjuntamente la mejor forma de pasar las fiestas con el menor dolor posible. Sin duda apreciamos al resto de la familia, a nuestros amigos y compañeros de trabajo, pero no necesitamos hacer nuestros planes alrededor de sus necesidades sino de las nuestras: esperamos que ellos entiendan esto.
Ciertamente nada puede remplazar al ser querido perdido, pero hay cosas que pueden hacer menos pesados y terribles estos días. Recuerde que muchas otras personas se han enfrentado con lo que usted está encarando ahora mismo, y ellos han aprendido que es posible pasar a través de estas fechas y sobrevivir, incluso crecer a través de esta experiencia. Lo que ellos han aprendido es algo que usted puede aprender ahora; la forma en que ellos lo han hecho son formas que usted también puede adoptar.
Las siguientes serán sugerencias más que prescripciones. Úselas como ideas que puede utilizar. Compártalas para llenar distintas circunstancias y que le sirvan a sus necesidades personales para diseñar su propio sistema de apoyo y soporte para las navidades, reacciones de aniversario y otras fechas conmemorativas.
Organice una reunión familiar
Debido a que la celebración de las fiestas será muy traumática para unos y reconfortante para otros, será bueno que organice una reunión familiar para discutir la mejor forma de proceder. Deje que todos expresen sus sentimientos, pensamientos, necesidades y deseos sobre la mejor forma de celebrar las fiestas. La decisión sobre qué hacer deberá ser una decisión familiar por consenso, presencial, por teléfono o mediante delegación del voto; será entre todos los integrantes de la familia que decidirán cuáles tradiciones familiares continuarán y cuáles serán las nuevas que incorporarán. Una vez hallan decidido qué harán usted y su familia inmediata, comuníqueselo al resto de la familia y amigos; así se evitarán mal entendidos y los asistentes podrán obrar con propiedad.
Durante la reunión preste especial atención a los deseos de los más afligidos por la pérdida: sus deseos deberán tener el mayor peso. A través del compromiso y la negociación todos pueden tener un poco de lo que necesitan. Tenga en cuenta que no hay forma buena o mala de celebrar ese día: cada familia deberá establecer su propio derrotero y hacer lo más correcto para ella. Finalmente, reconozca que no será fácil pasar estos días, no se ponga expectativas muy altas para usted y no se obligue a pensar que estará muy bien; además, no sea muy estricto en lo que se “debe hacer” estos días; es mejor que haga solo aquellas cosas que sean importantes o significativas para usted y su familia, así sea poco habitual o extraño. Si el hacer una determinada actividad le sienta mal, es mejor que no la siga haciendo y establezca sus propios límites.
Una forma efectiva de definir y planear los festivos consiste en fragmentar cada uno de ellos para aclarar, con la participación de todos los familiares, en qué consiste exactamente ese festivo en particular (qué le compone) y entonces analizar cada uno de sus componentes según la siguiente tabla (poner una “X” en la casilla correspondiente). Siempre será bueno que cada miembro de la familia realice su propia tabla y luego, por consenso, decidan los más propio según decisión de la mayoría.
Acepte la legitimidad de su dolor
Cuando uno se enfrenta al primer día festivo sin el ser querido, debe empezar por reconocer que será muy doloroso. Así, reconozca su duelo, aún en medio de las fiestas, hablando abiertamente acerca de sus sentimientos y pensamientos; busque familiares o amigos que le escuchen sin juzgarle. Expresar sus sentimientos le ayudará a sentirse comprendido, con lo que podrá sentirse un poco mejor. Recuerde que su dolor es real y muy profundo, quizá lo más doloroso que usted halla vivido. Uno puede preguntarse cómo es que será capaz de hacerlo; un sentimiento normal es desear “saltarse” todo el festivo y no participar para nada en éste (“despertar al día siguiente”). La energía y el esfuerzo que usted gasta en encontrar algo para evitar ese día más bien podría invertirlo en cómo adaptarse y enfrentarse mejor a ese día. Este año será todo muy diferente y puede que no sea tan terrible como esperaba (para muchos la anticipación es más dolorosa que el enfrentamiento real).
Exprese todo lo que sienta
Uno de los factores más importantes para poder pasar unos festivos menos dolorosos es poner mucha atención a sus necesidades y sentimientos, aceptándolos y declarándolos a otros. Aunque nadie sentirá lo que usted siente, en la misma forma, al mismo tiempo o con la misma intensidad, confiese que algo terrible le ha pasado y que es natural que esto cause una reacción dentro de usted. Llore si quiere o necesita hacerlo, pero lo más importante es que reconozca la tristeza, el dolor o cualquiera de sus sentimientos como propios, permitiéndose sentirlos sin sentirse culpable o tener que dar explicaciones a otros. Recuerde que sus sentimientos rara vez le sacarán del buen camino; ellos usualmente le conducen a usted mismo. Algunos de los síntomas más frecuentes son:
A. Tristeza: Es triste pensar en lo que se ha perdido, en que nunca sucederá de nuevo, en que habrá que aprender a vivir sin; es doblemente triste hacerlo en una de las épocas más felices del año.
B. Ánimo depresivo: Desolación, desesperación, falta de energía, indiferencia, soledad, dudar respecto a sí algún día se sentirá mejor.
C. Ansiedad, temor y preocupación por lo que ha pasado, por cómo se luchará y si se sobrevivirá o no.
D. Rabia porque la gente no entiende sus necesidades, rabia por la forma en que ha ocurrido la muerte y quienes han estado involucrados, rabia consigo mismo, con dios, con todo el mundo.
E. Culpa: Rumiar sobre lo que hizo y no hizo mientras la persona estaba aún viva, por estar vivo y el otro no o porque usted tenga momentos de alegría en medio del duelo.
F. Apatía, entumecimiento, confusión, desorientación.
G. Otros: alivio, orgullo, respeto, alegría, compasión.
Se acerca la Navidad

Creative Commons Image: 'Vintage Christmas Postcard' http://www.flickr.com/photos/66974474@N00/314619798
Nuestra vida está llena de días especiales, tanto en relación con otros como con las circunstancias que nos rodean, y que nos recuerdan o actualizan la pérdida de un ser querido de una forma aguda; estos días, colectivamente conocidos como “días festivos”, incluyen el día del padre o de la madre, día de los novios o del amor, las fiestas nacionales, la pascua y la semana santa, las reuniones familiares anuales, los aniversarios, los cumpleaños, el cambio de estación, el día de los difuntos, día de la semana en que falleció… cualesquiera otros días conmemorativos y, muy particularmente, la Navidad.
Nuestras tradiciones, rituales y aún la comida especial de ese día son un recuerdo constante de nuestra pérdida. Son épocas del año en donde los sentimientos de pérdida se ven siempre magnificados, si bien más en unos días que en otros según las propias tradiciones familiares. Algunas veces no somos conscientes de ello y del cómo nos afectan, incluida la aflicción anticipatoria: ante los días especiales, no es extraño que se anticipe el malestar unos días antes y se sienta uno mal antes de que ellos sucedan, durante y unos días después. Estamos más irritables, deprimidos y ansiosos y los niveles de energía disminuyen.
Cualquiera que sea nuestra edad o el tipo de pérdida, los días festivos sin la persona amada serán ciertamente muy difíciles. Las antiguas costumbres se han terminado y nunca se repetirán de la misma manera. La risa, antes tan fácil, fluida y natural, puede llegar a ser solo una mueca o perderse totalmente; dar regalos, alguna vez tan divertido, puede parecer vacío y triste, carente de sentido; las canciones familiares, a veces tan reconfortantes, pueden atragantarse y acompañarse de lágrimas y un intenso anhelo.
En verdad, hay algo de dolor que cuelga de la alegría que otros sienten: es difícil estar sin la persona amada y tener que ajustarse a esa nueva tradición por obligación y sin quererlo. Todo esto suele acompañarse de una gran cantidad de angustiantes preguntas: ¿Qué es lo que me está pasando? ¿Si seré capaz de aguantar esto? ¿Realmente deseo sobrevivir a esto? ¿Lo que siento es normal? ¿Me estoy enloqueciendo? Además, los festivos añaden su propia carga de preguntas. Es importante reconocer que hay muy pocas respuestas que sean universalmente buenas o malas a estas preguntas; en realidad, puede haber muchas, dependiendo en parte de factores únicos relativos a la situación existencial particular de cada uno: quiénes somos como personas, qué es lo que a nuestra familia le gusta, quién era, cómo y dónde murió nuestro ser querido, cómo y cuál era nuestra relación con esa persona, papel que ella desempeñaba en la realización del ritual de la fiesta, etc. De hecho, no todas las preguntas tienen que ser contestadas de forma inmediata o tienen una respuesta rápida y clara.
En la primera celebración de uno de estos días sin el ser querido nos duele todo con cada pensamiento de celebración: duele el cuerpo, el alma, el espíritu, el pasado, el presente, el futuro; en verdad, suele ser muy difícil encontrar una forma de celebración reconfortante. Aunque se haya ensayado todo tipo de cosas que se supone sirven para enfrentarse a la perspectiva de un día especial sin el ser querido, nada parece servir ni adaptarse a nuestra nueva circunstancia. Todo lo que se quiere es “pasar de una vez” toda esa época que ahora es diferente y molesta y “despertar varios días después”. No encontramos paz y tranquilidad en ningún tipo de celebración; se llora con cada adorno que se pone en el árbol de Navidad, con cada pastel cocinado, con cada vela encendida, con cada rosa recibida. Se siente rabia contra el destino o contra Dios por permitir que una vida tan feliz y tranquila tomara ese rumbo; hay pesadumbre y deseos de que todo el mundo sienta el dolor que nos embarga. Estos días, días de reunión familiar, son días donde realmente caemos en cuenta del vacío existente: el ver continuamente el regalo perfecto para nuestro familiar ausente repentina y repetidamente nos recuerda que ellos ya no estarán más.
Aunque cada experiencia de pérdida es diferente (nivel de apego, impacto de la pérdida en la realidad personal, en el sentido de la vida, etc.) las fiestas provocan en nosotros dos tipos de sentimientos encontrados: por un lado, son un tiempo del año en que cada uno espera que todos los miembros de la familia estén juntos; por el otro, con su celebración llega a ser claramente doloroso que alguien falta. Somos conscientes de que enfrentar las fiestas es una parte necesaria para la curación del dolor, por ello puede ser frustrante el pretender que todo siga siendo como antes era: que duda cabe que mucho o todo será diferente: “… ya las luces de navidad no brillarán como lo hacían antes”.
Sabemos que no podemos escapar del dolor ni esconder la verdad de lo inevitable de los cambios que se avecinan; todo lo que podemos hacer es ajustar nuestra actitud y cambiar nuestro estado mental. Y esto no es lo más fácil.
El duelo compartido con los desconocidos
Es frecuente, desde hace siglos, que un artista cree una obra en la que evoca a un allegado fallecido. Ahí están las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique (escrito en el siglo XV, hacia el 1476), los poemas en los que Rosalía de Castro plasma en el XIX su dolor por la pérdida de su madre y la de uno de sus hijos en un accidente. Una tragedia similar a la que llevó a Eric Clapton a componer Tears in heaven en memoria de su hijo Conor en 1991. También existen dolientes desconocidos que vuelcan su dolor en un libro o en un blog a la vista de desconocidos. ¿Por qué lo hacen? ¿Les alivia? ¿Les consuela? ¿Qué opinan los terapeutas?
Primero, una aclaración: el duelo no es una enfermedad, es un proceso natural, recalcan los expertos. “El duelo no se cura, hay que vivirlo, atravesarlo. Generalmente implica una serie de sentimientos: tristeza, soledad, rabia, culpa, impotencia, miedo… Sentimientos que no se deben posponer o eliminar, la única manera de solucionarlo es vivirlo, aunque podemos intentar aliviarlo”, explica Saray Rodríguez, psicooncóloga de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) en Madrid. En este caso tampoco vale aplicarse una receta que a otro le ha funcionado, advierten también los terapeutas. “No existe un duelo igual a otro, por eso no me atrevo a dar consejos así. Tengo pocas certezas sobre el tema. Una es que los duelos duelen. Otra, que el ser humano está fisiológicamente preparado para atravesarlos. El instinto de cada uno dirá si el modo de afrontarlos es escribir un libro o un blog, pintar un cuadro…” o nada de esto, afirma Sara Losantos, responsable del área de psicología del duelo de la Fundación Mario Losantos del Campo. Pilar Pastor, terapeuta de la misma fundación, dice que “hacer duelo es afrontar el dolor, ponerle palabras”.
Pedro Alcalá era paciente de Sara y es el autor de La mujer que me escucha. Testimonio de un padre en duelo (Plataforma Editorial). Ella es la terapeuta que se sentó frente a él una vez por semana durante hora y media en una veintena de sesiones tras la muerte del pequeño de sus dos hijos. Diego Alcalá Rivero tenía 10 años cuando un sábado del invierno de 2009 le cayó encima la cubierta del banquillo en un campo de fútbol.
Su padre pretende que sus vivencias sean un espejo en el que otros dolientes sumidos en ese trance puedan mirarse, que sepan que lo que están viviendo ya lo han vivido otros, que no se sientan extraños, cuenta. Una mañana reciente Pedro relataba que, tras la tragedia, se encontró con muchísimos sentimientos inesperados. “A mí [escribir] el libro me ha servido para poner en orden sentimientos, emociones. No sé definir si sigo de duelo, aún me duele, pero tengo capacidad de ilusionarme, puedo acordarme de Diego con recuerdos positivos”, explica.
Cómo se vive el duelo depende de la persona que lo vive y de muchos otros factores, indica la terapeuta Rodríguez, que enumera varios: “La edad del fallecido, la del doliente, si su relación era buena, si era ambivalente, no es lo mismo que la muerte sea en accidente que tras una enfermedad, lo que a uno le ayuda a otro no le ayuda o incluso le empeora”. O de si uno cree en Dios o no. Esta psicooncóloga sostiene que hacer duelo en condiciones es cada vez más difícil. Rodríguez detalla algunos obstáculos: “La propia configuración de las familias hace que a menudo no haya sitio para el duelo… También las prisas, porque te tienes que incorporar al trabajo [el permiso oficial es de dos días, cuatro si acudir al sepelio requiere viajar], y además en Occidente intentamos sacar el sufrimiento de la vida”.
A su juicio, hacer un libro “es una forma de darle permanencia al ausente, de perpetuar su memoria, de homenajearle”. Por ejemplo, En la mujer… descubrimos que Diego jugaba en los alevines del Atlético de Madrid aunque su corazón estaba con el Barça o que este chaval que de mayor quería ser científico de animales cantaba entusiasmado Gun’s N’Roses, Deep Purple o Led Zeppelin. Rodríguez relata que a los dolientes “les preocupa mucho olvidar, creen que soltar el dolor es olvidarte” del allegado.
“¿Sabrías mi nombre si nos encontráramos en el cielo?”, le canta Clapton a su hijo Conor, que murió a los cuatro años al caerse por una ventana de un piso 53º. Otro verso de Tears in heaven dice: “Tengo que ser fuerte y seguir adelante”. Aquel suceso fue “una paradoja cruel, sirvió para que Clapton tuviera el mayor éxito de su carrera”, cuenta el crítico musical Diego A. Manrique. “Esa tragedia hizo que la gente descubriera que Clapton, un hombre seco, tenía capacidad para emocionarse ante las adversidades de la vida”. Manrique recalca que Clapton “es un guitarrista de blues, de pura catarsis, de medicina, de ‘toco aunque duela porque cura”.
La última canción del nuevo disco de Dani Martín, ex de El Canto del Loco, también nació de una tragedia personal. Se titula El cielo de los perros y está dedicada a su hermana mayor, una veterinaria treintañera que murió súbitamente en 2009. El cantante encontró en su interior las herramientas que necesitaba para seguir adelante. “De repente, aparece un personaje que no conocía, dentro de mi persona, que se hace cargo de cosas que ni yo pensaba”, contaba Martín en una entrevista para El País Semanal en octubre. Los terapeutas sostienen que ante el duelo uno pone en marcha recursos que ya usaba antes. Si nunca has escrito una canción no es probable que te dé por componer.
En realidad, el libro de Alcalá no nació con vocación de llegar al estante de una librería. Ese texto era el testimonio que se solicita a los pacientes al acabar la terapia, que es gratuita. Su autor, escritor aficionado desde muy joven, lo escribió “a borbotones” y lo entregó a la Fundación Mario Losantos del Campo (por cierto, el padre de Sara, la psicóloga). Le costó bastante superar el pudor al sopesar si aceptaba la propuesta de publicarlo. “Es muy evidente que [escribir su testimonio] ha sido terapéutico para él”, afirma.
Candela Molina Gutiérrez, 18 años recién cumplidos, no tuvo dudas sobre cómo llamar a su blog, Una vida perra. Aunque hace años tuvo una bitácora de poesía, esta la abrió después de que un delincuente asesinara a sus padres en abril pasado en Marruecos. Cuenta que, tras el crimen, cada vez que entraba en la red social Tuenti en el recuadrito para describir cómo te sientes escribía “¡Qué vida más perra!”. La bitácora está dedicada a ellos, a Emilio y a Pilar. “Cuando escribo no estoy pensando en quién lo lee. Vomito las letras. Me gusta escribir. Es mi manera de desahogarme”, explicaba recientemente en un café, sentada al lado de su tía paterna, Cecilia, con la que ahora vive.
“Escribir en sí me alivia, me agrada que [otros internautas] me contesten, que me recomienden libros, que me digan cosas bonitas, pero ahí no hay consuelo. El consuelo tiene que ser más personal, de tú a tú, no por Internet”, recalca la joven. Otras cosas que escribe -un diario, reflexiones sobre filosofía y psicología, apuntes sobre su estado anímico, etcétera- no van a Internet, se las queda para sí misma. Candela da la impresión de ser alguien sensible y simultáneamente muy fuerte cuando explica cómo ha cambiado su visión del mundo: “Cuando lo pierdes todo, eres más libre para elegir cómo quieres construir”.
La estudiante, que saca buenas notas, no le contó a su psicóloga que había estrenado blog, sino que se enteró por terceros, por la tía. Dio su visto bueno. “Le pareció bien. Sabía que escribir era lo mío”, dice la joven, que considera la bitácora una terapia para sí misma y para sus lectores, que quizá, leyéndole, pueden poner en perspectiva sus vivencias. Cecilia, inmersa en su propio duelo, subraya: “Lo saludable es ir abriendo válvulas para no explotar, cada uno lo hacemos como podemos”.
Flor Zapata, autora de la bitácora ¡Quiero conducir, quiero vivir!, tenía una única hija, Helena, a la que un conductor bebido mató en 2005. “Escribir para concienciar, prevenir, denunciar, alertar a otros de los peligros de una conducción no responsable era una forma de canalizar mi rabia, de mantenerme viva y sí, de aliviar mi dolor, pensando que podía hacer que no les pasara a otras madres”, explica en un correo electrónico. Así nació el blog: “La directora de una revista de automóviles, a la que amenacé con denunciar si de su chat no eliminaba algunos comentarios de usuarios sobre cómo evitar un control de alcohol, me conoció, eliminó el chat y me sugirió hacer un blog para escribir y seguir con la lucha de la concienciación”. A su psicóloga le pareció bien, a su psiquiatra al principio no.
Todos los afectados consultados coinciden en que se habla poco del duelo. La señora Zapata añade que “ahora, la vida, la sociedad, te exigen estar, a los pocos días, nuevamente en tus actividades, trabajo, amistades, como si no hubiera pasado nada. Casi se oculta, se evita hablar de ello”. La terapeuta de la AECC cree necesario “acompañar al doliente durante más días, es un compromiso pendiente”. Porque, explica, el apoyo se suele concentrar en el día del fallecimiento y los siguientes, cuando uno está conmocionado. “Y el sufrimiento real viene luego, al volver a la vida normal sin el ser querido. Y entonces, el apoyo social ya no está”.
Existen frases hechas, pronunciadas siempre con afán de consolar y con la mejor intención, que resultan contraproducentes a los dolientes. Alcalá pone un par de ejemplos: “La frase ‘es cuestión de tiempo’ te desata la impaciencia y además solo es cierto si pones de tu parte. Otra frase habitual es ‘¡qué valientes sois! Si me pasa a mí, me muero’, y tú piensas ‘¿por qué no me he muerto?’. Y eso te lleva a la culpa, que está muy presente”.
¿Y qué agradece el doliente? “Lo mejor es prestarle atención y darle cariño”, responde sabedor de que cada uno vive la pérdida de un ser querido a su modo y a su ritmo. Su hogar es un ejemplo. Su esposa, Teresa, es “más emocional, de sacarlo fuera” y su hijo Jorge, de 18 años, “lo ha llevado con mucha normalidad, con menos picos, su canal es la guitarra”.
Para este padre de familia los gestos son importantísimos, esenciales. Los ha habido grandes como aquel minuto de silencio en el Calderón, en el Atlético-Barça, (allí estaban los Alcalá Rivero en un lugar discreto, “es doloroso, pero te llega”). Y muchos pequeñitos, “como aquel roce de complicidad en el codo que me hizo un colega o aquel hombre que no conocíamos que nos agarró la cara y simplemente sonrió sereno”, rememora. Luego supieron que también había perdido a un hijo.
El dolor hecho letra
- Tears in heaven. Uno de los grandes éxitos de Eric Clapton es la canción que escribió tras morir su hijo Conor al caerse por la ventana en un rascacielos.
- El cielo de los perros se titula la canción que Dani Martín dedica a su hermana, fallecida súbitamente.
- La mujer que me escucha. Es el libro testimonio de Pedro Alcalá, padre de un niño de 10 años fallecido en un accidente.
- Una vida perra es el blog escrito por Candela Molina Gutiérrez, cuyos padres fueron asesinados por un delincuente.
- ¡Quiero conducir, quiero vivir! Flor Zapata empezó a escribir esta bitácora después de que un conductor bebido matara a su única hija.
Fuente: El País
Vivir para decir adiós
Elisabeth Kübler-Ross legó a sus lectores y lectoras el consejo de vivir «para decir adiós». Su recomendación no se limita a sondear la ruptura con el tabú de la muerte, sino que exhorta a tratar con delicadeza los bienes que nos han sido prestados y las personas que nos han sido confiadas.
Un ejercicio saludable a este respecto consiste en caminar por la casa como si tuviéramos que despedirnos de ella (por ejemplo, porque nos trasladamos a una residencia de ancianos). Ponemos la mano sobre este o aquel mueble y recordamos cuándo y con quién lo adquirimos. Acariciamos un regalo de cumpleaños, la vajilla de boda, un libro particularmente estimado o las teclas de un piano que solíamos tocar. Observamos la alfombra persa pagada a plazos, la cortina bordada, el joyero. No nos podemos llevar nada, pero qué bonito ha sido que estas cosas hayan estado aquí, contribuyendo al desarrollo de la propia personalidad. ¡Maravilloso! Entonces dejamos conscientemente todas las cosas, las entregamos en la imaginación a otras personas, quizá desconocidas, que podrían necesitarlas; y notamos una ligereza y una agradable felicidad interior. Llegados a este punto, podemos «despertar» del ejercicio y volver a retomar el orden del día. De forma análoga, también podemos hablar con una persona próxima como si fuera la última conversación que mantuviéramos con ella. Nos sorprenderemos de la conmovedora intensidad que genera esta imaginación.
Existe una metáfora aplicable a estos ejercicios según la cual, cuando nacemos, recibimos un cesto con el que podemos pasear por un jardín para recoger fruta. Podemos recolectar libremente todo lo que haya en el suelo y los árboles. Hay quien no tiene fortuna y reúne frutos verdes o agusanados, y hay quien tiene suerte con la cosecha. Pero lo que es importante es que el cesto está concebido para recolectar y (!!!!) repartir. Lo llenamos de manzanas coloradas, nos alimentamos de ellas y regalamos la mitad para hacer sitio a las peras. Cuando las peras están en el cesto, volvemos a dar una parte, con lo cual podremos añadir ciruelas y nueces… Al final del paseo, cuando se ha aprovechado cada una de las frutas, dejamos definitivamente a un lado el cesto vacío. En realidad, la verdadera cosecha no se halla en el cesto, sino depositada en los graneros de la eternidad, con el esfuerzo de la recolección y la bondad del reparto.
Vivir «para decir adiós» significa vivir sin miedo a la muerte, sin desesperación ni colapsos mentales. Es decir, vivir con alegría y duelo, tal como venga, permanentemente conscientes de que, en este mundo transitorio, podemos ser partícipes de unos valores que la muerte es incapaz de destruir porque proceden de un mundo superior. Vivir «para decir adiós» significa no querer agarrarse, aferrarse, no sobrecargar el «cesto». Con frecuencia escuchamos a gente decir que tomaría decisiones muy distintas si volviera a nacer. Por ello, vivir «para decir adiós» significa también ser ya desde el primer —y único— momento de nuestra vida tan amables y magnánimos como nos gustaría ser desde la perspectiva de la despedida.
Y ya que hablamos de despedidas, me gustaría, siguiendo el ejemplo de Elisabeth Kúbler-Ross, legar también a mis lectores y lectoras un consejo. Me siento impulsada sobre todo a «hacer testamento» en favor de aquellos que pasan por dificultades psicológicas, porque toda mi actividad profesional ha estado dirigida a ellos. Sé muy bien que, al principio, cada uno se halla solo con su dificultad en medio del Universo y que la ayuda profesional también tiene sus límites. Pero es precisamente en estos limites donde el hombre vislumbra no pocas veces un presente sobrehumano que lo domina. He aquí, por lo tanto, mi «testamento», un resumen de veintiséis años de práctica clínica y terapéutica:
« ¡ No creáis en la utopía científica de que mediante la técnica y las píldoras se pueden arreglar las cosas! La técnica y las píldoras son inhumanas cuando no se alían con el espíritu del amor, ¡no caigáis en la resignación de aceptar que no hay esperanza! La verdadera esperanza supera lo alcanzable y lo inalcanzable de este mundo.
En lugar de ello, ¡tened presentes vuestras facultades interiores! Sois personas únicas, y como tales, “resuena” en vosotros (personare en latín significa resonar) un acorde que está en armonía con el amparo del Creador sobre sus criaturas. Sois queridos desde el origen, bienvenidos desde el origen e invitados a contribuir en la formación de la comunidad humana con vistas al futuro. Tenéis a vuestra disposición todo lo que necesitáis para cumplir con vuestro cometido. A pesar de ciertas debilidades y defectos, no os falta de nada. Os bastáis para convertiros en un acorde en el que resuene el afectuoso amparo sobre lo que os ha sido confiado. Preocupándoos activamente por algo o alguien reduciréis vuestras preocupaciones.
Acordaos de vuestra familia. No hay alegría en la vida mientras no impere la alegría con los que os rodean. En nuestra cultura, la familia se ha reducido, pero si vuestro corazón es grande, la podréis ensanchar un poco más. Por lo tanto, también incluiremos aquí al cónyuge separado, a la prima que vive lejos, al hijo de una amiga, al buen amigo o a la mujer del vecino. Sed pacientes e indulgentes con los errores de los miembros de vuestra familia y no tiréis la primera piedra. Aprended a escuchar con atención, a intentar comprender, a reaccionar con dulzura. Por muy violenta que sea vuestra dificultad interior, vuestro miedo o vuestro descontento, un clima familiar en armonía es el mejor clima curativo que existe.
»Aunque a veces os comportéis con demasiada agresividad, incluso hacia vosotros mismos, sé que no sois malos. Constantemente queréis defender algo, obtenerlo por la fuerza, conservarlo, ocultarlo, etc. No necesitáis hacerlo. ¡Daos rienda suelta! ¡Estáis protegidos! No os apeguéis a lo fácil y cómodo, no rehuyáis lo difícil e incómodo, arriesgaos a la aventura de la bondad y la nobleza. Abrios a lo que el día os ofrece, porque los días están contados. Cada uno puede ser el último. Pensacio al actuar y al conversar con el prójimo, porque así escogeréis con cuidado vuestros actos y palabras.
Y no olvidéis dar las gracias, porque no hay ni ha habido nada “merecido”, todo es y ha sido un regalo… Por un tiempo. Si guardáis luto por él después de expirar su tiempo, también tendréis que ser dignos de él antes de expirar su tiempo.»
Liberarse de la ira
Las personas que han sufrido una desgracia se niegan a veces a practicar el duelo. No se dejan conducir a través de las puertas de la comprensión que empiezan a dibujarse, sino que se empeñan con todas sus fuerzas en no querer darse cuenta de lo sucedido o buscan airadamente un chivo expiatorio, siendo este último un recurso aparentemente aliviador. Lo que intentan estas personas al enojarse con el causante o los causantes de su desgracia es hacer elocuente el apego que sentían por el valor perdido. Sin embargo, ¿quién puede apreciar correcta y objetivamente el complejo encadenamiento de causas de una desgracia cuando, encima, se halla bajo un peso emocional extremadamente fuerte? Nadie. Lo que se produce son los fenómenos (inconscientes) de la transferencia y la proyección, largamente estudiados por la Psicología, lo cual tampoco los legitima, dado que ninguno de los dos puede hacer frente a una comprobación ética.
¿Qué es una transferencia? Veámoslo con la ayuda de un ejemplo. Un hombre está afligido porque su empresa lo ha trasladado del departamento externo a las oficinas, donde se encuentra muy a disgusto. El motivo del traslado es la edad, cosa de la que no quiere oír hablar, y arremete contra el jefe de personal, que no ha tenido otra elección que ejecutar el traslado. De esta manera, el hombre transfiere su enfado a una persona que no es responsable de la causa del mismo. Los médicos de hospital sufren hasta la saciedad este tipo de sucesos. Cuando fallece un paciente en el hospital, los médicos se ven no pocas veces en la tesitura de soportar los insultos de los familiares del fallecido por haber obrado con «dejadez».
Naturalmente, un accidente se puede atribuir a la dejadez, la negligencia, la injusticia, el descuido e, incluso, al carácter hostil de otra persona. Sin embargo, nadie está en disposición de asegurar categóricamente que habría actuado mejor si hubiera estado en la piel del otro. Pensemos en la cantidad de errores que se nos han escapado —sin consecuencias, gracias a Dios— y que podrían haber echado todo por la borda. ¿Estamos realmente en situación de condenar la conducta de quien, desde su debilidad —y con consecuencias catastróficas—, ha cometido un error? ¿No estaremos más bien llamados a esforzarnos por ser misericordiosos, de la misma manera que, bajo otras circunstancias, necesitamos la misericordia?
La proyección, por su parte, al igual que la transferencia, dirige la cólera en la dirección equivocada. Según la definición psicológica, la gente a la que no podemos soportar sostiene ante nosotros un espejo de nosotros mismos, es decir, de un atributo que no nos gusta de nosotros y cuya existencia hemos reprimido, lo cual es el colmo de un tratamiento de la frustración falto de ética. Estamos afligidos por un problema propio, queremos confesarlo abiertamente y lo combatimos en la persona que tenemos enfrente. Un ejemplo sería el de una mujer que ha humillado y esclavizado a su marido durante años. Entonces, sucede que el hombre necesita cuidados médicos e ingresa en una residencia. Allí, durante las visitas, la mujer martiriza al personal sanitario quejándose continuamente de que su marido no está recibiendo la suficiente atención. En el fondo, a esta señora le duele su propio mal comportamiento y proyecta la rabia interior en unas personas que no tienen ninguna culpa.
Tenemos que ir con cuidado cuando un suceso trágico nos induce a buscar chivos expiatorios. El dolor que experimentamos no disminuye golpeando a diestro y siniestro ni repartiendo más dolor. Tampoco es cierto que nos encontremos mejor sabiendo que otros también están sufriendo o expiando sus culpas. Y la venganza es mucho menos dulce de lo que la gente cree, porque deja de forma irremisible el amargo sabor de verse hundido en la condición de «culpable».
La disensión con el destino y la rabia hacia los posibles causantes del dolor sólo se pueden rebajar —tal como nos enseñó Viktor E. Frankl— doblegándonos ante el secreto último que se cierne sobre cada tragedia, porque por, muy esclarecedora que sea la reconstrucción de las causas, siempre queda una parte impenetrable. ¿Por qué ha irrumpido el agua en la galería de una mina? ¿Debido a que ha llovido con fuerza durante semanas, a que la estructura de la galería ha envejecido o a que se han ordenado varias voladuras sucesivas…? No hay ninguna última causa comprensible para la muerte de un solo minero. Siempre podría haber sucedido de otra manera. El minero podría haberse puesto enfermo o irse de vacaciones el día de la inundación, o también podría haber estado en una galería segura en el momento del accidente. La «disposición de una última voluntad» sobre su destino sigue siendo un misterio. Bienaventurado el que puede doblegarse ante él, porque hallará su propia paz.
Una estudiante universitaria estaba llorando en mi consulta. Hacía poco que había sabido que era el «resultado» de una violación. Su madre, con quien había crecido, nunca había mencionado al padre, cuyo nombre tampoco aparecía en su partida de nacimiento. Sin embargo, durante la niñez, aquella estudiante había barajado la idea de conocer a su padre biológico, hasta que, al final, la madre le contó la verdad.
La joven se encontraba triste e impresionada. Su amor propio estaba por los suelos y las dudas acerca de su procedencia aumentaron. «¿Quién soy? —preguntaba—. ¿Late en mí un corazón criminal?»
«Espiritualmente es usted una persona nueva, única e irrepetible sobre la Tierra», le aseguré, y le cité la ingeniosa frase de Viktor E. Frankl: «Los padres transmiten sus cromosomas a los hijos, pero no les insuflan el espíritu». Aquel argumento le pareció evidente. Tras una larga conversación, escribimos juntas una carta a su padre desconocido, en paradero también desconocido. «Querido papá —empezó a escribir la joven con caligrafía inconstante a causa de la excitación—. Donde quiera que estés, que mi alma llegue a la tuya. Desgraciadamente, lo único que sé de ti es que cometiste un delito repugnante. Por eso quiero hacer valer la posibilidad de que tienes otras caras más dignas de ser amadas, o de que has evolucionado positivamente y ya no has vuelto a ser violento. También cabe la posibilidad de que estés en la cárcel o de que descanses en una tumba.
Sólo quiero comunicarte lo siguiente: yo, tu hija, no soy tu juez. Espero por tu bien que te arrepientas de tu acto. Si no lo haces, quizá te ayudará saber que me gusta vivir y que soy feliz. Al igual que en la naturaleza los residuos se convierten en abono para hermosas plantas y los cadáveres en alimento para los insectos, de tu error, y con la ayuda y el sacrificio de mamá, ha surgido de forma maravillosa algo bueno. Esto no justifica tu delito, pero deberá servirte de consuelo para superar tu culpa.»
Al consolar en cierta manera a su padre, la estudiante obtuvo para ella misma el consuelo óptimo para superar su crisis.



















